Por qué Historias con Lupa

Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.

Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.

viernes, 8 de marzo de 2019

Mujeres que hicieron historia

Ellas en la historia, Ricardo Lesser (Planeta, 2018)
El Ateneo, 6 de marzo de 2019
María de los Dolores levantó su deseo con tambor y bandera. Guadalupe era una tigra. Alicia nunca le dio tregua a los señores de chaleco y reloj en el bolsillo. Alfonsina parió soberbiamente a solas. Carolina iba a las fábricas como quien va a un campo de batalla.
Hay más, muchas más. Sin nombre. Silenciosas, bravas, cotidianas. Hicieron la historia de este país.

jueves, 28 de febrero de 2019

El carnaval de los chicos


De pibe no me gustaba Billiken porque la pedían en la escuela. Nada que ver con Rayo Rojo donde aparecían el Sargento Kirk y El Corto. La traía el canillita de Independencia y Pozos. Como era tuerto se encasquetaba hasta los ojos la gorra enmugrecida por las tantas madrugadas.
Sólo una vez Billiken me interesó. Fue cuando vi los disfraces que promovía Lamota. Conocía la antigua tienda por un slogan que pasaban por la radio: ¡Casa Lamota, donde se viste Carlota! La frase era estúpida pero pegadiza.
El anuncio era fascinante. Los varones se podían disfrazar de granadero o de cadete del Colegio Militar (hay que pensar que era la década de 1950). O de andaluz (el cantante Miguel de Molina era popularísimo). Las nenas podían ser “pastoras”, un disfraz carísimo que imitaba locamente a María Antonieta.
Para mí, carnaval olía al agua perfumada de los pomos y, ya más grande, a los descomedidos bombazos que nos propinábamos los chicos del barrio. Era también el terciopelo del traje de gallo con el que, siendo muy chiquito, me había disfrazado mi madre. Vaya uno a saber cuál fue la fantasía de aquella chiquilina (ella era muy joven entonces).
Sucede que, en aquella época, eran los padres lo que disfrazaban a los chicos. Y lo hacían tomando lo que había en el mercado. Los cadetes y las marías antonietas de la casa Lamota. Los gauchitos y las paisanitas que ofrecían otras tiendas.
Los disfraces infantiles del mercado respondían a los arquetipos que reflejaban los valores de la sociedad. Hoy los chicos piden Batman, el Hombre Araña o Rapunzel. Princesas y superhéroes irreales.


Más allá de las épocas, 
más allá de los 
sucesivos imaginarios sociales, 
los chicos juegan al mundo. 
Y se disfrazan. Se ponen la 
ropa de Otro para probar.
Hace poco, 
Alma le dijo a su mamá: 
Mamá, soy Rapunzel.