Por qué Historias con Lupa

Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.

Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.

lunes, 31 de diciembre de 2012

La fiesta de los tiempos

Antigua postal de salutación
Centro de Estudio e Investigación de la Tarjeta Postal y Fotografía Argentina

Nadie se quedaba despierto esperando las doce. Sólo por caso alguien sacaba el reloj del chaleco para mirar el milagro efímero de las manecillas juntas en el XII romano y confirmar el anuncio de los campanarios.
En el Buenos Aires colonial el tiempo de los relojes apenas contaba. Lo que valía era el tiempo religioso. Hasta el demonio obedecía al calendario cristiano. Las viejas decían, según Mariquita, que san Bartolo tenía atado al diablo, que todo el año le pedía, Bartolo, soltáme, y que el día del santo le daba asueto.
La cosa, entonces, era de Misa de Gallo en la medianoche de la Natividad, de Semana Santa en los altares morados.
Después sí, después vino el tiempo cívico. Las fiestas eran revolucionarias. Evocaban los atrevidos cabilderos de mayo, los ciudadanos fieros de las invasiones inglesas. Los funcionarios reglamentaban cuidadosamente la liturgia de las fiestas mayas y, después de 1816, las fiestas julias. No era para menos, se trataba de quebrar los valores del antiguo régimen y sacralizar los nuevos. Era, como siempre, una guerra de sentidos.
Más tarde, aventado ya el tiempo religioso y enclenque el cívico, el riesgoso paso al otro año necesitó de algunos antiguos ritos. Como tirar por la ventana los almanaques agotados y el excedente de los papeles que sobran. Como comer doce uvas, campanada a campanada, costumbre que parece remontarse a una época de excedentes de uva.     
De eso se trata, al parecer, de rituales del excedente, del consumo, del ruido. Ritos de paso ante el desasosiego que da lo por venir. No sea cosa que san Bartolo desate al diablo. 
Feliz Año Nuevo. 

sábado, 8 de diciembre de 2012

Libertad pero poquito

La esclavitud, Francisco Cafferata, 1881
Hace casi doscientos años, se inauguraba la Asamblea del Año XIII, que plantó la soberanía de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Entre sus disposiciones está la célebre libertad de vientres, la libertad de los niños de esclavas que nacieran después del 31 de enero de 1813.
El 2 de febrero, la Asamblea dictó el Reglamento para la educación de los libertos. Éstas son algunas de las normas:
● Cuando se hubiere de vender una esclava, que tenga un hijo liberto, deberá pasar con él a poder del nuevo amo, si el liberto no hubiese cumplido aún los dos años; pero pasado este tiempo, será a voluntad del vendedor el quedarse con él, o traspasarlo al comprador junto con la esclava.
● Todos los niños de castas, que nacen libres, deberán permanecer en casa de sus patronos hasta la edad de veinte años.
● Los libertos servirán gratis a sus patronos hasta la edad de 15 años; y en los cinco restantes se les abonará un peso cada mes por su servicio, siendo de cuenta de sus patronos la demás asistencia.
La abolición total de la esclavitud tardó cuarenta años más. 

sábado, 24 de noviembre de 2012

Preservativos contra los rayos


El jueves 20 de mayo de 1802 hubo una espantosa tormenta sobre Buenos Aires. Los truenos preanunciaron decenas de rayos, cuyos estragos tardaron en conocerse. El meteoro movió al editor del Telégrafo Mercantil, Rural, Político-económico e Historiográfico del Río de la Plata a reproducir un instructivo de Benjamin Franklin publicado en el Mercurio de Madrid. 
El que tiene miedo á las tempestades y está en un lugar en que no hay preservativos contra los efectos de este meteoro, quando sobrevenga una tormenta lo que debe hacer es apartarse mucho de las chimeneas, de los espejos de las maderas doradas, de los quadros si tienen dorados los marcos. Lo mejor de todo es ponerse en medio del quarto (como no haya colgado del techo con una cadena alguna araña ó farol) sentado en una silla, un pie sobre otro. Todavia es mas seguro tender en medio de la pieza un colchón, doblado en dos y poner encima las sillas. Estos colchones no llamando la materia del rayo como las paredes, no preferirá interrumpir su curso pasando por medio del ayre del quarto y los colchones, quando puede seguir la pared, que es mejor conductor.
Pero, asi concluye Franklin esta obrilla, quando hay proporcion de tener una hamaca (que es un lecho suspendido con cuerdas) colgada con cordones de seda, ó de lana, ó de pelo, à igual distancia del techo, del suelo y de las paredes del quarto, se ha logrado quanto se puede desear. 

sábado, 10 de noviembre de 2012

Ver pero no mirar

Hombre orinando, Rembrandt 
Harmensz van Rijn, 1631

Un hombre de una pequeña aldea del ducado de Anjou, en el valle del Loire, al oeste de Francia, demandó judicialmente a Google por fotografiarlo mientras orinaba en el jardín de su casa. Alegó que se había convertido en el hazmerreír de la comunidad y quiso ser resarcido por las burlas y las mofas de sus vecinos.
Es lógico, uno es civilizado precisamente porque oculta sus necesidades. Eso es lo que enseña Norbert Elías al descubrir que el proceso de civilización es, ni más ni menos, que la historia del pudor y la represión de las pulsiones. Un antiquísimo catecismo enseñaba que nadie debe realizar sus necesidades naturales de un modo poco caballeresco, esto es, desvergonzado y sin recato…
Y, si uno no tiene más remedio que presenciar estas desvergüenzas, más vale no mirar. Cuando se pase al lado de una persona que está satisfaciendo una necesidad natural –prescribe la “Éthique galante” de 1731-, se hace como que no se ve y, por consecuencia, saludarlo es contrario a la cortesía. He aquí la clave.
La civilización indica que uno debe ver, pero no mirar, lo que no está bien. Mirar lo que no es conveniente (mirar a un desprevenido ciudadano cuando orina y, peor aun, subirlo al ciberespacio) es romper una norma profundamente arraigada. Si uno ve, hay que desviar los ojos, hacer como que no ve. ¿O nunca apartamos la mirada al pasar por un nocturno zaguán pasional?  

sábado, 27 de octubre de 2012

Los errores de la cantárida


Los porteños solían tomar cantárida cuando dudaban de sus erecciones por los muchos años, cuando ya no se ganan fuerzas sino sólo ganas. La cantárida es un alcaloide tóxico que se obtiene de la mosca española, un escarabajo verde rojizo. En realidad, no es un afrodisíaco sino un vaso dilatador; un vejigatorio, como se lo llamaba antes.
En el Buenos Aires colonial se conseguía en la farmacia del veneciano Angelo Castelli, el padre de Juan José Castelli, que estaba en la esquina de San José y San Juan Bautista (hoy Perú y Alsina). Más de uno, entusiasmado con las efímeras (y a menudo dolorosas) erecciones que proporcionaba el alcaloide, exageraba la porción. Para qué, era un llorar nocturno de vómitos y micciones.
Los riesgos de la cantárida provenían no sólo de las desproporciones, también de los errores de los boticarios. Andrés Laguna, un médico renancentista, contaba anécdotas como ésta:
En cierta botica de Metz, residiendo yo en aquella ciudad, fue ordenada una medicina que llevaba cantáridas, para cierto novio impotente; juntamente otra de cañafístula [un purgante], para refrescar el hígado, y los riñones del Guardián de la Orden de San Francisco febricitante [que tiene fiebre o calentura]. Y aconteció que, trastocando los brevages por equivocación, el novio (el cual bevió la del fraile) llenó aquella noche de lodo o aún peor, a la cama y a la novia; y el fraile, por otra parte, que tomó la del novio, anduviese por todo el convento (como podéis bien pensar) hecho un endemoniado, que no bastaban pozos, ni algibes, ni estanques, para enfriarle.

domingo, 21 de octubre de 2012

"No le permito morirse"

Paula Albarracín de Sarmiento (1774-1861)

