Por qué Historias con Lupa

Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.

Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Personajes. Ramón Bernabé Estomba

Imagen falsa de Ramón Bernabé Estomba, 
Juan Fonrouge, 1928

No tiene rostro. El coronel Ramón Bernabé Estomba, que peleó con Belgrano, Bolívar y Lavalle, no tiene un rostro para la memoria. Y, cuando lo tuvo, fue falso.
En 1928, alguien contrató al retratista Juan Fonrouge para que le diera un rostro fidedigno no tenía ni siquiera un mal retrato. Le dieron mil pesos de los cinco mil prometidos y el artista salió a la búsqueda de una cara. Volvió con una gran noticia: la sobrina nieta tenía una miniatura del prócer. La posteridad conocería por fin el rostro de Estomba.
El cuadro fue puesto en un salón municipal y cubierto con un lienzo a la espera de la inauguración oficial. Hasta que se publicó una foto de la obra. Un comedido de esos que nunca faltan afirmó que en París había un retrato idéntico: el de Édouard Adolphe Casimir Jospeh Mortimer, mariscal de Francia al que Napoleón concedió el título de duque de Trévise. Fonrouge había hecho una copia casi exacta no sólo del cuerpo del mariscal, sino incluso del cañón, que había hecho lo suyo en las estepas rusas y no en los Andes.
El lienzo nunca fue retirado, Fonrouge no cobró los cuatro mil pesos que le debían y Estomba se quedó sin sus rasgos para siempre. Pero no fue lo peor que le pasó.
Ramón Bernabé Estomba, primo hermano de Bartolomé Mitre, vivió 17 años de sable y caballo. Hizo la campaña del Alto Perú con Balcarce, que inventó la caballería criolla. Estuvo con Belgrano en Las Piedras, Tucumán, Salta y la desafortunada Vicapulgio. En Ayohuma, una bala aviesa le destrozó la rodilla. Fue a dar con sus huesos en el siniestro presidio de Casas Matas, en el Callao limeño.
El insigne Mariano Felipe Paz Soldán produjo un informe sobre aquella cárcel. El documento es de varios años después, pero las condiciones no eran demasiado distintas cuando Ramón estuvo allí.
En el presidio, “las necesidades naturales se satisfacen en barriles colocados al fondo de cada salón. A los 30 pasos de distancia es intolerable la fetidez de los barriles, cuyas sobras forman un fango asqueroso”.
“Las conversaciones mas obscenas, los juegos mas inmorales y otros pasatiempos aun mas nefandos son escenas de todos los días y todas las horas. ¿Qué decir de la noche? No hai luz: los presos duermen en monton: no tienen camas. Tampoco es preciso comentar…”
Estomba estuvo en Casas Matas un tiempo que siempre quiso olvidar. Algo trastornado, estuvo al mando del regimiento de caballería de línea que guarnecía el fuerte Independencia, en Tandil. De allí salió para fundar la Fortaleza Protectora (por San Martín, Protector del Perú) Argentina, que crecería hasta ser Bahía Blanca. Fue su último gesto racional.
Cuando se pasó a las huestes de Juan Galo de Lavalle, empezó a desvariar. Daba órdenes de marcha y contramarcha sin ton ni son. Las nimiedades de la tropa lo ponían furioso. La sífilis, que se le había metido dentro quién sabe en qué ocasión, le estaba devorando el seso.
La demencia fue arrasadora. El colmo fue cuando puso un cartel que decía: “Desde ahora para siempre y hasta la muerte y más allá de la muerte, dejo el insignificante nombre de Ramón y me llamaré Demóstenes Estomba”. El desgraciado que no tendría rostro para la posteridad, renunciaba a su nombre porque nada significaba para él.