Por qué Historias con Lupa

Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.

Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Pese a ellos



Bernardino Rivadavia murió el 2 de septiembre de 1845 seguro de que su cuerpo no iba a volver a su ciudad natal. Tres años antes, le había encomendado a su albacea que mi «cuerpo no volviese jamás a Buenos Aires y menos a Montevideo». 

Razones tenía. Después de los azares de lo que se dio en llamar la “experiencia feliz” de su presidencia, tuvo que tomarse las de Villadiego. Siete años más tarde, llevado por la nostalgia, tomó un barco hacia Buenos Aires pero (no se iban con chiquitas en esa época) Viamonte le prohibió desembarcar. Se fue a Uruguay. Allí lo asediaron a tal punto que optó por volver a Europa.

Se explica por qué no quería regresar a Buenos Aires y menos a Montevideo.

Pero lo repatriaron, nomás. Mitre necesitaba un unitario en su panteón. Lo trajeron y lo nombraron "el más grande hombre civil de los argentinos". 

Rivadavia no fue el único que no quiso que lo sepultaran en Buenos Aires.

Juan Bautista Alberdi se compró una parcela en el cementerio parisino Père-Lachaise con su lápida y su busto para no ir a parar a la Recoleta. Lo repatriaron en 1889.

Y en su testamento, Manuelita Rosas fue clara: "En cuanto a trasladar los restos de mi tan amado padre a Buenos Aires eso jamás tendrá lugar... Sus cenizas reposan muy bien colocadas en el sepulcro y hermoso monumento que el cariño de su hija le hizo erigir en el cementerio de Southampton". 

Maldita la gracia que le habría causado a Juan Manuel de Rosas que lo repatriara Carlos Saúl Menem en nombre de la “unidad nacional”

Repatriar a Rivadavia, Alberdi, Rosas. Tres modos de reescribir la historia. Con ellos, pese a ellos.


lunes, 3 de agosto de 2026

La nieta militante de Juan Manuel de Rosas


Encarcelada, hizo una huelga de hambre que conmocionó al gobierno inglés. Así lo acredita la medalla (la spilla Holloway) que luce en el pecho y que le fuera entregada por la británica WSPU (Unión Social y Política de Mujeres) como un reconocimiento.

A los 27 años, Jane Beddall (Finchingfield, Essex, 1858- 1944, Hampsted, Reino Unido) se casó con Manuel Terrero, hijo de Manuelita Rosas y nieto del general Juan Manuel de Rosas. Su esposo era miembro de la Liga Masculina por el Sufragio Femenino.

Fue una de las doscientas mujeres arrestadas en la primavera de 1912. Se la mandó a la prisión de Holoway, en el norte de Londres, la cárcel de mujeres más grande de Occidente.  

Allí, Jane llevó a cabo dos huelgas de hambre. Al salir, declaró: “Para aquellos que pretenden ser activamente militantes, quiero decirles esto; no puedes imaginar lo fuerte que te sientes en la cárcel. El gobierno puede quitarle la libertad y encerrarlo, pero no puede aprisionar su espíritu. Lo único que realmente teme el Gobierno es la huelga de hambre. No le temen por nuestro dolor y sufrimiento, sino porque daña a sus mayorías. Qué fuerte nos hizo sentir esa arma”.

domingo, 18 de enero de 2026

El día en que Borges se suicidó

“El otro J. L. B. (el otro y verdadero Borges, el que me justifica de un modo suficiente pero secreto) cumplió esa tarde (acaso por primera vez) con sus obligaciones de auxiliar segundo (doscientos diez pesos al mes; con los descuentos, ciento noventa y nueve) en cierta biblioteca ilegible del hinterland de Boedo, adquirió un revólver en una de las armerías de la calle E. Ríos, adquirió una novela ya leída (Ellery Queen: The Egyptian Cross Mystery) en Constitución, sacó un pasaje de ida a Adrogué -Mármol-Turdera, fue al hotel La  Delicia , consumió y dejó impagas dos o tres cañas fuertes y se descargó un balazo definitivo en una de las piezas altas. Dejó este poema evidentemente bosquejado en la biblioteca (así lo demuestra el membrete que textualmente copio".