A fines de 1861, Sarmiento volvía a San Juan como auditor de guerra. En el camino recibió noticias de su madre. Así se lo contó a su amiga Mary Peabody de Mann:
"En sus últimos años había dejado de sufrir enfermedades, y era feliz, sino es porque no podía trabajar, y por no verme. Su última obra de manos fue una frazada que me mandó a Buenos Aires, con este tierno rótulo. Paula Albarracín a su hijo, a la edad de 84 años.
Como estuviese tan avanzada en años, hacíamos materia de jocosidad, toda vez que hablaba de morir, diciéndole que iba a vivir un siglo; y conmigo hizo un convenio, para que donde quiera que me hallara vendría yo, cuando ella me llamase, para que la acompañara a dejar esta vida.
Hízolo así y la guerra civil me lo estorbó por lo pronto, pero al partir el ejército para San Juan, le escribí del camino el 22 de noviembre de 1861: ‘No le permito morirse antes que yo llegue’. En San Luis, en el camino, encontré a un sacerdote que venía de San Juan. -¿Y mi madre? –Yo la ayudé a bien morir el 21, y me encargó decirle si lo veía que lo bendecía y que no había podido esperarlo más”. 

sábado, 13 de octubre de 2012

Personajes. Antonino Antonini


Cuando el verdugo se echó el cadáver sobre los hombros casi no sangraba. El cuerpo tenía seis bocas negras. Seis balas las habían abierto. Eran seis y no ocho porque un soldado que temblaba como una hoja le había errado; el otro tiro era de fogueo, como mandan los reglamentos militares.
Bonifacio Calixto Silva, así se llamaba el carnífice, ató a lo que quedaba de Martín de Álzaga a una cuerda con roldana y con tres enviones lo subió al travesaño de la horca levantada en la Plaza de la Victoria.
El gentío estalló en aplausos. Juan Manuel Beruti, un vecino que tenía la manía de anotar diariamente lo que ocurría, escribió ese día: Fue tal odio que con este hecho le tomó el pueblo al referido Álzaga, que aun en la horca lo apedrearon y le proferían a su cadáver mil insultos, en términos que parecía un judas de sábado santo.
Fue entonces que un joven se abrió paso entre la turbamulta. Haciendo grandes aspavientos, cubrió de besos los maderos del patíbulo. De vez en cuando volvía a la apiñada multitud el rostro cubierto de lágrimas. Tartajeaba algo que no se le entendía.
Sí se le entendió, y perfectamente, cuando sacó la bolsa llena de monedas de plata y las roció sobre el modesto gentío. Hubo la confusión que era de esperar.
Nadie se acordó del cuerpo pendiente, al que más de un mocito empujó al correr en su afán de monedas. El que se quedó las tres horas que el alcalde quedó suspendido para escarmiento fue Antonino Antonini, el hijo de Giacomo, el relojero piamontés al que unos años antes Álzaga había torturado con tranquila saña. 

sábado, 6 de octubre de 2012

Bañarse en público

Vista de la calle San Martín al 200, Buenos Aires 
Dibujo de T. Taylor en Viaje al Plata en 1886

Hacia fines del siglo XIX, los higienistas declararon que los microbios prosperaban en el sudor, el polvo, la mugre en la piel. La pulcritud, entonces, se convirtió en un precepto moral que la gente bien debía acatar, como mínimo, una vez a la semana.
No era para cualquiera. Los Mansilla tenían carro aguatero propio para acarrear el agua desde el río. Otras familias adineradas podían pagar un aguatero para llenar la tina. O alquilar un carretón, “a cualquier hora del día o de la noche, con la bañadera competente”, como anunciaba La Gaceta Mercantil.
Richard Burton, un viajero inglés, recomendaba a sus compatriotas el Hotel Universal pues tiene la ventaja de ser un establecimiento de baños donde por el uso de una vieja tina de estaño con manija en sus dos extremos y llena de turbia agua del Plata usted paga tanto como un “bain complet” de primera clase.
Otra alternativa eran los baños públicos en el centro de la ciudad: El Gimnasio, en la calle Florida, que era también una escuela de natación, o La Argentina, en Bartolomé Mitre.
En el dibujo se ve la fachada imponente de L’Universelle, en San Martín 148, a la izquierda del viejo edificio de la Bolsa de Comercio (luego el Banco Central), con su reja de hierro forjado y sus cuatro faroles de gas. Pero había que tener cincuenta centavos para entrar.
Para los que no los tenían (la inmensa mayoría) no había más que el sudor para lavar la piel. 

sábado, 22 de septiembre de 2012

Personajes. María Florentina Silvia Ituarte Pueyrredón

María Florentina Silvia Ituarte 
Pueyrredón (1801/1905). 
Caras y Caretas, 1902

Dicen que era una de las beldades de Buenos Aires. Puede ser. Pero también era un trueno, un rugido en la maleza, una estampida de murciélagos en la noche.
Habrá sido bonita, pero María Florentina Silvia Ituarte Pueyrredón (1801/1905) era intemperante como nadie.
Sin misericordia, mandó a pasear a su sobrino, Prilidiano Pueyrredón, cuando quiso noviar con su hija Magdalena. Al pobre no le quedó más que un cuadro manco (ver la historia con lupa del 20 de abril de 2012). Jamás se casó. 
Florentina nunca salía de su quinta de San Isidro. Cuando tenía 96 años, hizo la merced de abandonarla por un instante sólo porque su hijo Eduardo agonizaba en su casa de la calle Reconquista. Pero, en cuanto se enteró que allí también estaba Carmen, la hija natural del moribundo, le ordenó al cochero que diese media vuelta. Nunca más lo vio.
Su bisnieta, Victoria Ocampo, cuenta que Florentina hizo descolgar todos los espejos de la quinta.
No quería mirarse, ni siquiera que su imagen apareciera reflejada al pasar ocasionalmente delante de alguno de ellos. No quería ver la boca desdentada, los pechos secos, la piel ajada de los viejos. O, a lo mejor, Florentina no quería que su alma se le fuera en un destello de espejos.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Un saludo proletario

Tramway, 1907, Archivo General de la Nación
Un amanecer de 1907, un puñado de obreros entró a los talleres de Ingeniero White, el puerto de Bahía Blanca, declarando la huelga. Los remachadores y los estibadores arrojaron sus herramientas al agua y se fueron a la Casa del Pueblo. A las diez de la mañana, los marineros los acribillaron a balazos. Una masacre, una de las primeras. El mismo día se desató una huelga general en todo el país.
Era época de anarquistas y socialistas, de gorras y sombreros rancho, de lampiños y bigotazos. Muchos fueron en tramway a las movilizaciones. El trayecto: Rivadavia, Combate de los Pozos y, finalmente, Alsina para llegar a las palmeras de Plaza de Mayo.
Un periodista gráfico (si es que en aquella época había tal cosa) los fotografió. Algunos posaron, educadamente quietos. Salvo uno, que le hizo un soberano corte de manga. Seguro que era un anarquista.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Personajes. Isabel Dorrego

El fusilamiento de Dorrego, Roberto Duarte, 1991

Era un 13 de diciembre como todos los 13 de diciembre. Caluroso, húmedo de río. El viento traía el vaho pestilente del zanjón de Granados. Como siempre, Isabel había abierto el salón a sus allegados.
El criado ofrecía candeal (esa especie de ponche hecho de leche, huevo, trigo candeal y algo de aguardiente) en pesadas copas de cristal europeo. Algunos preferían horchata o naranjada de naranjas venidas de San Isidro. En una mesa había buñuelos fritos con miel, alfeñiques y pasteles bien rociados con azúcar blanco del Brasil.
Nada faltaba en los recibos de Isabel, que había aprendido las artes de recibir de Facundo Quiroga, a cuyo salón iba con su madre, doña Ángela, cuando era apenas una niña.
Sentada sobre una anacrónica tarima de recibo la mujer llevaba su habitual vestido de misa, negro como el ala de un cuervo. Tenía el empaque entre distante y asustado de una señorita soltera, pese a que hacía rato que había pasado la edad de merecer.
Después de los refrescos, Isabel llamó al criado con un gesto que dio a entender a los invitados que se serviría un plato especial. Al momento, el moreno trajo una bandeja de plata.
Y, sobre ella, un plato de loza inglesa con la cabeza de un gallo recién degollado. –Es la cabeza de Lavalle, dijo Isabel, como todos los 13 de diciembre, el día que Juan Galo de Lavalle mandó fusilar a su padre, Manuel Dorrego.

