Por qué Historias con Lupa

Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.

Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Cuando Belgrano era chiquito

En la Feria Internacional del Libro se presentó Planetalector, el sello de literatura infantil y juvenil del Grupo Planeta. Una de las novedades fue el título Cuando Belgrano era chiquito. El libro, orientado a los chicos desde ocho años, propone cuentos históricos que ficcionalizan la infancia de Manuel Belgrano en la Buenos Aires colonial.
Éste es un fragmento del cuento Como un reloj, que trascurre en 1775, cuando Belgrano tenía cinco años:
Quién sabe en qué correrías andaba Manuel cuando sonaron las campanas de las dos. Doña Pepa no lo dejaba salir solo ni siquiera a la Plaza Mayor, que estaba apenas a tres cuadras. De modo que quizá estuviera potreando en el patio trasero o tal vez prendido a la falda de la morena Toribia, que de vez en cuando le permitía hundir el dedo en la tinaja de miel.

sábado, 22 de abril de 2017

La primera entradera


Ahí están. Justo cuando uno viene por Córdoba y cruza hacia la 9 de Julio. 
Tienen como 150 años. Allá por 1870, esas fuentes supieron estar en la Plaza de 
la  Victoria.  No echaban agua como ahora porque no había agua corriente. 
Pero estaban rodeadas de farolitos de gas,  un signo de los tiempos modernos. 
James Bevans, el ingeniero inglés  abuelo de Carlos Pellegrini, hubiera estado 
contento. Él fue el primero  en iluminar el centro histórico con gas hidrógeno 
en 1800 y veintitantos.

Callao y Córdoba era un desierto. En la zona no había más que quintas aisladas. La que alquilaba James Bevans tenía más de dos cuadras de frente, ninguna calle la dividía en manzanas. De vez en cuando había alguna hilera de tunas que pretendía, sin lograrlo, marcar los límites entre las propiedades.
Era el verano de 1835. Las estrellas se estaban quietas, ahogadas en la Vía Láctea. Priscilla, la mujer de James, había hecho pudding con gusto a su Birmingham natal. Hacía mucho calor, de modo que abrieron de par en par las puertas que daban al patio. A las siete y media, se sentaron a comer.
De repente, unos hombres emponchados con las caras cubiertas irrumpieron en la casa. Uno de ellos se arrojó, cuchillo en mano, sobre James y, de un solo tajo, le cortó los faldones de la casaca donde el hombre llevaba un par de pistolas.
Los ataron a las sillas, los codos pegados. A todos menos a un chiquilín de doce años que, de casualidad, estaba en una pieza contigua.
Vaciaron el contenido de las cómodas y los armarios en ponchos, colchas y hasta en el forro de algún colchón. El botín era jugoso.
Mientras tanto, el chico escapó por un ventanuco. Corrió cinco, seis cuadras hasta la quinta más próxima. Entre discusiones y titubeos se armó un grupo de valientes: el capataz, un peón, el sirviente y el alcalde, que vivía enfrente. Y allá fueron.
Cuando llegaron sólo pudieron soltar a los demudados Bevans. Los maleantes habían tenido tiempo de hacer sus atados y perderse en la noche. Nunca los encontraron. 

viernes, 10 de marzo de 2017

El cruce que no fue

1817 fue un mal año para Casimiro Marcó del Pont. 
Sus tropas fueron diezmadas en Chacabuco. 
Su calesa con vidrios, toda una rareza para Chile, 
se rompió. De modo que tuvo que huir a lomo 
y pezuña. Pero la nave que lo llevaría a Lima había 
zarpado un rato antes. Cayó prisionero. 
Lo aprehendió un fraile metido a granadero, Aldao. 
Un fraile, qué vergüenza.
San Martín tenía miedo. Después de la hecatombe en Rancagua, en la primavera de 1814, los realistas podían invadir Cuyo tranquilamente. Las fuerzas cuyanas eran todavía exiguas: los chilenos vencidos que quedaron vivos y menos de mil milicianos mendocinos sin armamentos ni instrucción alguna. Los únicos veteranos eran los veinte o treinta blandengues que hacían sebo en el fuerte de San Carlos.
En esos días llegó a Chile el mariscal Casimiro Marcó del Pont. Venía de compartir la prisión con Fernando VII, nada menos. Era un tanto afectado, el hombre. Los que no le querían lo llamaban la Pompadour. Fue aquel petimetre que dijo que firmaba con mano blanca, no con mano negra como la de San Martín.
Es probable que sus espías le dijeran que el Ejército de los Andes era todavía de papel. Y que el Ejército del Norte andaba a los tumbos. La invasión a Cuyo, en esos momentos, era una oportunidad sin igual. El éxito hubiera puesto a los realistas en condiciones de atacar por la espalda a los criollos insurgentes.
Pero el mariscal Casimiro Marcó del Pont no invadió. Estaba convencido que un ejército no podía cruzar los Andes. 