No parece ficción. Este manuscrito fue encontrado en un cuaderno de hojas cuadriculadas y tapas negras. Borges lo habría escrito en 1940. Era un bibliotecario desangelado y, se dice, estaba enamorado sin esperanzas de Haydée Lange.
 

jueves, 25 de diciembre de 2025

Fóbal, el de antes


¡El Negro Seoane gambetea al back! ¡Le sale el arquero brasileño! ¡Lo gambetea!... ¡¡¡Goool!!

¡¡Argentina campeona del Sudamericano!!

Hace cien años, un 25 de diciembre de 1925, la selección argentina empataba con la del Brasil y, de ese modo, obtenía la corona sudamericana ante la inusitada multitud de 18.000 personas.

El partido se jugó con la pelota reglamentaria, una esfera de gajos de cuero con tiento (cordón de cuero con el que se la cerraba por fuera). Cabecear era sólo para héroes.

Manuel el Negro Seoane era un buen cabeceador, vaya a saber cómo. Insider (hoy wing) izquierdo, algo gordito, apilaba rivales que era un contento. Se jubiló como clasificador de lanas en la Campomar.

El entrenador de la Selección era su arquero, el gran Américo Tesoriere.  

Él, justamente, dio lugar a una batahola que se armó con un artero patadón del brasileño Arthur Friendenreich, un mulato de ojos azules que jugaba como los dioses. Las piñas volaban de aquí para allá. Pasada casi media hora de golpes y empujones, el árbitro prosiguió el juego. Sin expulsados.

martes, 11 de noviembre de 2025

Oneself

El primer retrato fotográfico fue… una selfie.

No está claro quién fue el primero en hacer mecánicamente la vista de un rostro humano. 

Los estadounidenses dicen que fue el neoyorquino John William Draper, quien tomó como modelo a su hermana y lo guardó amorosamente en un portarretratos. Los franceses sostienen que fue el val-d'oisiano Louis-Jacques-Mandé Daguerre porque, al fotografiar el muy parisino Boulevard du Temple, casi sin darse cuenta retrató a un lustrabotas y su cliente.

Como fuere, lo notable es que el gobierno galo le compró a Daguerre su invento para que todo los ciudadanos del mundo tuvieran acceso a esa maravilla. La grandeur de la France!

Como fuere, parece que el primero en tomar una foto a una persona fue el filadelfiano Robert Cornelius, que se fotografió a sí mismo en 1839. 

De modo que el primer retrato fotográfico fue una selfie.

viernes, 7 de noviembre de 2025

Objetos: El botijo

Hay algo de místico en esta mirada. Las ventanas custodian los barcos amarrados que quieren ríos. En los cristales, La Boca, el barrio donde parece haberse derramado una paleta de colores.

Es el estudio de Fortunato la Cámera (1887/1951). Pinta esas habitaciones una y otra vez. Como si le obsesionara el modo en que la media luz cae sobre el objeto, alterándolo (ver https://imagenesdelcuerpo.blogspot.com/).

De hecho, ha pintado decenas de veces este adentro-afuera, este interior-exterior de su balcón sobre el puerto. Pero en esta ocasión, cosa rara, ha incluido en primer plano un botijo de barro.

En un barrio inmigrante, no es nada extraña la presencia de un botijo (un cántaro de barro poroso con un asa y dos bocas: una para llenarlo de líquido y otra para beber) que no sólo sirve para contener agua sino también refrigerarla. No lo es porque fueron los inmigrantes los que trajeron estas vasijas a fines del siglo XIX.

El arqueólogo Daniel Schávelzon explica que la vasija es, de hecho, un intercambiador de calor entre la temperatura interna y externa que aprovecha la sequedad del medio ambiente y la alta temperatura. Se lo llena de agua, se lo dejar reposar y en unas siete horas reduce la temperatura del líquido que contiene a unos quince grados.  

