Por qué Historias con Lupa
Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.
Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.
martes, 17 de enero de 2017
Ante la inapetencia del mundo
Cualquiera sabe que Adiós Nonino es la música de un duelo, el duelo del padre muerto.
No hay más que oír el fuelle abierto, abierto a todo lo que da, temblando, del final. Es la muerte de Nonino, como llamaban al padre de Piazzolla.
La pérdida de alguien que nos toca produce una inapetencia del mundo. La única manera de repararla es reconstruir dentro de uno mismo el mundo perdido afuera. Esto es el duelo.
Cuando la música de Adiós Nonino musica –creemos- musica la calle Corrientes, el asfalto ya frío de la madrugada, La Paz y la panadería de enfrente con el olor del primer pan.
¿Qué otro mundo puede ser ese tango sino Buenos Aires?
Pero no. El propio Piazzolla dice que escribió Adiós Nonino a partir de las imágenes que le recordaban a su padre: Manhattan, la calle 42, el Central Park. Fueron esos panoramas, donde había vivido, no los paisajes porteños. Nueva York, no Buenos Aires.
Aún sabiéndolo, Adiós Nonino nos seguirá evocando a Buenos Aires. Después de todo, los duelos no son sino un relato. El nuestro.
jueves, 22 de diciembre de 2016
Imago nos: Hombres de barba
No era una peluquería cualquiera. Era la famosa Casa Roca y Ruiz,
en la calle Florida, nada menos. Los espejos duplicaban los cuerpos: los
clientes que esperaban, los clientes felizmente
atendidos. Y los peluqueros, tocadores profesionales de varones
que seguro no se dejaban tocar por otros varones.
En la peluquería hay más que los reflejos de los espejos.
La modernidad ha hecho que pusiéramos un espacio de reserva
entre nosotros y los otros. Tocar al otro, al otro desconocido, es meterse en
una intimidad inquietante. De modo que levantamos fronteras.
Tantas que, a veces, nos quedamos huérfanos de contacto.
Cuando eso sucede, están lo que el etólogo Desmond Morris llama los tocadores profesionales. Los médicos,
los masajistas, los peluqueros. Ellos tocan nuestros cuerpos amparados en rituales
consentidos.
Los peluqueros de Roca y Ruiz se ponían un poco de la Loción
Higiénica de Eucaliptus de la casa en las manos. Y las pasaban como una caricia por las mejillas
recién rasuradas. Los clientes sentían ese aroma, ese placer permitido
que en otras circunstancias habría sido turbador.
Después se iban taconeando
fuerte. Como hombres con toda la barba.
lunes, 28 de noviembre de 2016
Imago nos: El bondi
Son seis.
No hay más que contarlos: son seis los que están colgados del estribo. Alguien
corre detrás con la vana ilusión de treparse también él.
No hay nada
más inútil que ese espejo retrovisor: el colectivero no ve más que cuerpos
amuchados.
El colectivo se inclina bajo su peso, se queja con una queja de
amortiguador.
Adentro,
olor a transpiración vieja, alguna flatulencia silenciosa. No importa, todos
simulan no oler, ni oír, ni tocar. Porque, claro, los cuerpos se tocan, forman
racimos como uvas apretadas, impúdicas.
En otras
circunstancias, el tocamiento de los cuerpos es una transgresión. En el
colectivo se mira para otro lado, se finge indiferencia. Hay un borramiento de
los cuerpos.
Es el
verano de 1961. Con el desarrollismo, ya nadie trabaja donde vive. Las fábricas
se alejaron de los barrios. Por eso los colectivos estiraron sus recorridos mucho
más de lo que habían hecho antes los tranvías. Así, uno trabaja ocho horas pero
pasa no menos de once horas fuera de casa si se tiene en cuenta el viaje.
En el
Maipo, esa caja de resonancias, Pepe Arias se deshace en monólogos. No es
casualidad, diría Oscar Troncoso. El viejo actor con su voz cascada, sus
hombros agobiados, expresaba a ese tipo bueno, simple, desbaratado por una
sociedad que no entendía.
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