viernes, 31 de agosto de 2012

Cuerpos de la Belle Époque

La moda de la elegancia parisiense, revista de El Correo de Ultramar, 1881, París

Eugène Tandonnet, el amigo de Sarmiento, era distribuidor de El Correo de Ultramar, una especie de Reader’s Digest que compendiaba artículos europeos y estadounidenses en francés. El Correo, desde luego, no era inocente. Nadie podía serlo en aquella época de expansión del centro sobre la periferia del mundo.  
Tampoco era inocente La moda de la elegancia parisiense, la revista que solía despacharse junto con El Correo en el vapor de la carrera que venía de Montevideo. El dictado de la moda, que de eso se trataba, prescribía cómo debían ser los cuerpos de la élite de la Belle Époque.
La moda de la elegancia parisiense, que se editó en París entre 1869 y 1886, no ocultaba sus intenciones hegemónicas. Al contrario, las proclamaba a los cuatro vientos. No sólo recomendaba “un traje corto de tafeta color malva”, también proponía llanamente “modelos de cuerpos y tocados”.
Y allí iban nuestras aprendizas de burguesas, barriendo con la cola de sus modernísimos vestidos las calles de tierra malamente apisonada. Toda una metáfora.

sábado, 25 de agosto de 2012

Andar del bracete con hombres

Juan Bautista Alberdi (1810/1884)

En este retrato, Juan Bautista debía tener unos cuarenta años. Quién sabe cuánto tiempo tuvo que posar ante la caja de madera del daguerrotipo. Pero la calidad de la imagen es extraordinaria. Tanto, que se ven los guantes con todo claridad. Desde ya, no se hubiera permitido aparecer sin guantes.
El tucumano ausente, como lo llamó alguien, pronto habría de publicar en “El Mercurio” de Valparaíso, Chile, las Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, la matriz de la Constitución de 1853. Semejante obra opacó otras, menores, pero no menos ambiciosas. Como La Moda, el “gacetín semanal de música, poesía, literatura y costumbres”, que se proponía, menuda tarea, traer la civilización a estas pampas.
Alberdi usaba el pseudónimo de Figarillo para publicar notas como ésta, donde relata su experiencia de salir con un hombre alto muy alto… del bracete.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Personajes. Carlota Ferreira

Retrato de doña Carlota Ferreira
Juan Manuel Blanes, 1883

Las imágenes son siempre una construcción, si se quiere, caprichosa de la mente.
El retrato de esta señora de papada, bozo indisimulado, algo de celulitis y cintura dificultosamente fajada fue descripto así por un crítico en 1941: “…una extraña y perturbadora beldad de aquellos días, de fuego negro el mirar; erizada de rulos, llenando la frente, la capitosa cabellera; dilatadas las alas de la nariz; entreabierto el labio en su llamado amoroso; toda una expresión viva, exaltada, malgrado la severidad y el quietismo de la pose”.
Ésta no es una mirada inocente (las miradas nunca lo son). El crítico de marras sabía que detrás de este cuadro había un “hálito de tragedia”, el deseo inmoderado del pintor. Y lo dice así: “Fue la pasión en desbordes la que le dio su hogar formándolo con la mujer ajena. Fue la pasión oculta y dominadora la que destruyó su hogar cuando, ya en la declinación de su vida, la mujer fatal cruzara su camino. Su camino y el ilusionado camino de su hijo, también pintor. Así fue. Y detrás de él, como movido por los hilos de una tragedia griega, marchó el padre a buscarlo. Y viajó por ciudades y pueblos sin encontrar al hijo querido quizá muerto”.
Carlota Ferreira (1845-¿1912?) fue el vértice fatal del triángulo que componían también Juan Manuel Blanes (1830/1901) y Nicanor Blanes, su hijo, que se casó con esta vampiresa de provincia usando los papeles de un hermano muerto para fingir que su esposa no le llevaba, quizá, diecinueve años.
No es ésta la única vez que Blanes pintó a Carlota. La celeste tela moaré del fondo del Retrato de doña Carlota Ferreira es la misma que aparece en Mundo, demonio y carne, el cuadro maldito de aquel que los uruguayos llaman el “pintor de la patria”. (Ver esa imagen en www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com).

viernes, 10 de agosto de 2012

El diablo viste a la moda


En el Buenos Aires antiguo la ropa pasaba de generación en generación. Las madres legaban a sus hijas las faldas de raso. Los mozos pedían que le dieran vuelta una capa que había sido de su padre. Un tijeretazo aquí o allá, nada más. Los vestidos decían el cuerpo. Pero el cuerpo, por aquella época, estaba anudado por Dios.
Hacia fines del siglo XVIII, en España se editó Muestra de trages y muebles decentes y de buen gusto. Era el amanecer de la moda entre los decentes, aquellos que tenían suficiente dinero como para acreditar buen gusto, un criterio necesario de distinción de clase cuando la movilidad social se hizo fastidiosa.
A Buenos Aires la moda llegaba cansada de tanta travesía por el Atlántico. En la primera mitad del siglo XIX, apenas se notó en el pantalón jacobino de los revolucionarios y en incómodos vestidos que indicaban que las mujeres decentes estaban incapacitadas para el trabajo (y lo orgullosas que estaban de ello). Después, los petimetres de la Belle Époque necesitaron de la moda como un cedazo que los incluyera dentro de la élite al tiempo que excluyera (no por mucho tiempo) a los parvenu cuyos abuelos no olían a bosta.
En el siglo XX se inició decididamente la moda como un sistema globalizado de preferencias que caducan cada vez más rápidamente. En los ’60, Barthes publicó El sistema de la moda. Es la imagen del vestido (no lo que el vestido es o lo que se dice de él) la que construye un ideal de belleza inalcanzable y, por eso mismo, intensamente deseado.
Cincuenta años más tarde, las pasarelas son una fusión del teatro y la moda. “Un desfile puede ser una puesta escenográfica –dice el diseñador Martín Churba-, donde hay un director, actrices, coreógrafos, maquilladores y un público que espera, se emociona y aplaude”.
Para hacerse creíble, el ideal de belleza que se muestra en los desfiles incorpora elementos del Zeitgeist, el espíritu de época. Una de las colecciones presentadas en BAFWeek (Buenos Aires, primavera-verano 2012/2013) está inspirada en las ventanas y los muros de las redes sociales. Ventanas y muros en los cuerpos. 

sábado, 4 de agosto de 2012

Diálogo imaginario sobre el tiempo entre el virrey y su relojero

Pedro Antonio de Cevallos (1715/1778),
primer virrey del reino del Río de la Plata,
llamado La última llamarada de España.
Antes de embarcar, don Pedro manda llamar a Francisco Baar. No quiere irse sin su reloj de faltriquera, que parece tener desbaratado algún engranaje vital. El corazón muerto del reloj le aflige, por alguna tenue razón que se le escapa.
Le tiene afición al grueso reloj de plata. A menudo, distrae el tedio de las ceremonias acariciando los arabescos labrados en la caja con la yema del pulgar. De vez en cuando abre la tapa interior  para develar la máquina viva. Contempla los engranajes que laten desiguales pero perfectamente conciliados, con un pulso exacto. Esa respiración mecánica, piensa, parece humana. Pero no lo es, no es capaz de arritmias. Únicamente puede pararse. Sólo en eso se parece a la vida.
Qué tiene, pregunta don Pedro a Baar. Se ha roto el muelle real, Excelentísimo Señor. Las agujas del minutero y el horario barren redondamente la esfera del reloj porque responden a los movimientos circulares de estos engranajes dentados, señala el relojero con un dedo índice increíblemente grueso para las sutilezas de la relojería. Roto el muelle, no se desenrosca y no transmite su impulso a los engranajes. Tienes un muelle similar en tu taller, inquiere el virrey. No, he de hacerlo. Sabes. Sí, he debido aprender los treinta y cinco oficios necesarios para reparar relojes: cincelado, laminación, platería, ebanistería, repujado, dorado a la hoja,  y callo para no aburrir a Su Excelencia. En suma, sé pintar un cuadrante, hacer una aguja, fresar una rueda, manufacturar cualquier mecanismo que sea necesario.
Bien, qué hora tienes, dice don Pedro, que lleva prisa. No sé, casi seguro las tres y un cuarto. Cómo, no usas reloj. No creo en el tiempo, Su Excelencia.
Fragmento de La última llamarada. Cevallos, primer virrey del Río de la Plata, Ricardo Lesser, editorial Biblos, Buenos Aires, 2005

sábado, 28 de julio de 2012

Personajes. Guillermina de Oliveira Cézar


Guillermina María Mercedes de 
Oliveira Cézar y Diana (1870/1936)

