Por qué Historias con Lupa

Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.

Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.

miércoles, 27 de junio de 2018

Imago nos. San Martín desde los afiches

Sigwart Blum, Afiches publicitarios,  Buenos Aires, 1939
Atardece en una calle cualquiera de Buenos Aires. Otoño. El sol dibuja sobre la vereda las ramas de un árbol sin hojas.
Las Academias Pitman convidan a un título de secretaria después de un modesto curso de dactilografía. Es la promesa del ascenso social.
A la nena no le interesa. Señala a la madre otra promesa: una película.
El cine ilusiona con comedias sobre una vida mejor. Se necesitan: son los tiempos de la Década Infame. Subterráneamente, Mario Soffici filma su formidable Prisioneros de la tierra, que está a punto de estrenarse.  
Esta película no. Aquí se trata, paradójicamente, de otra tierra: Nuestra tierra de paz. Es una biografía de San Martín, nada menos. Aparecen el general, Remeditos y hasta el mismísimo sargento Cabral, de cuya existencia nadie duda como hará algún irreverente en el futuro.
El afiche muestra el rostro hierático de San Martín, como se imagina a los próceres en esta época. Los historiadores ya se han decidido por el general como el héroe nacional por antonomasia. No hace tanto, Ricardo Rojas publicó su Santo de la espada, libro extraordinario si los hay.
La nena señala el afiche en el que se destaca el cabildo, un signo de la Revolución de 1810 en la que San Martín no tuvo nada que ver. Cosas de la propaganda.





viernes, 23 de marzo de 2018

Imago nos. El Bellas Artes de antes


Parece una fotografía coloreada a mano. Es la Casa de las Bombas, en la Recoleta, circa 1900.
Los faroles a gas iluminaban malamente el viejo Camino del Bajo a la Costa, ahora avenida del Libertador. Detrás estaba el río, pero más cerca que ahora.
El humo de las chimeneas se veía desde las cúpulas del Paseo del Bajo. El humo era un humo bueno, apenas el vapor blanco de las máquinas que movían las bombas.
Si uno mira atentamente reconocerá la fachada del Museo de Bellas Artes, en Libertador al 1400. Debajo del Bellas Artes está la vieja Casa de Bombas refuncionalizada por el inefable arquitecto Alejandro Bustillo. 
Una de las cosas que ocurrieron en los años 80 fue que
Buenos Aires dejó de ser campo y se hizo ciudad para siempre.
Pero siempre hubo una pulpería donde tocar la guitarra.
Como ésta, que estaba donde hoy está el Bellas Artes.


A fines del siglo XIX, la peste había dejado un diagnóstico sombrío: la primera napa estaba contaminada. La única agua potable era el agua de lluvia que se recogía en grandes tinajeros de barro en los patios de las casas. Había que sacar agua del río.
Entonces se la extrajo del río amarronado (“No importa –decían los ingenieros-, es agua buena” y tal vez lo fuera todavía). Se la bombeó con máquinas a vapor hasta depósitos de sedimentación y filtrado. Y después se la bombeó hasta un depósito en la plaza Lorea.
Esto fue hace ciento cincuenta años. Hoy, casi diez de cada cien porteños no tienen acceso al agua potable.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Loca de amor

