Por qué Historias con Lupa
Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.
Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.
viernes, 8 de mayo de 2020
jueves, 12 de diciembre de 2019
Tú me quieres blanca
El mar. Y Alfonsina. ¿Qué hay en esa mirada que nos mira? ¿Qué
hay en el mar que la deprime, que sin embargo la atrae?
Hay quien habla de su muerte bella y trágica. No hay muerte
bella. Y menos desde ese espigón de hierros enmohecidos (no es cierto que caminó por “la
blanda arena”), un zapato tristemente olvidado en el cemento.
“Me tiro al mar” fue lo último que escribió. No hay poesía
allí.
Donde sí hay poesía es en vida. Véase si no:
Hombre pequeñito
Hombre pequeñito,
hombre pequeñito,
Suelta a tu canario que quiere volar…
Yo soy el canario, hombre pequeñito,
déjame saltar.
Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,
hombre pequeñito que jaula me das.
Digo pequeñito porque no me entiendes,
ni me entenderás.
Tampoco te entiendo, pero mientras tanto
ábreme la jaula que quiero escapar;
hombre pequeñito, te amé media hora,
no me pidas más.
Suelta a tu canario que quiere volar…
Yo soy el canario, hombre pequeñito,
déjame saltar.
Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,
hombre pequeñito que jaula me das.
Digo pequeñito porque no me entiendes,
ni me entenderás.
Tampoco te entiendo, pero mientras tanto
ábreme la jaula que quiero escapar;
hombre pequeñito, te amé media hora,
no me pidas más.
Ubicación: Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires, CABA, Argentina
sábado, 12 de octubre de 2019
Esquina de "razas"
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| Esquina porteña, Prilidiano Pueyrredon, 1865 |
1865. Empieza la vergonzosa guerra contra Paraguay. No hace
tanto que el Estado de Buenos Aires dio la libertad a los esclavos.
La ciudad quiere ser moderna, pero le cuesta. Se ven algunas
novedosas casas de altos (quién sabe si son reales o una ilusión del pintor, Prilidiano
Pueyrredon, que también es arquitecto). La calle tiene un leve declive, debe
ser alguna de las que van al Paseo del Bajo.
Las esquinas todavía sin ochavas dan lugar a encuentros
sorpresivos, a menudo indeseados. Como el choque entre esta señora sombría y
esta niña, tan blanca.
La muchacha es de cuento de hadas. La señora, oscura. Como
si tuviera un velo; pero no, es una afrodescendiente. Quizá una liberta de posibles, como se decía antes a la
gente que tenía un buen pasar.
El de la señora es un cuerpo expandido por el miriñaque,
prepotente. La niña, no.
En la imagen hay algo
que no va. El hombre blanco lleva sumisamente la canasta de quien parece ser su
dueña, la señora oscura. ¿Pero adónde han ido a parar las distinciones de la
piel?, parece preguntarse el señor que se asoma detrás de la puerta (¿Prilidiano
mismo?).
Los descendientes de africanos siempre fueron representados
como criados de librea de los grandes señores, a lo sumo como los bufones de
Juan Manuel. Pueyrredon viene a decirnos que en cualquier esquina uno puede
encontrarse con un afroamericano. Un horror.
El viejo vende sus naranjas a una niñita muy rubia y un niño de gorra a la inglesa. La deliciosa escena es acechada por un avieso chico de piel oscura que, en cualquier momento, roba una naranja. Prejuicios de don Prilidiano.
El naranjero, Prilidiano Pueyrredon, 1865
lunes, 30 de septiembre de 2019
¿Aureri?
¿Aureri?,
preguntaba el capitán de un equipo. Diez,
contestaba el otro capitán. Entonces, sólo entonces, empezaba el partido.
River vs. San Lorenzo, el primer partido televisado (18/11/1951).
Primero fue la profesionalización, después la televisión, más tarde la Champion League. Adiós, fútbol.
No lo sabían, pero era la fórmula que empleaban los
ingleses: Are you ready? O sea, “¿aureri?”.
Yes, esto es, “diez”. Épocas de
potrero.
En las canchas se vendía una extraña golosina, algo parecido
a un caramelo, envuelta en papel que sobraba y que se cerraba retorciéndolo en
las puntas. La cuestión no era menor. Los caramelos se vendían por “puñados”.
Obviamente, cuanto más grandes los moños, menos cabían en el puño.
Pues bien, la bendita golosina era conocida como chuenga. Una palabra derivada de chweing-gum, un término inglés que los
españoles pronunciaban literalmente.
¡Chuenga! ofrecía su mercadería José Eduardo Pastor a quien
llamaban… Chuenga.
Chuenga vendía los caramelos tanto a los hinchas locales
como a los visitantes.
¡Ah, para los que no lo saben! Hubo un tiempo en que los visitantes también iban a la cancha.
¡Ah, para los que no lo saben! Hubo un tiempo en que los visitantes también iban a la cancha.
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Primero fue la profesionalización, después la televisión, más tarde la Champion League. Adiós, fútbol.
