Por qué Historias con Lupa

Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.

Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.

lunes, 15 de junio de 2020

Güemes que no es Güemes


Miguel Martín de Güemes, Ernst Charton
En el original, Güemes estaba vestido de gaucho. Hasta que a alguien se le ocurrió quitarle esa "tosca" vestimenta y “ennoblecerlo” con el uniforme de húsares, que desde luego no era el suyo. 
Así lo canonizó la historia oficial. 
El rostro del montonero salteño era una referencia casi mítica. En su primera infancia, Juana Manuela Gorriti había quedado embelesada con aquella estampa. Así escribiría más tarde:

[Martín Miguel de Güemes] era un gran guerrero, alto, esbelto, de admirable postura. Una magnífica cabellera negra, de largos bucles y una barba rizada y brillante, cuadraban su bello rostro de perfil griego y expresión dulce y benigna. (…) Montaba con gracia infinita un fogoso caballo negro como el ébano, cuyas largas crines acariciaba distraídamente, mientras inclinado hacia su compañero, hablaba en actitud de abandono.
Güemes murió en la cañada de La Horqueta sin que ningún daguerrotipo, ningún retrato hubiera perpetuado aquellas facciones legendarias. Hasta que Charton llegó a Tucumán.
El francés Ernest Marc Jules Charton Thiessen de Treville había tenido que salir de escape de Santiago de Chile, donde estaba radicado. La razón era cierta niña de tiernos dieciséis años que había coqueteado con él sin acordarse de su anciano marido, un celoso caudillo chileno.
Charton de Treville era un aventurero de tela y pincel. Había estudiado, al menos eso decía, en la Academia de Bellas Artes de París. Aunque el sombrero requintado a lo Garibaldi denunciaba su afición por los duelos con maridos engañados y otros lances.
Más allá de esas trastadas, el hombre tenía una paleta escrupulosamente realista. Y se le daba bien pintar post mortem hombres ilustres, como Echeverría. Era, pues, el candidato ideal para retratar a Güemes.
La cuestión era cómo hacer un retrato de un rostro fantasmático. La respuesta estaba entre sus descendientes.
Los Güemes aseguraban que el primogénito del guerrillero gaucho, Martín del Milagro Güemes Puch, era igualito. Pero el sobrino nieto, Carlos Murúa Figueroa, era una gota de agua. Cabellera negra, bucles negros, barba rizada.
Los parientes juraban que Carlos era la viva estampa de su tío abuelo. Para ellos no había dudas: el rostro de referencia se repetía saltando una generación, como a menudo se saltan los mandatos.
En verdad, no sabemos si se parecía tanto a Güemes. No pocas veces, la semejanza es una voluntad, un deseo de encontrar similitudes con el prestigioso rostro que la familia ha elegido como referencia. 
Como fuere, Charton de Treville repitió el perfil del sobrino nieto con una pizca del primogénito. Y, abracadabra, Martín Miguel de Güemes tuvo el rostro que la historia necesitaba. Eso sí, un poco más viejo porque el montonero tenía treinta y seis años al morir y Carlos andaba ya por los cincuenta.

Fragmento de Los hijos de los próceres, Ricardo Lesser, de próxima aparición