Una antigua y brillante tecnología del Mediterráneo. Que la humedad de Buenos Aires terminó arruinando.   

lunes, 25 de agosto de 2025

El espejo de la esquina


Nadie sabe dónde está la esquina rosada del cuento. Borges, ambiguo, la situó en Villa Rita. O en el cruce de Gauna y el arroyo Maldonado. O allá por Flores. Todavía la siguen buscando.
Un dato para los perseguidores de ilusiones: tal vez la esquina rosada no tenía ochava.
Es lo más probable. Durante mucho tiempo las esquinas en escuadra dieron lugar a encuentros sorpresivos, a menudo indeseados.
Sarmiento, que detestaba ese Buenos Aires colonial, dijo alguna vez: “Rivadavia mandó ochavar las esquinas a fin de facilitar la vuelta de los carruajes en calles harto estrechas. Y en este país libre, gobernado por leyes, se han necesitado cincuenta y dos años para obedecer la ordenanza ya que, en 1879, hay sólo cuarenta esquinas ochavadas”.
Como se ve en la imagen, aún en 1939 hubo que poner un espejo en la esquina de San José y Alsina para que los transeúntes desprevenidos no tropezaran entre ellos.

jueves, 6 de febrero de 2025

Tú me quieres blanca


Tul sobre la cara. Sombrilla coqueta. Y sombrero, desde luego. 

Guantes, como corresponde a las señoritas decentes. Que ni un rayo de sol toque la piel.

Las damas de la Belle Époque criolla estaban encantadas con Mar del Plata, una mala copia de la ciudad balneario de Biarritz.

Flirteaban a gusto en la Rambla de madera de la Bristol. Lo malo era el sol.

“Una se descuida y ya parece una sirvienta”, murmuraban entre ellas, horrorizadas con la sola idea del bronceado.

¿La blancura del cutis era solo un criterio estético? No. Era una cuestión de clase. Una forma de distinción social.

En 1900 y pico, detestan el bronceado. No era de señoras bien. Se tuestan las lavanderas, las criadas que trabajan al aire libre. La blancura significa que una nunca había hecho trabajo manual alguno. Entonces tul, guantes, sombrilla…

A poco, la blancura que distinguía a la clase ociosa se convirtió en un valor moral.

Tú me quieres alba, me quieres de espuma, decía Alfonsina Storni.

 

domingo, 8 de septiembre de 2024

El padre del malbec




Está bien, fue el que instituyó la “tradición educativa”, como dice Natalio Botana. Pero, más allá de ditirambos y vituperiose de esta nunca acabada batalla cultural, Sarmiento fue sobre todo un hacedor. Pensaba ideas, las hacía políticas, los concretaba en la realidad.

En 1853, por caso, Sarmiento ideó la Quinta Normal de Mendoza, una escuela de agronomía a imagen y semejanza de la que había impulsado en Santiago de Chile.

Así fue como el agrónomo francés Michel Aimé Pouget recaló en San Juan. No vino solo. Llegó con plantas que había traído de Francia. “No eran flores, ni mosquetittas”, al decir sarmientino. Eran esquejes y semillas que incluían cepas como Cabernet Sauvignon, Pinot Noir. Y la desconocida Malbec.

Ocurrió lo de siempre. “Se levantó la opinión pública en masa contra el atentado –recordaba Sarmiento-. Tenía muchos amigos en Mendoza, amigos de partido que me estimaban mucho y sin embargo, ellos, los urquicistas, los partidarios de Buenos Aires y los provincialistas, todos unidos, estuvieron en contra de la quinta normal diciendo que era un establecimiento de lujo, un absurdo, etcétera”.

Aquellos vientos no impidieron que el agrónomo tomara una cuadra de terreno en el declive de un cerro e introdujera ciento treinta variedades europeas de vides. Enseñó cosas concretas: como orientar los emparrados de acuerdo al sol, qué uvas elegir en función de su sensibilidad a las plagas y a las enfermedades, cómo podar.

Con el tiempo, la diseminación de esos conocimientos transformó ese desierto que era Mendoza. Y, en estos años, el malbec se convirtió en la nave insignia de la vitivinicultura argentina en el mercado mundial.

Se lo debemos a Domingo Faustino Sarmiento, Un hacedor. Un hombre de la cultura no entendida como “flores y mosquetitas”, sino como un saber para hacer.

