Por qué Historias con Lupa
Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.
Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.
viernes, 29 de abril de 2016
Imago nos: Cabildo y Juramento
El del delantal blanco que le cubre desde la cintura hasta los pies (a la izquierda de la imagen, al costado de los adoquines amontonados) debe ser el empleado de El Baratillo de Belgrano, quizá los otros sean clientes. “Baratillo”, dice la Real Academia, es “un lugar donde se venden y cambian artículos a bajo precio, especialmente robados". Prejuicios de los señores académicos.
Si uno le pone la lupa a la imagen, puede ver ropa colgada, probablemente usada, en oferta. Es para el pobrerío que vive unas cuadras abajo, poco más allá del terraplén del ferrocarril Mitre, con el río lamiéndoles los pies.
Delante de la panadería Belgrano, la de los toldos blancos, no hay más que unos purretes. Más o menos en ese mismo lugar, actualmente existe otra panadería que vende unas estupendas ensaimadas, unos bollos de pasta hojaldrada en forma de espiral, que se ven poco en la city posmoderna.
Por ahí pasaba el tranguasito (diminutivo de “tramway” castellanizado), un tranvía tirado por caballos con su mayoral y su guarda, que iba y venía desde la estación Belgrano hasta Juramento y Vidal. Siempre llegaba justo para una grapa en El Gallo, un almacén con despacho de bebidas. En la esquina paraba la diligencia de Juan Callaba, que llegaba puntualmente de Plaza de Mayo. El hombre, sin saber qué cosa era un teodolito, ni nada por el estilo, había trazado sin equivocarse las calles de Belgrano.
Y había llamado a su diligencia con el poético nombre de La Golondrina. El mismo que había elegido Flaubert para nombrar a la diligencia de Yonkville, el pueblo en el que vivía madame de Bovary. Coincidencias de la historia.
Ubicación: Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires, CABA, Argentina
viernes, 8 de abril de 2016
Elegía de los portones
Cuando volvió de Europa, en 1921, los portones ya no estaban. Ahora se podía entrar de noche por la vieja avenida de las Palmeras
(ahora avenida Sarmiento) hasta los lagos. De chico había vivido muy cerca de allí,
en Serrano al 2100. En la esquina con Guatemala, cuando pasaba el organito, los
hombres bailaban tango entre sí porque las mujeres no querían bailarlo. Había
más huecos que casas y las veredas eran caminar por lo desparejo.
“Vamos a los portones”, decían las chinitas y se venían con
sus hombres de trajes lustrosos en los tranvías Lacroze. Todavía había
vestigios de la pulpería del Sol, en el suburbio de Thames y Santa Fe, donde la
soldadesca de Rosas hacía bromas crueles. Un poco más allá, hacia las vías del
ferrocarril, estaba lo de Hansen y los lupanares quiméricos.
Al llover, el agua corría turbulenta por Santa Fe en busca
del arroyo Maldonado, que todavía no estaba entubado. El agua era tanta, dice
el diario de los Mitre, que en 1903 el patrón de una lancha pescó una ballena
de treinta metros en la desembocadura del río de la Plata. Se la llevó a
Berazategui, vaya a saber uno para qué.
Poco quedaba de Villa Alvear, que ahora llaman Palermo
Viejo. Esas ausencias le hicieron comprender que su ciudad, que había creído su
pasado, era en realidad su presente, su futuro. Que aquellos años en Europa
habían sido ilusorios, que no se había podido ir de Buenos Aires.
Entonces escribió: “Ésta es una elegía de los rectos
portones que alargaban su sombra en la plaza de tierra. Ésta es una elegía que
se acuerda de un largo resplandor agachado que los atardeceres daban a los
baldíos. Ésta es una elegía de un Palermo trazado con vaivén de recuerdo y que
se va en la muerte chica de los olvidos”.
Jorge Luis Borges fundaba la Buenos Aires mítica.El mojón que anunciaba aquel viaje interminable eran los Portones de Palermo.