Los encopetados señores de la Generación del 80 temían al adulterio de sus mujeres más que a la peste. No sólo por los deshonrosos cuernos, desde ya. También por la incertidumbre de los embarazos cuando la única prueba de paternidad era un parecido a veces enojosamente vago y qué no decir cuando la semejanza con el padre presunto era inexistente. En aquella época, los métodos anticonceptivos eran los ciclos de las señoras o el frustrante salto atrás en el momento de la eyaculación. Los preservativos de tripa de cerdo o de cordero (se usaban una y otra vez, aunque, eso sí, antes había que lavarlos con agua y jabón y dejarlos una noche en un baño de leche para suavizarlos) no eran seguros. Tampoco lo eran los más sofisticados preservativos de caucho indio que se importaban de Inglaterra.
En estas condiciones riesgosas, el amor adúltero era puro desasosiego. Aun así, a Eduardo Wilde no le inquietaba gran qué que su esposa, Guillermina María Mercedes de Oliveira Cézar y Diana, se acostara regularmente con Julio Argentino Roca. 
Guillermina nunca tuvo hijos, a Dios gracias.

sábado, 21 de julio de 2012

Emanuele Belgrano


El padre del creador de la bandera argentina, Domenico Francesco Belgrano e Peri (1730/1795), nació en Costa d’Oneglia, un pueblito recostado sobre el mar de la Liguria. El Peri le servía para diferenciarse de las muchas familias que en esa corta villa llevaban el mismo apellido: Bel-Grano, cuya traducción es innecesaria.
A los veintitrés años, el buen Domenico juntó todo el dinero que pudo y fletó un cargamento de aceitunas y aceite de oliva a Buenos Aires, que por entonces formaba parte del Reino del Perú.
En Cádiz consiguió carta de naturaleza, que no se concedía así como así. No sabemos cómo obtuvo la preciada ciudadanía hispana, ni la licencia para comerciar con el precario puerto porteño. Lo cierto es que se castellanizó como Domingo Belgrano y Pérez.
En su larga trayectoria tuvo juicios por estafa, varios embargos y aun la ciudad por cárcel. Que sepamos, Domingo nunca volvió a Oneglia. Tampoco Manuel Belgrano visitó aquella patria ligur, pese a que admiraba a los fisiócratas italianos.
En 1923, il Duce, que soñaba con un imperio, instituyó la provincia de Imperia unificando Oneglia y Porto Maurizio. Mussolini quiso que hubiera memoria de su fundación. El Podestá, entonces, encomendó un enorme fresco (4x9 metros) al piamontés Cesare Milone Ferro (1880/1934).

Mural de Cesare Ferro, 1931, Palazzo Comunale, Imperia, Italia

El mural es bipartito. A la izquierda, los personajes ilustres de Maurizio. A la derecha, los prohombres nacidos en Oneglia: Edmundo de Amicis (el autor del lacrimoso Corazón), Andrea Doria (el almirante que participó en la batalla de Lepanto) y un obispo, que nunca faltan. También está Giovanni Battista, mucho tiempo secretario de Garibaldi, que anduvo por la Argentina mandado por Mazzini. 
Pero lo más curioso es la figura ecuestre de nuestro Manuel Belgrano, en el ángulo superior derecho del fresco, con la bandera flameando en sus manos. Se parece sospechosamente al Napoleón cruzando los Alpes de David. Como fuere, allí está Manuele, al fin y al cabo, un oriundo, un ciudadano de Italia.

sábado, 14 de julio de 2012

¡Vade retro, maniquíes!


Maniquíes, Ricardo Lesser, 2010
Hay que vestir a los maniquíes desnudos. Y, si hay que cambiarles las ropas, que sea en un vestidor para maniquíes. No hay nada más inquietante que el momento en que quedan desnudos, con las partes al aire (aunque es menester convenir que los maniquíes raramente tienen partes).
El caso es que una edila de Paraná presentó un proyecto para “evitar que queden expuestos en los escaparates a la vía pública, sin ropas o atavíos pertinentes que exhiban la desnudez del cuerpo humano y puedan perturbar a los transeúntes”. De ahora en adelante, “los locales comerciales de la ciudad de Paraná, deberán contar con un espacio físico dentro del mismo, para la realización de cambios de indumentaria en los maniquíes a exponer en sus vidrieras”. 
Bien dicho. No hay nada más pornográfico (o perturbador, en palabras de la edila) que un maniquí desnudo. 
Hay aquí dos cuestiones. Una es creer que los maniquíes pueden estar desnudos. Desnudas están las personas, no las cosas. La otra es creer que la desnudez es pornográfica en sí misma. 
En el foro, en los templos, en la palestra de Pompeya había estatuas que no sólo estaban desnudas sino que hacían el amor como debe ser, en mil y una modalidades. Esas imágenes eran públicas, no escandalizaban a nadie. 
Sí fueron un escándalo cuando, a mediados del siglo XVIII, Carlos IV de Nápoles (que más tarde sería Carlos III de España) las recluyó. Sólo accedían a ellas los cortesanos, a quienes se les caía la baba. Porque ahora sí eran pornográficas. Lo fueron porque el rey prohibió la mirada sobre ellas. 
No hay imágenes pornográficas sin censura. La pornografía está en la transgresión, no en los pobres maniquíes. La edila debería tener esto en cuenta. No vaya a ser que miremos con codicia a los maniquíes.

sábado, 7 de julio de 2012

Las medias de Roberto Arlt


Roberto Arlt (1900/1942),
escritor argentino

En 1929, Remo Erdosain (el de Los siete locos) lleva el traje lustroso por el uso, el cuello de la camisa desgastado. Pero sueña. Sueña con la rosa de cobre, esto es, con cobrear una rosa de verdad, galvanizar los pétalos tiernos. Un oxímoron desatinado.
En 1934, con la misma Underwood con que había escrito Los lanzallamas, Roberto Arlt patenta un invento formidable: las “medias con punteras y talón reforzado con caucho o derivados”. Las medias no se correrán porque la superficie interna estará recubierta de “una película de goma líquida, lo suficientemente resistente para mantener así adheridos los hilos que forman la malla, y lo suficiente(mente) delgada para ser tan transparente como la malla cuya destrucción se trata de evitar”.
Es el viejo sueño de galvanoplastia del imaginario Erdosain, sólo que esta vez con caucho líquido. La vida, muchas veces, es literatura.

sábado, 30 de junio de 2012

Si el convento hablara...


No importa que tenga los cimientos de barro.
Igual quieren levantar una torre de dieciocho pisos
al lado del antiguo Monasterio e Iglesia de Santa
Catalina de Siena. Buenos Aires es autofágico, se
come su propia historia como un monstruo estúpido.