martes, 2 de abril de 2024

La Heroína

El desembarco en Malvinas fue, quizá, el último el episodio de la Guerra por la Independencia. Hasta entonces, las batallas navales se habían librado en el Río de la Plata. Esta vez fue en el estratégico Atlántico Sur.
Corsarios y piratas en el Río de la Plata, un libro de cuentos históricos de Ricardo Lesser, editorial Quipu, 2024, narra cómo, el 6 de noviembre de 1820, el corsario David Jewett iza la bandera de las Provincias Unidas en aquel manto de neblinas:
“En esos días, David Jewett fue nombrado capitán de una fragata corsaria a la que bautizaron Heroína sencillamente porque no podían llamarla Javiera.
A los corsarios les esperaban siete mares de aventuras. Pero durante las primeras jornadas de la travesía el capitán permaneció en su camarote, pensativo, acariciando el lomo desnudo de una perra azulenca (pelada, como los perros chimú del Perú), Manquita (había perdido una mano, quién sabe cuándo), que había quedado a su cuidado.
El capitán corsario puso proa a los mares del sur. Finalmente, la Heroína llegó a la bahía, donde no había más que las ruinas de lo que había sido el puerto español de la Soledad, en las Islas Malvinas.
No era posible entrar al puerto, de modo que anclaron en la bahía. David mandó bajar un chinchorro, un pequeño bote que era el único que estaba en condiciones, y con una pequeña escolta, incluyendo a Manquita de la que nunca se separaba, se dirigió a tierra.
Una multitud de pingüinos y focas miraba con curiosidad a esos marineros flacos y desarrapados. También los observaban las tripulaciones de unas cincuenta naves que cazaban ballenas y lobos.
Cuando el chinchorro estaba a punto de llegar a la playa, un enorme lobo marino les lanzó un bramido de desafío mostrando los colmillos. Debía pesar más de trescientos kilos. Tal vez sentía que estaban por pisar su territorio y no estaba dispuesto a tolerar ese insulto.
Los marineros dejaron de remar, temían que la bestia volteara el frágil chinchorro. El lobo marino avanzó amenazadoramente.
Justo en ese momento se oyeron unos ladridos no menos desafiantes. Era Manquita. Sin que David atinara a detenerla, se echó al agua helada y nadó resueltamente hacia el lobo marino con una facilidad pasmosa si se piensa que tenía una sola mano".
Más por desconcierto que por temor, el lobo marino se tomó las de Villadiego. Los marineros, aliviados, vitorearon a la perrita que fue la primera en desembarcar en la Soledad.
La historia dice que el 6 de noviembre de 1820, el corsario David Jewett tomó posesión formal de las islas Malvinas en nombre de las Provincias Unidas izando la bandera en un mástil improvisado.
Lo que la historia no dice es que allí también estaba Manquita, aquella heroína de las tres patas y ni un solo pelo”.

miércoles, 17 de mayo de 2023

La tierra medida

Al principio, los llamaron Pilotos, Cosmógrafos, Mensuradores, Geómetras, Medidores de Tierras, Topógrafos. Practicaban el arte de medir la tierra y establecer límites.

Después, la práctica se convirtió en una disciplina. Era una necesidad provocada por el aumento del valor económico de la tierra o, si se quiere, el requerimiento de una disciplina del nuevo modo de la acumulación capitalista en los años posrevolucionarios.

En 1824, ya había una comisión para “crear un método de mensurar tierras y establecimiento de reglas precisas para proceder a amojonamiento y demarcación de tierras”. Era la antesala de la profesión de Agrimensores, que serían reconocidos por la flamante UBA rivadaviana.

El Estado hizo mucho por ellos. En 1826, Bernardino Rivadavia creó la enfiteusis, la cesión de tierras públicas a cambio de un pago anual irrisorio.  Y, en 1830, Juan Manuel de Rosas lanzó su Campaña al Desierto.

Había que delimitar los campos concesionados a los amigos. Y amojonar las leguas que se sumaban a la frontera agropecuaria. Los agrimensores estaban de parabienes.

Al menos lo estaba el fabuloso Ambroise Cramer, el francés que dejó a Napoleón para pelear con San Martín y terminó muriendo tristemente a orillas de la laguna de Chascomús. Y también Felipe de Senillosa, el español que construyó un vasto imperio más allá del Salado, detrás del cual habían vivido los indios. Ambos habían sido topógrafos de las huestes napoleónicas. Y bien habrían podido decir que la agrimensura les había permitido conocer al dedillo las tierras pampeanas de las que se apropiarían.

Mariano Moreno (hijo) conoció muy bien a Senillosa en la UBA. Consiguió allí su título de agrimensor, pero no tuvo las oportunidades del español que se apropió vorazmente de la extensión de la frontera. Al contrario, el rosismo siempre se le mostró adverso. Lo cesantearon de su empleo en la Biblioteca y, más tarde, lo metieron preso. Mensuró algunas tierras, pero ninguna para sí.

viernes, 2 de diciembre de 2022

¡Campeones!