Ubicación: Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires, CABA, Argentina
viernes, 16 de agosto de 2019
Esclavos de la Patria
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La
memoria de San Martín murió en 1916. Porque en ese año falleció el último de
los soldados que podía recordarlo vivo. Eufrasio Videla aseguraba, créase o no, que había
estado en el “Zanjón de Maipú”, donde la mitad de los libertos quedó en el
campo de batalla. ¡Fieros habían sido! –decía- Peleamos
y peleamos y no aflojaban…
“No hay remedio -escribía San Martín cuando estaba organizando el Ejército de los Andes-, sólo nos puede salvar el poner a todo esclavo sobre las armas…”
Eso hizo, reclutó cuanto afro pudo. La asimilación no fue
fácil. La Revolución estaba por hacerse. Avanzaba a trompicones en lo político,
pero en lo social rengueaba. Todavía regía el tradicional sistema de castas. Continuaba la estigmatizante separación jerárquica entre los probables blancos ("probables" a causa de la creciente mestización) y los negros y su infinidad de variantes mestizas.
Es imposible “reunir
en un solo cuerpo las diversas castas de blancos y pardos –admitía San Martín-.
El deseo que me anima de organizar las tropas con la brevedad y bajo la mayor
orden posible, no me dejó ver por entonces que esta reunión sobre impolítica
era impracticable. La diferencia de castas se ha consagrado a la educación y
costumbres de casi todos los siglos y naciones y sería quimera creer que por un
trastorno inconcebible se llamase el amo a presentarse en una misma línea con
su esclavo”.
Es más, aun en el interior de las castas había diferenciaciones sociales. Véase si no.
Un pardo liberto propuso que se lo dispensara del
servicio militar y que se aceptara un
personero suyo para que llenara la falta. El personero de Esteban
Batallo (¡vaya nombre para no querer pelear!) era un esclavo que el mulato había comprado
para suplantarlo. Así fue como el buen Batallo se quedó en casa.
Quién sabe cómo le fue a su personero, que fue uno de los
2.500 soldados de color que cruzaron Los Andes. Ojalá haya sido uno de los 143
que volvieron con vida.
Ubicación: Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires, CABA, Argentina
martes, 9 de julio de 2019
Seducida y abandonada
La Historia
se escribe con historias; historias con las minúsculas de la gente. Gente como el diputado altoperuano José María Serrano, que escribió el Nos,
los representantes… Y que aquella noche de julio de hace doscientos tres
años se enamoró de Solana la Solanita Cainzo.
La historia con minúscula no terminó bien. Serrano se fue a hacer la independencia del Alto Perú. Y dejó
a Solanita para siempre.
Extraño nombre. La
Solanita se llamaba así por su padre, Francisco Solano Cainzo. Solana es el
sitio donde el sol da de lleno. De modo que Solano, Solana, Sol. Un Sol, eso
era la Solanita.
Cuando terminó la
gavota (si es que eso era una gavota), José María se precipitó sobre la soleada
Solana. Ni una pieza dejó de bailar con la niña.
Parece que el
hombre era dicharachero como ninguno. Alto, delgado, esa noche llevaba, como
era habitual en él, la camisa de alto cuello volcado sobre la levita negra. La
muchacha hubiera querido posar la cabeza renegrida en la pechera blanca.
Se casaron. Pero
José María era un andariego de las revoluciones. Fue a Buenos Aires, donde
presidió el Congreso entre 1817 y 1818. En el viaje de regreso a Tucumán lo
apresó una partida de Pancho Ramírez, que no tuvo mejor idea que llevarlo a su
jefe enchalecado con cuero fresco, que se iba achicando a medida que se iba
secando. Por suerte, el caudillo lo liberó. Unos años más tarde volvió a su
Charcas natal. Firmó el acta de la independencia de Bolivia. Anduvo por
Francia, prefecto de Chuquisaca. Fue ministro de la Corte Suprema y hasta
presidente interino un par de veces. Murió en 1852.
La Solanita, que ya
era misia Solana, no hacía otra cosa en Tucumán que esperar en vano a su marido
andarín. Sólo sabremos de ella cincuenta y dos años más tarde de aquel baile de
hadas. El 26 de enero de 1868, el diario tucumano El Pueblo publicaba un
sombrío pedido:
Sírvase insertar en su periódico estas líneas, suplicando a las señoras
piadosas de ésta para que me proporcionen una habitación pequeña, obligándome a
servirles en todo lo que me sea posible, por hallarme en indigencia. Es un
favor que suplico, por hallarse mi fortuna en pleito.
Solana Cainzo
A esto había
quedado reducida Solana. Solana, a la que ya no le daba el sol.
Ubicación: Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires, CABA, Argentina
viernes, 8 de marzo de 2019
Mujeres que hicieron historia
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| Ellas en la historia, Ricardo Lesser (Planeta, 2018) El Ateneo, 6 de marzo de 2019 |
Hay más, muchas más. Sin nombre. Silenciosas, bravas, cotidianas. Hicieron la historia de este país.
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