Este 5 de julio se cumplen 205 años de aquella mañana. Los Fusileros Reales de Northumberland, medias de seda blanca y chaquetas rojas, entraron a los gritos en el Monasterio e Iglesia de Santa Catalina de Siena.
La priora lo contó así: Nos vimos cercadas de estos impíos que entraron en tropel en la puerta de nuestro alojamiento, donde estábamos unidas las setenta religiosas que componemos esta comunidad. Allí los recibimos de rodillas en un profundo silencio. Estaban dispuestas a todo, aun a perder la virginidad si esa era la voluntad de Dios. No fue necesario, los fusileros se robaron los vasos sagrados y se fueron rumbo a su derrota a manos de Liniers.
Quince años después, en 1822, el deán informaba, no sin cierta repugnancia, que sor Vicenta, la hermana de Julián Álvarez, tenía convulsiones histéricas en “ciertos períodos del año”. (El santo varón no podía siquiera pronunciar la palabra menstruación, que era cosa mujeril y pecaminosa.) No había manera de calmarla. Ni siquiera la reclusión en una celda a pan y agua. Los gritos de la monja histérica resonaban en ese descampado que todavía estaba en el borde de la ciudad.
Las campanas del monasterio fueron las que le anunciaron a Francisquita el infierno por el que tantos méritos había hecho. La jovencita había saltado las tapias para ir a la cama del apuesto Carlos Ortiz de Rozas y el toque de maitines querían decir que no podría regresar a su casa porque la puerta ya estaba cerrada.
Esas historias todavía están allí, en esa reja de madera tallada del siglo XVIII, en las campanas que ya no tañen las horas canónicas como antes, en ese huerto ahora asfixiado por el pesado cemento del estacionamiento donde ahora quieren un rascacielos.  

Ver fragmento de Hacer el amor. Historias de amor y sexo, Ricardo Lesser (Buenos Aires Longseller, 2005) donde se narra la historia de Francisca Aldao y Rendón.

sábado, 16 de junio de 2012

Inaudito


Es un cuerpo en cierne. Los espermatozoides asedian heroicamente el óvulo. Uno de ellos lo fecundará después de haber degradado la barrera ovular con la ayuda de sus pares. El óvulo espera, envuelto en su capa pelúcida. En algún momento los genes de ambos se combinarán y se formará el embrión de lo que vendrá.
Es una epopeya de fluidos, células y membranas. Pero una epopeya insonora.
Hasta ahora, porque en lo sucesivo se podrán oír nítidamente esas hazañas; el rumor de los líquidos, los movimientos del útero, las oscilaciones de las hormonas.
Físicos de la Universidad de München desarrollaron un dispositivo auditivo que registra vibraciones  acústicas de hasta -60 decibeles. Se podría escuchar un sonido un millón de veces menor que el ruido más ínfimo que pudiera detectar el oído de un hombre.
Tal vez, entonces, alguna vez alguien oirá el triunfo del espermatozoide, los suspiros del embrión cuando hace nido en el útero. ¿Hay, acaso, una historia más privada, más íntima?

sábado, 9 de junio de 2012

Una figurita de Billiken


El joven Manuel Belgrano rinde examen de derecho en 
la célebre Universidad de Salamanca en 1787,
 Rafael del Villar, circa 1910. 
Complejo Museográfico Enrique Udaondo, Luján

¿Cómo era Manuel Belgrano? ¿Pelo rojo y ojos castaños, como decía el certificado de estudios del Real Colegio San Carlos? ¿Pelo rubio y color muy blanco, algo rosado, como declaró su amigo José Celedonio Balbín? ¿Ojos color miel, como en el relicario que llevaba su hija Manuela? No sabremos nunca cómo era en verdad, puesto que a la historia oficial no parece interesarle más que las batallas. De la infancia o de la juventud de los próceres, ni hablar.  
Allá por 1910, cuando la burguesía todavía nos inventaba los padres fundadores, alguien le encargó a Rafael del Villar (1873/1952) que compusiera al Belgrano que estuvo siete años en España. Así lo hizo. Pero la fecha dada es errónea. Es el 28 de enero de 1789 (faltaba nada para la toma de la Bastilla) cuando consigue su título de bachiller en leyes en la Real Universidad de Valladolid.
Parece más bien morocho, vestido a la vieja usanza (calzones hasta debajo de las rodillas, medias blancas de seda). Y no faltan los íconos de la cristiandad y la monarquía en las paredes, tal como les gustaba a los que quisieron hacer nuestra historia como una continuidad del viejo imperio español.
Para entonces Manuel tenía diecinueve años. Es probable que ya hubiese contraído sífilis. Como cualquier mozo de buena estampa, alguna vez debe haber salido a la puerta de la ciudad, allá en el barranco, a contratar alguna mujer enamorada, como se les decía a las prostitutas. Hasta es probable que ya tuviera la experiencia de las pajilleras, las que masturbaban a sus clientes con dos dedos por un real o por dos si lo hacían “a mano completa”. No digamos si era una de aquellas viejas desdentadas (todo un mérito si se trataba de servicios bucales) que pululaban por Valladolid.
Después de todo, Manuel Belgrano no fue una figurita de Billiken.

domingo, 3 de junio de 2012

Personajes. María de la Luz Godoy Cruz


En 1861, el año en que murió la viuda de Godoy Cruz, un 
terremoto dejó en ruinas a Mendoza. Foto de José Christiano 
de Freitas Henriques Junior, detto Christiano Junior

Lo perdía el lienzo muy fino de Holanda para el vuelo de los puños de las camisas. Y las telas blancas de algodón labrado. Los mendocinos decían, no se sabe si con admiración o con envidia, que mandaba a hacer su ropa con piezas de Nankín, la ciudad que se conocía como La capital del cielo en la antigua China.
Coqueto como era, Tomás Godoy Cruz (1791/1852) fue representante de Mendoza en el Congreso de Tucumán. San Martín lo presionaba para la declaración de la Independencia. Cuando volvió, fue gobernador de la provincia.
En 1823, Tomás se casó con María de la Luz Sosa (1797/1861), bellísima, dicen. Las fiestas que daba eran famosas en Mendoza.
El 15 de mayo de 1852, solo, oyendo a lo lejos el bullicio de uno de aquellos bailes famosos, Tomás murió. Una criada, que había encontrado el cuerpo sin vida, corrió a la señora, a ver qué hacía. María de la Luz dio orden de cerrar silenciosamente la puerta de la habitación. Y volvió alegremente al salón. No era cuestión de entristecer a los invitados.

domingo, 27 de mayo de 2012

Braguetas indiscretas


Era una vergüenza. Cuando el tranvía pasaba por Almirante Brown y Martín García, los desprevenidos pasajeros tenían que tolerar a los que salían del mingitorio con la bragueta abierta, abrochándose descuidadamente. Un atentado a la moral y al pudor.
En Buenos Aires hubo mingitorios (del latín mingĕre, mear) públicos hasta 1926. Los había en Callao y Santa Fe, en plaza Once de Septiembre, en Viamonte, al lado del teatro Colón. Los primeros se instalaron en el Paseo de Julio a fines del siglo XIX. Eran como quioscos que imitaban a los parisinos. Y, desde luego, tenían anchos zócalos abiertos para prevenir encuentros inmorales.
Pero los zócalos no impedían que los señores salieran a menudo con la bragueta desabrochada (los botones sin abrochar, puesto que en ese entonces no había cremalleras).
Curiosa palabra, “bragueta”. Viene de “braga”, que tiene dos acepciones. Antiguamente, La pieza de la armadura que cubría las partes naturales del caballero. Y, contemporáneamente,  la prenda interior femenina. La bombacha, bah. De modo que el término “bragueta”, tan viril como suena, es por lo menos ambiguo.
Como fuere, en marzo de 1900 Caras y Caretas publicaba una caricatura con el epígrafe: “Abróchese antes de salir”. Y un señor en un mingitorio que, escrupulosamente, se ataba… los cordones de los zapatos. 