Este manuscrito de Joaquina Alvear  de Arrotea afirma que
 San Martín era hijo natural de Diego de Alvear. 
Con este testimonio, los Alvear iniciaron un juicio de filiación 
y reclamaron un análisis del ADN del prócer, que les fue denegado 
recientemente por la Cámara en lo Civil.
El marido la sorprendió llevándole una carta a Sarmiento que era, ni más ni menos, una declaración amorosa. A esa altura, Sarmiento era más que sesentón y a duras penas sobrellevaba su “amistad” con Aurelia Vélez Sarsfield, veinticinco años más joven que él.
Joaquina tampoco era una niña, tenía sus buenos cincuenta y cuatro inviernos. Pero el amor es así.
Vaya uno a saber cómo maquinó llevar la carta pecadora. Tal vez pensó en entregarla en la casa de Sarmiento, en la calle Cuyo entre Talcahuano y Libertad. No habría sido fácil, las señoras “decentes” no salían a la calle si no acompañadas por una criada.
Lo cierto es que don Arrotea, el marido agraviado, estaba que trinaba. Esta mujer está loca, decidió. De modo que la internó, no en el precario Hospicio de Alienadas, sino en el Instituto Frenopático Argentino, como correspondía a una dama.
El diagnóstico fue fulminante: Joaquina sufría de erotomanía, un trastorno de la mente causado por el amor. La carta no era sino un delirio erótico.
La erotomanía no era rara en aquella época. Las novelitas que se vendían semanalmente por centavos convencían a más de una señora que alguien, usualmente de un status social superior, estaba enamorado de ella. Sarmiento, por ejemplo. Pero Joaquina no era para nada inferior.
María Joaquina del Carmen de Alvear y Sáenz de la Quintanilla era la hija de un prócer: Carlos de Alvear. Y sobrina carnal del general José de San Martín.
Al menos esto era lo que decía. En un libro de comercio lleno de anotaciones y recortes periodísticos, Joaquina sostenía: “Soy sobrina carnal, por ser hijo natural de mi abuelo el señor don Diego de Alvear Ponce de León, habido en una indígena correntina, del general José de San Martín…”
De modo que el Libertador no era hijo del viejo capitán Juan de San Martín, sino de Diego de Alvear. Entonces Carlos de Alvear, su otro hijo, era su hermano carnal. Y Joaquina su sobrina.
Después de escribir esto, Joaquina fue internada en el Frenopático. Poco después, un juez la declaró demente e incapaz de administrar sus bienes. 

miércoles, 15 de noviembre de 2017

El rostro de los próceres

Martín Miguel de Güemes según Eduardo Schiaffino, 1902
Aquella cara pedía una medalla. Era “un guerrero alto, esbelto, cabellera negra, largos bucles y una barba rizada y brillante”. Así creía recordarlo Juana Manuela Gorriti. Ella misma lo admite: estaba embebecida. De modo que aquel recuerdo de la infancia era, cuanto menos, algo impreciso.  
Sin embargo, esa imagen embellecida convino a los que le buscaron una estampa a Martín Miguel de Güemes. Porque nunca se supo en verdad cómo era aquel héroe. En 1821, cuando la muerte se lo llevó de paseo, no había daguerrotipos. Y en la cañada de la Horqueta no había quien lo retratara. De modo que el guerrero de los largos bucles era, sobre todo, una fantasía de la niña Juana Manuela.
Pero la construcción de la Nación reclamaba panteones. Y un rostro, ese signo del ser de las personas. Entonces le inventaron una cara.
¿Cómo? En base al fenotipo de los Güemes. El sobrino nieto de don Martín era idéntico. Una gota de agua, mire. Al menos eso decían en la familia.
También decían que el primogénito era muy parecido; los mismos ojos. Y ni hablar de la mirada del segundo hijo; esa palidez tan distinguida. Así fue como el pintor compuso a don Martín con la barba del sobrino nieto, los ojos del primogénito y así. 
En 1965, el rompecabezas fue certificado como la imagen oficial. La operación simbólica había sido un éxito. Ahora Martín Miguel de Güemes tenía el rostro que necesitaba.

viernes, 20 de octubre de 2017

Imago nos: Los cocheros

Samuel Boote, Plaza de Mayo, Buenos Aires, circa 1885
Ahora está vacía. Son muy pocos los que circulan por allí. Son los
tiempos de la Organización Nacional, que más bien detesta el
bullicio de la plaza política.
Quién sabe qué conversan esos dos cocheros sobre el sendero. Uno de ellos apoya una mano sobre la palmera que, creáse o no, trajeron hace algún tiempito de Río de Janeiro. Veleidades de los hombres de la Generación del 80.
Todavía los llaman cocheros de plaza. Lo de Mateos vendrá recién en los años 20 a propósito de Mateo, el famélico caballo de tiro de la obra “Mateo” de Armando Discepolo.
Se las rebuscan, los cocheros. Las familias “bien” ya se ha mudado al norte, ahuyentadas por la fiebre amarilla. Pero el sesenta por ciento de los porteños vive en un radio de veinte cuadras de la Plaza de Mayo.  
Por eso los cocheros esperan, enamorados de la sombra exótica de las palmeras. Miran sin rencor a los tranvías a caballo de la Anglo Argentina que vienen por la calle Victoria (Hipólito Irigoyen, que ahora corre hacia el río). Los tramways están condenados a las vías metálicas, insobornables. Ellos, en cambio, andan a voluntad por las calles empedradas y estrechas. Les vendrían bien unas cuantas avenidas para apurar el trote, pero todavía falta para que se inaugure la primera (la avenida de Mayo, en 1894).
Parece mentira, pero dentro de unos años, en 1899, estos mansos cocheros harán una huelga furibunda porque la policía quiere identificarlos con una foto como si fueran delincuentes. ¡Retraten a los ladrones!, gritaban. Poco después, los siguieron los picapedreros, los graniteros, los marmoleros. La paridad peso-oro los había dejado patas para arriba.