viernes, 27 de enero de 2017

Bailáte el Himno, Isadora


La túnica es un velo que nada vela. Al contrario, divulga
el cuerpo como lo que es: una buena noticia.
Los pies, en vuelo. Hacia arriba. Desmintiendo la gravedad.
Las piernas bienaventuradamente abiertas.
Isadora Duncan baila temerariamente.
Una noche de invierno, Isadora Duncan fue a un cabaret, quizá en La Boca. Era una sala espesa por el humo, una sala con jóvenes morenos enlazados a chicas igualmente morenas que bailaban el tango.
“Yo no había bailado nunca el tango, pero un mozo argentino me obligó a intentarlo –cuenta en Mi vida-. A mis primeros pasos tímidos sentí que mis pulsaciones respondían al incitante ritmo lánguido de aquella danza voluptuosa, suave como una larga caricia, embriagadora como el amor bajo el sol del mediodía, cruel y peligrosa como la seducción de un bosque tropical. Sentía todo esto mientras el brazo de aquel mozo de ojos negros me guiaba estrechándome confidencialmente…”
En eso, unos estudiantes la reconocieron. Le dijeron que estaban celebrando la libertad de la Argentina. Era julio de 1916, unos meses antes Hipólito Irigoyen había ganado las elecciones presidenciales por afano.
Le pidieron que bailara el himno argentino, como antes había bailado la Marsellesa y como más tarde bailaría la Marcha Eslava de los rusos. Se envolvió en la bandera y bailó el himno.
El éxito fue eléctrico. Los estudiantes le suplicaron que repitiera el himno una y mil veces, mientras ellos cantaban. Mientras tanto, el mozo de ojos negros que había bailado el tango con Isadora esperaba en una mesa. Fumaba.

martes, 17 de enero de 2017

Ante la inapetencia del mundo


Debe haber dicho, el Mudo: “Tengo un pibe bárbaro para hacer de canillita”.
Eran los días de filmación de El día que me quieras (1935). Y Astor fue un 
canillita, nomás. Tenía trece años. Tocaba el bandoneón que el padre le 
había comprado por unos pocos dólares en una casa de empeños. Había mucho 
Manhattan, mucho Gershwin en ese fuelle. Tocó para Gardel. 
“¡Pibe, tocás el bandoneón como un gallego!”, dijo el Mudo.

Cualquiera sabe que Adiós Nonino es la música de un duelo, el duelo del padre muerto. 
No hay más que oír el fuelle abierto, abierto a todo lo que da, temblando, del final. Es la muerte de Nonino, como llamaban al padre de Piazzolla. 
La pérdida de alguien que nos toca produce una inapetencia del mundo. La única manera de repararla es reconstruir dentro de uno mismo el mundo perdido afuera. Esto es el duelo. 
Cuando la música de Adiós Nonino musica –creemos- musica la calle Corrientes, el asfalto ya frío de la madrugada, La Paz y la panadería de enfrente con el olor del primer pan. 
¿Qué otro mundo puede ser ese tango sino Buenos Aires? 
Pero no. El propio Piazzolla dice que escribió Adiós Nonino a partir de las imágenes que le recordaban a su padre: Manhattan, la calle 42, el Central Park. Fueron esos panoramas, donde había vivido, no los paisajes porteños. Nueva York, no Buenos Aires. 
Aún sabiéndolo, Adiós Nonino nos seguirá evocando a Buenos Aires. Después de todo, los duelos no son sino un relato. El nuestro.