sábado, 19 de mayo de 2012

La otra Traviata


Prostituta, Ernest James Bellocq, 1912

Un verano de 1877, el juez de paz de la parroquia de San Nicolás recibió una denuncia a propósito de una pupila de una casa de tolerancia en la parroquia de San Nicolás. Los honorables funcionarios de aquella época, como se sabe, hicieron todo lo posible para normalizar la prostitución, la que juzgaban un mal necesario. De modo que prontamente fue despachado un médico al prostíbulo. José Luis Scarsi encontró el informe del galeno:
La expresada prostituta, Lola Martínez, de veintiún años de edad (aunque en realidad debe tener más edad), natural de España, entró a la casa el quince de junio del pasado año de 1876, hallándose anotada en el respectivo libro bajo el número trece, se encuentra en un estado bastante alarmante, porque su delicado organismo, y con esa vida licenciosa, hace temer muy fundadamente que  terminará, tal vez en breve tiempo, por una tisis pulmonar, ya incipiente, ó, en otros términos, de una tuberculosis.
Es pues, de urgente necesidad que cambie de vida, debiendo, sin pérdida de tiempo, salir al campo para que con el aire oxigenado y una buena, como nutritiva alimentación, pueda cambiar su delicada constitución y recuperar las fuerzas vitales que cada día va perdiendo notablemente. Hace ya algún tiempo, que el infrascrito indicó a dicha prostituta, la urgentísima necesidad de cambiar de vida, porque do lo contrario, su organismo iría cada día deteriorándose notablemente, poniendo en gravísimo peligro su existencia.
Lola no volvió a aparecer en los registros municipales.


domingo, 13 de mayo de 2012

Personajes. Delfina de Mitre


Delfina Vedia de Mitre (1819/1882)

Delfina se marchitó. En una época en que las mujeres huían de sol para ostentar palidez, ella era transparente, casi nacarada. Los verdes ojos, los blancos pechos. Pero de nada le sirvió. Se marchitó.
No es que Mitre (así llamaba Delfina a su esposo) la maltratara. Aunque lejos estaban aquellos versos de cuando era capitán de artillería y le escribía que era un ángel desterrado. Si hemos de decir la verdad, con el tiempo los versos se oxidaron con orín de cañón: Te recordaba, Delfina / en medio de la batalla / viendo tu cara divina / cual la Bandera Argentina [sic] / en medio de la metralla.  
No es que el general hiciera gala de amoríos fuera de casa, pese a que había mucha tilinga que lo buscaba. Como aquella Ventura Díaz de Trejo, que un día le dio la mano en la calle y después mandó a hacer un cofre de roble para guardar la reliquia del guante que había tocado don Bartolo.
Tampoco es que Mitre fuera, como era, áspero como un sayo franciscano. Su violencia, su intemperancia, esa mirada de rayo que hacía callar eran suavemente contenidas por la blanda Delfina. 
Lo que en verdad marchitó a Delfina de Mitre fue el suicidio de su hijo Jorge.

sábado, 5 de mayo de 2012

Juguetitos


Placa de porcelana, circa 1850, 
hallada por el arqueólogo urbano Daniel Schavelzon 

Las cortinas han sido corridas mostrando lo que no se debe mostrar. La verga, enhiesta. La erección, obra de la mujer semidesnuda que toca la flauta de Pan, como si fuera la encantadora del falo serpiente.
Pero hay un toque de discreción: la escena, representada en una pequeña placa de porcelana, sólo se ve del todo si uno la pone a trasluz.
La placa fue encontrada por el arqueólogo Daniel Schavelzon en el pozo de basura de la casa de Manuel José Cobo y su esposa Josefa Lavalle. Los residuos fueron arrojados allí entre 1860 y 1895, la época en la que los nuevos ricos se daban aires de señores. En Bolívar 238 vivieron los Cobo, sus cuatro hijos y sus dos hijas. De modo que no sabemos a quién pertenecía.
Tampoco sabemos quién se entretenía con los tres falos de madera trabajados a mano hallados en el mismo pozo. Están bien conservados: la superficie pulida, el extremo convenientemente redondeado, unos diecisiete centímetros de largo, tres de grosor. Los consoladores no eran infrecuentes. A mediados del siglo XIX, en los países civilizados ya los había mecánicos.
Pero acaso lo más interesante del hallazgo arqueológico sea dónde fueron hallados estos juguetes eróticos. Los encontraron dentro de una bacinica. ¿No es un delicioso detalle moral? 

sábado, 28 de abril de 2012

Personajes. Luisa Alén


Exterior de una pulpería, César Hipólito Bacle, 1833

Buenos Aires no era París. Y mucho menos aquella esquina (como llamaban por entonces a las pulperías), en el cruce de las calles Federación y Ombú (hoy Rivadavia y Matheu), cerca de los corrales de Miserere. Los parroquianos no tenían las galas de los cajetillas de la ciudad. Eran troperos, arrieros, carneadores. Como el espacio era poco, un roce bastaba para sacar el facón. Allí no se le mezquinaba un tajo a nadie.
Eso sucedía a menudo en la esquina de Leandro Antonio Alén. Pero no había quién se le animara cuando el hombre pegaba el grito. Porque el pulpero era vigilante primero de a caballo de la temida Sociedad Popular Restauradora, la Mazorca. Más aún, era hombre del comisario Ciriaco Cuitiño.
Lo cierto es que en aquella casa más próxima a la pampa que a la ciudad nació Luisa del Corazón de Jesús Alén, la sacrílega.

viernes, 20 de abril de 2012

Una manca historia de amor

Magdalena Pueyrredón Ituarte, 
Prilidiano Pueyrredón, 1851

La vieja vivió casi cien años. María Florentina Silvia Ituarte Pueyrredón (1801/1905) sobrevivió largamente a su sobrino Prilidiano Pueyrredón (1823/1870) y aún a su hija Magdalena Pueyrredón Ituarte (1826/1902). No es solamente que tuviera el cuero duro. Lo malo es que era obstinada como una mula.
Que lo diga si no Prilidiano, el hijo del que fue director supremo, que una tarde de San Isidro se enamoró perdidamente de su prima segunda, Magdalena. Dianito (así lo llamaban, por Prilidianito) corrió a pedir su mano a doña María Florentina. No. Y que no. No había manera de quebrar el no. Y, de postre, la niña acató obedientemente la negativa materna.
Dianito hizo el retrato de su amada acaso como un modo de clavarla en la memoria de la tela. Ahora el cuadro está sobre el piano, en San Isidro, en la quinta Pueyrredón. Magdalena mira, los grandes ojos abiertos. La seda negra cubre los muchos corpiños que se usaban en la época. La cintura es un alarde de fajas ceñidas. Eso sí, Prilidiano se rehusó a pintar la mano que le fue negada.

sábado, 14 de abril de 2012

Caballitos de bronce (II)

Monumento ecuestre a Manuel Belgrano,
Albert Carriere-Belleuse
 y Manuel de Santa Coloma, 1873 

En 1870, los padres de la Patria decidieron que era la hora de Manuel Belgrano. Mandaron, entonces, levantarle un monumento ecuestre en la vieja Plaza 25 de Mayo.
El caballo híbrido de San Martín no debía repetirse. Estaba bien buscar un escultor francés, lo malo era que no sabían hacer caballos como los nuestros.
La solución estuvo a la mano. Más precisamente en el consulado argentino. Allí vivía Manuel de Santa Coloma; artista francés, puesto que había nacido en Burdeos, pero compatriota. Así fue como se contrató a Albert Carriere de Belleuse (1824-1887) para la figura  y a Manuel para el caballo.
Pero tampoco esta vez hubo suerte. El caballo tiene poca alzada, es más bien petiso. Si lo hubiera montado el general en sus batallas le habría ido peor de lo que ya le fue. No es de extrañar que el equino se pareciera poco a los criollos. Que sepamos, el franco argentino Manuel de Santa Coloma no había pisado estas playas y mucho menos estas pampas.
Una curiosidad. La inauguración del monumento, el 24 de septiembre de 1873, estuvo a cargo de Domingo Faustino Sarmiento. Los ditirambos del señor presidente hicieron olvidar que hacía veinte años, en Caseros, mandó degollar al tío del bueno de Manuel. Cierto es que Martín de Santa Coloma, al parecer, le había birlado una novia a Juan Francisco Seguí (h), el auditor del Ejército Grande que había suscripto la orden. Pero no son cosas de hacer. Y menos con el salvaje método del degüello.

viernes, 13 de abril de 2012

Caballitos de bronce (I)