Jorge Luis Borges fundaba la Buenos Aires mítica.El mojón que anunciaba aquel viaje interminable eran los Portones de Palermo.
Ubicación: Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires, CABA, Argentina
viernes, 25 de marzo de 2016
Imago nos. Antes del Obelisco
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| Plaza de la República, Buenos Aires, 1936 |
El tranvía
circula justo donde poco después, el 23 de mayo de 1936, se elevaría el Obelisco, ese bodrio en perspectiva, al decir de los críticos de entonces, que nunca faltan.
El paisaje está dominado por una publicidad de los celebérrimos jabones Le Sancy.
El paisaje está dominado por una publicidad de los celebérrimos jabones Le Sancy.
Debajo, la tienda “A la ciudad de Londres”, que había sido una de las tiendas más elegantes de Buenos Aires pero que ahora anunciaba saldos de batones. En la fachada, un cartel: “Liquidamos totalmente. Cierre definitivo por ensanche Corrientes”. Enfrente, el “Trust Joyero Relojero”. Ahí se podía comprar cristales de Bohemia, joyas de París y también unos despertadores baratísimos.
Despreocupadamente, una mujer y un hombre cruzan la calle Cerrito.
Ubicación: Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires, CABA, Argentina
martes, 16 de febrero de 2016
La lupa de la ficción
Era tuerto. De vez en cuando
le caían pequeñísimas lágrimas involuntarias de su único ojo. Algunas se
demoraban sobre la piel agrietada como
se agrieta la tierra cuando hay sequía. El viejo no se daba cuenta. De vez en
cuando, se tocaba el parche que le cubría la falta del otro ojo.Le decían el Tuerto, el Tuerto Arcadio Talavera.
A las tardes lo sacaban a la
vereda. Una criada le traía la poltrona de quebracho con asiento de suela y un
brasero de cobre con brasas. Tomaba un cigarro de chala del
bolsillo y con un ascua encendía el tabaco pese a que la mano le temblaba de
puro viejo. A veces lo acompañaba su esposa, doña María Jesús, pero ella usaba
una pinza de oro para sostener el cigarro de modo de no mancharse los dedos.
No era raro que Arcadio se
quedara dormido en su poltrona. O quizá no, quizá cerraba el párpado de su ojo
para recordar tiempos idos. Aquella época de las noches alumbradas con faroles
de hierro y papel... y aquella levita. La levita
de paño azul que había sido de su padre cuando joven y que le arregló el mulato
Lorenzo Villafañe, el sastre, para concurrir al baile de celebración de la
declaración de la independencia. Arcadio era un mocito de catorce años, todavía
no había perdido el ojo de modo que veía el mundo entero, a izquierda y a
derecha.
Se acordaba como si fuera
ahora. Era miércoles; estaba seguro porque los miércoles iba la maestra de
piano de su hermana Sabina, una morocha de la que estaba enamorado perdidamente
pese a que era seis años mayor.
Era el primer baile al que
concurría Arcadio. Dormitando que sí, que no en su poltrona, evocaba un
remolino de faldas femeninas y faldones de uniformes y casacas, manchas que
pasaban velozmente y retazos de conversaciones, requiebros y murmuraciones de las matronas que cuidaban a sus hijas sentadas en sillas
alineadas contra la pared.
A veces los vecinos lo
despertaban de su ensueño:
-Buenas y santas, don Talavera.
El viejo levantaba apenas la
mano a modo de saludo y se arrebujaba en su abrigo. No quería que lo apartaran
de su soñera de charreteras doradas y polleras al vuelo.
En
su sopor, el viejo veía pasar las historias de quienes concurrieron a aquel
baile del 10 de julio del año VI de la
Revolución. Eran las historias,
acaso adornadas un poco por la imaginación y otro poco desleídas por el tiempo,
de los héroes de Tucumán y de Salta, los derrotados heroicos de
Vilcapugio y Ayohuma. Y las niñas, ¡ah, las niñas!
Adaptación de la introducción de Aquel
baile del 10 de julio de 1816, Ricardo Lesser.
Ediciones SM, Buenos Aires, 2016
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