El partido estuvo detenido quince minutos antes del pitazo final. El 10 de Holanda tenía un yeso en la muñeca. Los argentinos adujeron que era antirreglamentario y pidieron su exclusión. Los holandeses amenazaron con retirar el equipo si eso ocurría. El reglamento no preveía nada parecido.

Así empezó la final del mundial de 1978.

Las normas, claro está, son fundamentales en el fútbol. De hecho, definen las condiciones de las estrategias de los directores técnicos.

Por ejemplo, en 1978 estaba permitido que los arqueros tomaran la pelota con las manos cuando se la pasaba algún compañero. Esto facilitaba hacer tiempo si uno estaba ganando.

En aquella final, los jugadores hicieron más de un foul desde atrás. Hoy, ese recurso extremo sería sancionado, por lo menos, con una amarilla, sino con la expulsión. En todo caso, hacía apenas dos años que se habían instituido las tarjetas.

Los equipos hicieron sólo dos cambios. Es que, por entonces, no se permitía la sustitución de hasta cinco jugadores, como en la actualidad. Obviamente, el reemplazo de casi la mitad de los equipos es un factor crucial.

Y, sobre todo, hace 44 años no existía el Video Assistant Referee, el bendito VAR, que  parece estar desnaturalizando el fútbol internacional.

De todos modos, hay algo que no cambia. La pasión por el fútbol sigue siendo –como dijo alguna vez Juan José Sebreli- producto de la decadencia o la frustración de la organización política y sindical de las masas populares.

Pero, de vez en cuando, alguien se retoba. En 1978, Jorge Carrascosa (el capitán del equipo hasta allí) prefirió renunciar a la selección. No quería jugar a unas cuadras del  mayor centro clandestino de la dictadura.

viernes, 17 de junio de 2022

Al abordaje... a caballo

Alguna vez, hace más de doscientos años, ondeó en el mástil más alto de un bergantín inglés, el Justina. Ahora está allí, bajo un cristal, en la oscuridad húmeda del Convento de Santo Domingo. Es la bandera, o lo que queda de ella, de la nave de la Royal Marine que los criollos tomaron en las invasiones inglesas. Lo curioso es que lo hicieron a caballo.


A caballo entraron al río que, traicionero, bajó de repente y encalló el buque sin remedio. Un cañonazo afortunado se había llevado el palo mayor. Los británicos estaban a la merced de los inmisericordes bancos de arena.

Y se vieron venir encima una horda de gauchos desaforados. Los criollos pegaban unos gritos que helaban la sangre. Los caballos chapoteaban el agua blanda. Los conducía un cadete. Un veinteañero hecho a las espinas de los montes salteños. Era Martín Miguel de Güemes, sobre cuya infancia indagamos en un libro que aparecerá en 2023: Güemes y su caballo.

El río ya no está. El sitio donde ocurrió la hazaña de Martín y sus criollos yace bajo la tierra del progreso. Actualmente se levanta allí lo que seguimos llamando la Torre de los Ingleses. Vaya ironía, ¿no?

miércoles, 2 de marzo de 2022

Los hijos de los próceres

¿Qué pasó con el mandato de los padres fundadores a sus propios hijos? 

Si uno quiere resolver qué hizo Angela Castelli o Pedro Castelli con el legado de su padre tropieza con un escollo. Antes, necesita comprender el sistema nervioso por el que se transmitió ese mandato. En las Provincias Unidas, la médula de ese sistema se llamó patriarcado.

En Ellas en la historia. Mujeres que hicieron el país (Planeta, 2018) se describe cómo funcionaba aquella sociedad armada como una red de relaciones de parentesco y compadrazgo que se anudaban en clanes.

Esa sociedad era cerradamente patriarcal. Las relaciones familiares eran directamente relaciones políticas de dominación masculina, que nacían en una cierta división sexual del trabajo

En el capítulo Madres maternales, usamos una lente de aproximación microsocial para examinar de cerca esa división. Nos metemos en un dormitorio en el que está ocurriendo un parto, un drama que muestra la expropiación del cuerpo de la mujer.

Sin patriarcado no podría haberse constituido el clan Belgrano, por ejemplo, en el que el pater familias Domenico Belgrano asignaba a sus hijas de manera de ampliar su capital económico y social a la vez que decidía a su arbitrio cuáles de sus hijos serían comerciantes o curas.