Monumento ecuestre a San Martín, 
Louis-Joseph Daumas, 1861

El caballo de San Martín se parece al de Luis XIV. Así lo quiso Louis-Joseph Daumas (1801-1887), el escultor francés de la estatua ecuestre sanmartiniana que se repite como una pesadilla en las plazas de todos los pueblos.
Cuando Benjamín Vicuña Mackenna viajó a París (¿adónde si no?), convino con Daumas que el general se lanzaría desde el bronce montado en un caballo que manotearía el aire graciosamente, la cola flotando al viento. El índice de la mano morena señalaría el camino de la gloria.
El asunto fue cómo sería el caballo. No podía ser de raza árabe, inglesa o normanda. Tenía que ser uno de los nuestros, un criollo de esos que devoran leguas sin resuello. “El señor Daumas elegirá un tipo intermedio”, decía esta cláusula del contrato.
El francés que, antes que nada, quería embolsar sus francos descubrió que la estatua ecuestre de Luis XIV que estaba en la Place des Victoires le venía de perlas. Propuso, pues, imitar esa figura real. De acuerdo, se le dijo.
Así las cosas, la escultura llegó al puerto de Buenos Aires. El caballo, que vino en un cajón enorme, desembarcó en lo que había sido la batería del Retiro y trepó la barranca en un carro arrastrado por yuntas de percherones; una especie de homenaje equino.
El monumento se inauguró el 13 de julio de 1862. En ese momento, nadie se atrevió a decir nada.
Con el tiempo, Vicuña Mackenna se franqueó: “En la ejecución del caballo el escultor no ha sido tan feliz. Se le recomendó imitara, en lo posible, un caballo criollo para lo que se le hizo presente (careciendo de un modelo apropiado) que reprodujera un término medio entre el caballo normando y el árabe, que tienen, el uno la fuerza y el otro la agilidad de la raza andaluza… El caballo no tiene propiamente el carácter fijo de una raza y resalta, en consecuencia, cierta disconformidad en sus proporciones y sobre todo en la cola cuya forma es del todo innatural”.
Hay que ver el contexto de la crítica. En el siglo XIX, las oligarquías chilena (Vicuña Mackenna era trasandino) y argentina fundaron la memoria de sus países. Los monumentos ecuestres como éste, el primero de la Argentina, fueron un momento de ese relato mítico.
No parece casual, entonces, que en la estatua afrancesada de José de San Martín el caballo fuera cualquier cosa menos un caballo criollo. 

domingo, 8 de abril de 2012

Pascuas eran las de antes

En el Buenos Aires colonial las funciones, los actos eclesiásticos solemnes, eran la principal distracción y ocupación. Pero las rivalidades entre los barrios eran fortísimas. Lo cuenta Mariquita Sánchez.
Se hacia una función, una procesión, todo el barrio tomaba parte en la gloria y en el golpe que daban al barrio rival. En el barrio de la Merced había una señora de gran imaginación que tenía las ideas más graciosas. Y un año se preparó con el mayor sigilo la misa de resurrección. Arreglaron una armazón para formar una nube de algodón teñido de celeste mezclado con blanco y salpicado de estrellas de esmalte. Dentro de esa nube venía un niño muy lindo vestido de ángel, que tenía una voz lindísima y a tiempo del Gloria se descolgó de la media naranja, hasta la altura de una araña, cantando el Gloria y echando flores y versos y, del mismo modo, la volvieron a subir. Juzga el miedo del pobre muchacho, la sorpresa del auditorio y la conversación que este hecho dejaría en el pueblo.
Los que saben dicen que la señora de gran imaginación era la madre de Mariquita, doña Magdalena. La misma que le hizo la vida imposible porque quería casarse con su primo Martín Thompson. 

viernes, 6 de abril de 2012

El cadáver no contesta

Acta de defunción de la
Municipalidad  de La Matanza, 1881

El infrascripto, Eusebio Rodríguez, Alcalde, certifico que don Manuel Chico que muerto lo tengo presente tapao con un poncho al parecer reyuno [se decía del caballo que pertenecía al Estado y que como señal llevaba cortada la mitad de la oreja derecha] le sorprendió la muerte al salir del baile de Don Rufino “El Catalán”, de la quebrada de Doña Pepa Lugo, muy conocido y de pública voz y fama en el pago. Interrogao el cadaver por tercera vez y no habiendo el infrascripto obtenido respuesta categorica alguna resuelve dar la sepultura en el campo de los desaparecidos conforme cuadra su circunstancia física de que certifico. Nota: hago constar de que el finao era muy amante de la bebida y muy dado a las galanterías amorosas, por cuya circunstancia tenía una cicatriz en la quijada izquierda producido por un cucharón de grasa caliente que le arrojó al rostro de la cara la hija de la parda Nicolasa, no se sabe por que safaduria. Vale.

sábado, 31 de marzo de 2012

La triste muerte del deán Funes

Deán Gregorio Funes (1749/1829)

No es cierto que el deán Funes muriera en brazos de su amante. Quién sabe dónde estaba aquella señora en ese momento. Y, aunque hubiera estado cerca, el pobre cura ya no estaba para trotes, como que tenía ochenta años.
Cierto es que a los sesenta y cinco, cuando todavía la sangre le corría por donde le corre a los varones cuando es ocasión, no había podido resistir la tentación, más líbrenos de todo mal, amén.
No hay nada que decir. Ya lo dijo todo Sarmiento en Recuerdos de provincia: “Hablábase de pasiones amorosas encendidas en aquel corazón que ya había resistido a sus seducciones, y cuando la pobreza suma había entrado en su hogar, una mujer vino a apartar de aquel espíritu fuerte la desesperación que sucede al desencanto”. Una debilidad humana, que los próceres también las tenían.
La muerte sorprendió al deán Funes cuando se estaba paseando por el Vaxuhall, que después se llamaría Parque Argentino y que estaba en la manzana comprendida por las calles Temple (hoy Viamonte), Córdoba, Uruguay y Paraná. El Vauxhall había sido creado por los ingleses a imagen y semejanza de los jardines europeos. Allí iban los porteños a creerse civilizados.
El caso es que el deán estaba hablando con Santiago Spencer Wilde (el abuelo de José Eduardo Wilde, ministro de Roca) cuando cayó como cae el falso algodón de los frutos de los palos borrachos, blandamente. Era el atardecer de un enero.

sábado, 24 de marzo de 2012

La identidad de plástico

Acta de nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento
Mariquita (nuestra Mariquita, la del himno) se llamaba María Josepha Petrona de Todos los Santos, puesto que había nacido un 1° de noviembre, la fiesta de Todos los Santos. Así fue registrada en la Merced, que estaba a pocas cuadras de la casona solariega.
En aquel entonces, la identidad estaba dada por la firma a menudo insegura y siempre aparatosa del párroco de turno. Cuando Mariquita se casó con su primo Martín de Thompson, después de menudo barullo que hicieron, el matrimonio quedó asentado en la iglesia, esta vez con la letra de Cayetano Rodríguez. Y también fueron asentados sus ocho hijos, tres de los cuales llevaban el apellido del lindo pero vividor de Jean-Baptiste Mendeville.
Lo mismo pasaba con las defunciones, se verificaban en las iglesias. No todo era prolijo. Cierto cura de Rosario Tala, poco ilustrado, certificó que había fallecido Carmen Luna, “casada con Toribio, el Petiso, que así le decían por lo bajito”, dice el libro.
Después vino el Registro Civil y la identidad se hizo laica. Cada uno tenía el documento que le correspondía en tanto ciudadano. El documento indicaba los datos antropométricos principales. Certificaba que uno había nacido en tal o cual lugar, que había cumplido con sus deberes cívicos. Señalaba, en fin, la pertenencia a una Nación, a un territorio definido entre otras cosas por sus límites.
Pero la globalización se comió las fronteras. Hace rato que los documentos de identidad caducaron. Ahora uno es lo que es en el mercado. Uno es la tarjeta de crédito, mucho mejor si se trata de una gold, una tarjeta dorada del consumo. La tarjeta no es nacional, uno puede acreditarla en el país que se le ocurra. Uno es un password, una clave de acceso.  Uno ya no es un ciudadano, sino un consumidor del mundo.