lunes, 11 de septiembre de 2017

El hermano de Sarmiento

Estaban haciendo orden en la casa natal de Domingo Faustino Sarmiento. Entonces alguien encontró un papel amarilleado por el tiempo. La letra es tembleque; la ortografía, detestable.
"Nacio Lafrancisca paula el día 1 de Abril de 1803.
"Nacio La Bicenta Vienbenida de Jesus el día 7 de Noviembre de 1804.
"Nacio Manl Fernando de Jesus el dia 1 de junio de 1806.
"Nacio Honorio María el día 20 de Noviembre de 1808.
"Nacio Domingo fahustino el día 15 de febrero de 1811".
Parece que es una anotación de puño y letra de doña Paula. La mujer, cosa rara en aquel San Juan pueblerino, alguna vez supo leer y escribir, pero los años la hicieron una analfabeta funcional.
Los Sarmiento se casaron el 21 de diciembre de 1802. A los cuatro meses, nació la primogénita, algo prematura. Después vinieron catorce hijos, de los cuales sólo cinco llegaron a la edad adulta. Manuel murió a los tres años, antes de que naciera Domingo.
En cambio, Honorio Sarmiento nació dos años y tres meses antes de que naciera Domingo y murió cuando tenía siete años y medio.
De modo que Honorio y Domingo compartieron la primera infancia, esa época en la que se determina la capacidad de vincularse con los otros, en la que ocurre el sí mismo. En esos años los hermanos conocieron la madre nutricia y el padre que no lo era tanto. Es casi seguro que fueron juntos a la Escuela de la Patria que reemplazó a la Escuela del Rey.
Y, sin embargo, Sarmiento nunca dijo una palabra sobre su hermano, ni siquiera en ese monumento al Yo que es Recuerdos de provincia. Simplemente, nunca habló de Honorio.



Hace 191 años, en 1826, Domingo Faustino Sarmiento fundó una escuela en un ranchito de San Francisco del Monte de Oro, San Luis. Tenía quince años. Los siete alumnos eran mayores que el maestro, incluidos unos “niñitos” de veintiuno y veintitrés años.

lunes, 19 de junio de 2017

Celeste y blanca


A Manuel Belgrano, lo decía él mismo, lo 
hicieron coronel a la fuerza. En 1811, fue 
jefe del Regimiento de Patricios, cuyo 
uniforme era azul celeste y blanco.


Eran tiempos de grietas. Los federales se identificaban con el rojo punzó. Los unitarios tomaban el celeste para sí. En 1846, los federales redoblaron la apuesta: la bandera sería blanca y azul oscuro con un sol colorado en el centro y cuatro gorros frigios en los vértices.
Desde entonces se discutió hasta el cansancio de qué color era la bandera concebida por Manuel Belgrano. Hace poco los historiadores consultaron a los químicos: azul de ultramar, dictaminaron; éste era el color que originalmente tenía la bandera de seda donada a la escuela de San Francisco del Tucumán.
No había necesidad de tanta disquisición. Los veros colores estaban (están) en una cuadro de hace doscientos años.
Hacia 1815, Manuel Belgrano posó en Londres para François-Casimir Carbonnier, un discípulo de Jacques-Louis David, el pintor de Napoleón.
No era una imagen cualquiera, era una re-presentación. Carbonnier debe haber preguntado a su comitente qué cosa lo distinguía. La batalla de Salta, contestó seguramente Belgrano. Ahí, a su izquierda, está el combate; el general emplumado en su tordillo, los infantes que avanzan, los cañones exhaustos. Y la bandera a dos franjas. Celeste y blanca.
La fuente es innegable, es el propio Belgrano que instruyó a Carbonnier.
Cincuenta años después, Prilidiano Pueyrredon copió el retrato omitiendo, vaya uno a saber por qué el fondo. Esa imagen omitida se repitió hasta el hartazgo con lo que la discusión continuó sine die. La desmemoria le había ganado a la memoria. Suele suceder.