A ninguno de ellos se le habría ocurrido discutir esa estrategia de alfiles en el tablero de las clases en formación. Ni siquiera Manuel, que tomó aquel mandato y le dio otro rumbo. 

Es cierto que el huracán de Mayo intranquilizó el follaje de los árboles genealógicos. Pero el patriarcado volvería. En el año VI, los congresales de Tucumán lo dijeron claramente: “Fin de la Revolución, principio del orden”.

Lo cierto es que, si queremos saber qué pasó con los hijos de los próceres, habrá que aceptar una prevención: para seguir el mandato del padre es necesario recorrer los oscuros laberintos del patriarcado por los cuales se transmitió.

jueves, 24 de febrero de 2022

No se nace mujer

El primer libro de lectura fue publicado por una mujer, Ernestina López (1875-1965), en 1920. Es curioso que las feministas no se acuerden de ella.
No la tuvo fácil, Ernestina. Venía de una familia, digamos, poco convencional. Su padre era el célebre Cándido López, el Manco López que pintaba batallas con la mano izquierda.
Cuentan que, antes de irse a la Guerra del Paraguay, se enamoró de una niña de catorce años. Un sol. Pero ocurrió aquella granada fatídica. Le destrozó el brazo y los sueños. Ya no me querrá, pensó.
Hasta que, en una mañana de otoño de 1872, alguien entró a la zapatería en la que trabajaba. Era la niña sol que sí lo quería. Se casaron en San Miguel Arcángel un 22 de septiembre, justo el aniversario de la batalla de Cutipaytí donde el pintor dejó el brazo.
Nadie reparó, y él menos que nadie, en que Cándido tenía una concubina, Adriana y una hija, Elvira, que en ese momento era apenas un bebé.
No importó demasiado, el Manco se casó con doña Emilia, fueron felices y comieron perdices. Tanto, que tuvieron doce hijos.
No se crea que Cándido renunció a Adriana. Simplemente, puso casa chica (Adriana) y casa grande (Emilia). A pocas cuadras, que era lo más conveniente. En 1879, la “concubina”, para llamarla de algún modo, dio a luz a Ernestina.
Un pequeño detalle: en 1878, Emilia, la “legítima”, es un decir, parió un varón y, en 1880, otro. Ernestina nació exactamente en el medio: en 1879. No se podrá decir que el Manco de Curupaytí no era un padre pródigo.
Quién sabe cómo sobrellevaron las hermanas López esta situación. Pero, sin duda, la superaron. Volvemos a encontrarlas en 1901.
Ese año, Elvira se graduó como filósofa con una tesis sobre “El movimiento feminista”. Y Ernestina lo hizo con medalla de oro. Eran las primeras en Filosofía y Letras. Hacía nada que Cecilia Grierson se había recibido de médica contra viento y marea.
No fue casualidad que, unos años más tarde, las universitarias organizaran el Primer Congreso Femenino Internacional en Buenos Aires. En aquellos tiempos, en el código civil las mujeres eran tenidas por imbéciles legales. Había que tener coraje para ir contra el patriarcado.
Lo tuvieron, claro. Habría que preguntarse si su militancia contra el desigual orden sexual de la sociedad, del cual su padre era un ejemplo cabal, fue motivada por su propia experiencia filial. ¿Es casual que las dos hermanas López hayan sido feministas de fuste?
En todo caso, dieron pelea para llegar a ser las mujeres que fueron.

En Seis problemas para don Isidro Parodi, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares adjudican a un presunto Carlos Anglada la autoría de Veo y Meo. Una broma al popular Veo y leo de Ernestina López.

lunes, 20 de diciembre de 2021

El suicidio del héroe

Este 20 de diciembre se cumplen ochenta y dos años. En Buenos Aires se suicida un ídolo popular, el capitán Hans Langsdorff, capitán del acorazado alemán Graf Spee. En el cortejo fúnebre se oye una apelación repetida, ¡Seig!; ¡Hitler! responde la multitud. ¡Seig Hitler! ¡Seig Hitler! Es 1939, el mundo está en guerra.

En la tarde calma del verano porteño, Langsdorff se sienta a escribir. La letra firme; no le tiembla el pulso.