viernes, 16 de marzo de 2012

Personajes. Fray Francisco de Vitoria

Fray Francisco de Vitoria (¿?-1592),
Obispo de la diócesis del Tucumán

El cancel del Santo Oficio de la Inquisición, en Lima, se abrió pesadamente para dar paso a una denuncia curiosa. La declaración la firmaba el bachiller Suárez de Rendo y estaba fechada en el día del Señor del 20 de marzo de 1583. Decía que fray Francisco de Vitoria, obispo de la diócesis del Tucumán, era pariente de Martín Hernández, un judío condenado por el Tribunal granadino. Eso bastaba para presumir que el obispo era un marrano (judío converso). En aquel entonces ser tildado de judaizante equivalía a la exclusión social, sino a la hoguera. Y la filiación también era un delito contra la fe.
El inquisidor Antonio Gutiérrez Ulloa, ducho en corozas y sambenitos, esta vez no supo qué hacer. No todos los días caían expedientes como éste, que involucraba a tan alto prelado. Mandó el pliego al Consejo Central que es un poco decir al muere, si uno piensa que entre El Callao y Cádiz había meses de navegación azarosa.  
En aquella época no era infrecuente que un clérigo fuera nuevo cristiano, como se llamaba a los judíos conversos, y aun que practicara secretamente los ritos y las ceremonias de la ley mosaica. A trancas y barrancas, los hebreos expulsados primero de España y después de Portugal desembarcaron en el Brasil. Y, cuando también allí llegó el Santo Oficio, pasaron sigilosamente al Río de la Plata. Tomar los hábitos católicos les permitía, al menos, poder leer sin aprietos el Nuevo Testamento, ser respetados por los vecinos y, en todo caso, ¿qué mejor artificio que una sotana?
Fray Francisco de Vitoria (no hay que confundirlo con su homónimo, también dominico, que fundó la hermosa teoría del derecho natural de los españoles de andar por las Indias a sus anchas) no se quedó callado, qué se va a callar.

sábado, 10 de marzo de 2012

Para una historia de los zapatos

En el Buenos Aires colonial, los pies diminutos aparecían como signo de lo femenino, como algo apetecible de ver (y de tocar, si hemos de creer que la vista no es más que la prefiguración del tacto). Alcide D’Orbigny esperaba que los caprichos de las faldas echadas al viento dejaran ver el más lindo piecito del mundo, oprimido por unas medias de seda, blancas, y por un zapato de la misma tela o de raso...
Al principio los tacones eran altos hasta la exageración. Las señoras querían ganar altura como un modo espacial de significar su propia estatura social. Puede que también los usaran para denotar su distanciamiento de los trabajos manuales. Ninguna lavandera hubiera podido cruzar la ciudad poceada y pantanosa para ir al río sobre esos zancos. Pero rápidamente los tacos se rebajaron hasta desaparecer. Hacia fines del siglo XVIII, no había quien no calzara zapatos de difuntos, desprovistos de adornos y de tacos.
Aun las damas más distinguidas cosían sus propios zapatos. Conservaban las hormas en los costureros y ordenaban las suelas a los zapateros. Usaban las telas más lujosas, como el raso. Preferían que fuera blanco porque ese color ponía evidencia su condición social. De nuevo, ninguna mujer de la plebe urbana hubiera podido conservar la blancura de los escarpines en aquellas calles polvorientas.
Como los vestidos se usaban cortos, y llevaban rica media de seda, bastaba ver el pie de una persona, para saber si era distinguida, puesto que la gente de segunda clase, y las sirvientas, nunca usaban calzado semejante.
La otra cara de la moneda, pero la misma moneda clasista, eran los pobres, que andaban descalzos o, si la caridad de sus amos lo disponía, calzados a la buena de Dios. De aquí viene la palabra “chancleta” –escribía la memoriosa Mariquita Sánchez-, porque los ricos daban los zapatos usados a los pobres y estos no se los podían calzar y entraban lo que podían del pie y arrastraban los demás.
De modo que la mirada a los pies no era meramente erótica. Era también una mirada de clase social. 

domingo, 4 de marzo de 2012

Personajes. Domingo Belgrano

Iglesia de Santo Domingo,
Emeric Essex Vidal, 1820

Cuando encarcelaron a su padre y le embargaron los bienes, en 1788, Manuel Belgrano estaba en cursando Leyes en la Real Universidad de Salamanca. Eso le ahorró los bisbiseos maliciosos de las señoras en el atrio de Santo Domingo, a metros apenas de la casona de los Belgrano.
Su padre Domenico, que había castellanizado su nombre, lo había mandado a Europa con su hermano Francisco “para que se ynstruyan en el comercio, se matriculasen en el y regresen con mercaderías a estos Reynos”. Había allí un claro mandato paterno.
Pero Manuel rehusó ese destino. No tanto por la vergüenza de su padre estafador, sino porque en Salamanca había aprendido con los fisiócratas que el monopolio era una mala cosa. Pero algo le deben haber pesado las trapisondas de su progenitor puesto que, cuando fue Secretario del Real Consulado, apostrofó a los comerciantes que “nada saben más que su comercio monopolista, a saber, comprar por cuatro para vender por ocho, con toda seguridad”.

lunes, 27 de febrero de 2012

El rito de la vida

 El tablero del juego de la oca, dicen, es un mapa encriptado para los peregrinos que iban desde los Pirineos a Compostela. Lo habrían imaginado los Caballeros Templarios, que custodiaban el Camino de Santiago, para indicar a los iniciados los senderos ocultos, los escondites, los peligros. Cada casilla denota un lugar (la primera es el monasterio benedictino de San Pere de Rodes), que dista del siguiente exactamente 15 millas y éste 15 del próximo.
Las trece ocas son las que avisaban desde el Capitolio romano el avance del enemigo, los animales reverenciados por los egipcios porque dominan el agua, la tierra y el aire. Son asimismo las que, si se sacan los dados precisos, llevan a la Gran Oca final de una sola jugada; algo casi imposible.
Y, desde ya, una simbología. El camino se desarrolla en forma de espiral, que no sería otra cosa que un símbolo antiquísimo, el ciclo del nacimiento, la muerte, la reencarnación. El Laberinto, el Pozo, el Puente no necesitan interpretación. Son los momentos de la vida.
Aun en este tiempo infernal de los videojuegos, los chiquitos juegan a la oca. No es poco lo que aprenden. Aprenden a creer en una ficción. Aprenden que hay un azar, que existe la muerte, el pozo, la cárcel, el puente. No es el dado lo que determina el camino, sino el paso por las casillas del destino. Todo juego comporta un rito, dice Roger Caillois. En este caso, el rito de la vida.

sábado, 18 de febrero de 2012

Personajes. Roberto de las Carreras

Roberto de las Carreras 
(1873-1963) 

He sido engendrado en una noche de pasión y no entre bostezos matrimoniales. Eso decía Roberto de las Carreras, el poeta decadentista uruguayo, a quien quisiera oírlo.
Razón tenía. Su madre, Clara García de Zúñiga, hija de un terrateniente de Gualeguaychú, iba de mano en mano como una falsa moneda, como decían las viejas. Su padre, don Mateo (el terrateniente), la había prometido a un señor que, prudente, esperó que tuviera catorce años para consumar lo que consumó.
A poco se hizo mujer, Clarita tuvo sus amoríos circunstanciales y, lo que es malo, los dijo. Los que la querían, entonces, la declararon loca, le quitaron la administración de sus bienes y la encerraron en un altillo. Allí pasó sus días hasta la noche de su muerte.
Antes, había tenido lo suyo con Ernesto de las Carreras que, si no nos equivocamos, era hombre de reputación en San Isidro. De allí Roberto. Cabal, lo reconoció y, a modo de única herencia, le enseñó que el mejor medio de contener a una mujer infiel es arrojándola por el balcón. (Continúa)