Razones tenía. Después de los azares de lo que se dio en llamar la “experiencia feliz” de su presidencia, tuvo que tomarse las de Villadiego. Siete años más tarde, llevado por la nostalgia, tomó un barco hacia Buenos Aires pero (no se iban con chiquitas en esa época) Viamonte le prohibió desembarcar. Se fue a Uruguay. Allí lo asediaron a tal punto que optó por volver a Europa.
Se explica por qué no quería regresar a Buenos Aires y menos a Montevideo.
Pero lo repatriaron, nomás. Mitre necesitaba un unitario en su panteón. Lo trajeron y lo nombraron "el más grande hombre civil de los argentinos".
Rivadavia no fue el único que no quiso que lo sepultaran en Buenos Aires.
Juan Bautista Alberdi se compró una parcela en el cementerio parisino Père-Lachaise con su lápida y su busto para no ir a parar a la Recoleta. Lo repatriaron en 1889.
Y en su testamento, Manuelita Rosas fue clara: "En cuanto a trasladar los restos de mi tan amado padre a Buenos Aires eso jamás tendrá lugar... Sus cenizas reposan muy bien colocadas en el sepulcro y hermoso monumento que el cariño de su hija le hizo erigir en el cementerio de Southampton".
Maldita la gracia que le habría causado a Juan Manuel de Rosas que lo repatriara Carlos Saúl Menem en nombre de la “unidad nacional”
Repatriar a Rivadavia, Alberdi, Rosas. Tres modos de reescribir la historia. Con ellos, pese a ellos.