“Para un comandante que tiene sentido del honor, se sobreentiende que su suerte personal no puede separarse de la de su navío… Ya no podré participar activamente en la lucha que libra actualmente mi país. Sólo puedo probar con mi muerte que los marinos del Tercer Reich están dispuestos a sacrificar su vida por el honor de su bandera. A mí solo me corresponde la responsabilidad del hundimiento del acorazado Admiral Graf Spee”.

Su desventura empieza en la madrugada del 13 de diciembre de 1939, cuando divisa un crucero y dos destructores ingleses. Inicia zafarrancho de combate. Y, en vez de atacar la nave más poderosa primero y después las menores, comete la imprudencia de atacar a todas a la vez. Los griegos llamaban hybris a la desmesura, el pecado que está en el fondo de las grandes tragedias.

Después de la inconclusa Batalla del Río de la Plata, Langsdorff no tiene más remedio que refugiarse en Montevideo. Los uruguayos no quieren saber nada, lo intiman a abandonar el puerto en 72 horas. Afuera, acecha el enemigo.

Langsdoff tiene tres opciones: sale al mar y da batalla, hunde el barco para que no lo tome el enemigo o intenta llegar al puerto de Buenos Aires, al que sabe amigo.

Cree que lo espera una gran fuerza naval. Y el canal hacia Buenos Aires es demasiado poco para el calado del acorazado. De modo que desembarca la tripulación en barcas argentinas y dinamita su navío. Todavía está allí, hundido en el fango.

Hace calor en la tarde del 20 de diciembre de 1939. Hans Langsdorff se envuelve en la bandera de combate del Graf Spee y se pega un tiro. ¡Sieg Hitler! gritan en la Chacarita.

domingo, 17 de octubre de 2021

Los codiciosos de siempre

Otoño. Pleno barrio Norte. Hace un rato cayó una inspección en una de las tiendas más elegantes de Buenos Aires. Pescan un infractor al control de precios.

Los agentes arrestan el especulador. Corre el riesgo de una temporadita en Devoto. Mientras tanto, los agentes de la Federal, con sus pesados capotes y, vaya uno a saber por qué, las manguitas blancas que usan para dirigir el tránsito, pegan los carteles: CLAUSURADO.

Los vecinos y algún transeúnte curioso, como esa ricachona de pieles, se solazan con la tragedia del infractor. Juntan chismes para contar en el mate.

Las inspecciones son un espectáculo. Adrede, puesto que quieren convencer que el gobierno defiende al pueblo de los codiciosos empresarios.

Corre el año de 1952. En febrero se lanzó el Plan de Estabilización que, en los hechos, implica un cambio fenomenal en la política económica. .

El presidente Juan Domingo Perón lo justifica mejor que nadie:

La economía justicialista establece que de la producción del país se satisface primero la necesidad de sus habitantes y solamente se vende lo que sobra, nada más. Claro que aquí los muchachos, con esa teoría, cada día comen más y consuman más y, como consecuencia, cada día sobra menos. Pero han estado sumergidos, pobrecitos, durante cincuenta años; por eso los he dejado que gastaran y que comieran y que derrocharan durante cinco años todo lo que quisieran; se hicieron el guardarropa que no tenían, se compraron las cositas que les gustaban y se divirtieran también (…) pero, indudablemente, ahora empezamos a reordenar para no derrochar más.

Es la hora del ajuste. Los tiempos del pan con afrecho de maíz y mijo.

lunes, 6 de septiembre de 2021

Una cuestión de honor

En el puerto hacía ese frío húmedo de los amaneceres de septiembre. Pero las reglas exigían que estuvieran semidesnudos. Se quitaron, pues, la camisa. Tuvieron que disimular el escalofrío, no fuera cuestión que lo confundieran con miedo.

Lisandro de la Torre e Hipólito Irigoyen se saludaron ceremoniosamente con el sable. Y arremetieron uno sobre otro.

Hubo una época en la que los políticos dirimían sus diferencias batiéndose a duelo. Cada vez que había una campaña electoral se desataba una epidemia de duelos. Esta vez, cuándo no, fue por una interna, la convención nacional del radicalismo. En un discurso, Lisandro cargó las tintas y, como no era la primera vez, Irigoyen lo retó “a trompadas o con las armas que elija”.

Cada uno eligió sus padrinos: Marcelo Torcuato de Alvear, don Hipólito y Carlos Rodríguez Larreta, Lisandro.

Nada de trompadas: sable, exigió el padrino de de la Torre. Pactaron asaltos de tres minutos con descansos de un minuto. Hasta que uno de los dos no diera más.

Alvear pidió dos semanas de gracia para que don Hipólito tomara lecciones de esgrima. Nunca había agarrado un sable, lo empuñaba como si fuera un facón.

De modo que, en la madrugada del 6 de septiembre de 1897, se vieron las caras.

Desde el primer asalto se vieron las diferencias. Yrigoyen jadeaba; estaba gordo, completamente fuera de estado. Y tenía 17 años más que el joven Lisandro, de sólo 28 y buen esgrimista.

En el segundo round, el sable de don Hipólito rozó el antebrazo de su enemigo. Nada serio, dijeron los médicos.

En el tercer asalto, una vergüenza: Yrigoyen fue alcanzado en un glúteo. La sangre le mojaba el pantalón. Alvear le dijo que ya estaba bien, que el honor estaba a salvo. Pero el herido no quiso.

En el cuarto, justo cuando Lisandro parecía imponer su pericia de esgrimista, un sablazo torpe de su torpe rival lo hirió en la sien derecha, la oreja y la mejilla. Tenía el rostro enteramente ensangrentado. Los médicos interrumpieron el lance. Hipólito Irigoyen había vencido de puro tozudo.     

Y, desde entonces, Lisandro de la Torre se vio obligado a usar barba para ocultar aquella cicatriz ultrajante.


El último duelo. Arturo Jauretche momentos después de batirse a duelo con el general Oscar J. Colombo, realizado en la quinta La Tacuarita, en San Vicente Provincia de Buenos Aires, 1971



domingo, 13 de junio de 2021

El croto en su crotera

El croto en su crotera, dijo el patrón, y mandó que pintaran el nombre. El refugio es un poco más grande que una cucha. Hay que entrar bajando la cabeza; no debe ser casualidad. Pero sirve para aguantar las heladas de  la pampa, esos fríos que dejan cuarteada la piel. 

El croto ceba un mate. Pava de base ancha para no desperdiciar la llama del fogón precario. Alpargatas de tantas sendas. Chambergo deforme de lluvias y soles. No se ve el mono, el hato en el que lleva sus cositas; estará guardado adentro. Hará noche ahí, mañana se verá.

Quién sabe de dónde viene. Es probable que haya llegado en algún tren carguero gracias a don Crotto, un estanciero de Dolores que, cuando gobernador, en 1920, dejó que los crotos viajaran gratis. No lo hizo de caritativo, el hombre. Más bien facilitó que los trabajadores golondrinas viajaran a la zafra. Cosa de abaratar la mano de obra.

Quién sabe adónde va. Busca algún conchabo aunque sea por un rato para ir tirando. Lleva en la memoria un plano de campos y perros bravos, también de rostros que pasan rápido. Y caminará senderos de tierra en los que ni siquiera dejará huella.

martes, 25 de mayo de 2021

El color de las cintas del 25

Blancas y celestes. Siempre nos dijeron que las cintas que repartieron en la semana de Mayo eran blancas y celestes.

El fundador de la historia oficial. Bartolomé Mitre pontificó que Domingo French, “apostando piquetes en las avenidas de la Plaza, los armó de tijeras y de cintas blancas y celestes, con orden de no dejar penetrar sino a los patriotas y de hacerles poner el distintivo”.

Félix Luna no estaba de acuerdo. Las cintas eran blancas, las más fáciles de conseguir. Y eran una señal de unión entre americanos y europeos.

De ninguna manera, eran encarnadas, un signo de guerra, afirmó el memorioso Juan Manuel Beruti.

Que blancas y celestes, que blancas, que encarnadas. Los historiadores son daltónicos.

Nos quedamos con esta carta de un tal Pazos que, el sábado 26, escribía: “La mañana del lunes, French, Beruti (oficial de las cajas) y un Arzac que no es nada (sic), fueron a la plaza como representantes del pueblo, y repartieron retratos de Fernando VII y unas cintas blancas que la tropa traía en el sombrero y otros atadas en los ojales de la casaca que decían significaba la unión de europeos y patricios, pero yo a ningún europeo la he visto, y ayer ya había una cinta roja encima que me dicen que significa guerra, y la blanca paz para que se escoja”.