Por qué Historias con Lupa

Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.

Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.

sábado, 13 de julio de 2013

Ha pasado un ángel

Las señoras bien que venían de Europa solían traer en sus baúles negros los Usages du monde: règles du savoir-vivre dans la société moderne, un manual de buenas maneras de la baronesa Staffe, que de baronesa no tenía nada. La consigna del libro era propia de la reprimida burguesía de fines del siglo XIX: en la conversación, decía, “hay que hacer intervenir a uno mismo lo menos posible, es casi siempre un tema molesto o aburrido para los demás”. En una palabra, hay que quitar el cuerpo.
Madame Staffe enseñaba cómo administrar las insustanciales conversaciones de salón. Alertaba contra esos silencios que suelen ocurrir en las conversaciones; esos silencios abruptos, incómodos, desconcertantes que, de pronto, se instalan en el diálogo. 
Lo malo de esos silencios es que alteran los ritos del diálogo. Hacen que uno se sienta torpe, balbuceante. Hacen que la intimidad quede expuesta a la mirada de los demás. El silencio se hace cuerpo, cuerpo desnudo, escrutado. Un horror.
Cualquier caballero de los nuestros le hubiera dicho a la falsa baronesa que en estas tierras hay un modo de conjurar esos silencios perturbadores. Cuando las señoras no saben momentáneamente qué decir, al cabo de un instante una de ellas dice: “Ha pasado un ángel”. Entonces alguien inclina la cabeza, alguien dice una nadería. Y el cortés carruaje de la conversación reemprende su camino. 
La costumbre proviene de aquella época en que, ante la mención de un difunto, se le hacía la ofrenda de un breve momento de silencio. Una especie de “En paz descanse”. Después se invirtieron el significante y el significado. Cuando se producía un silencio repentino, alguien largaba el aliviador “Ha pasado un ángel”, una metonimia del muerto. Esto es, se menciona un ángel aéreo, sin cuerpo, como un conjuro para la brutal exposición del cuerpo que abre el vacío de la palabra. 
Al parecer, los ángeles van y vienen sobrevolando las conversaciones de los pobres mortales. Cuando alguien menta alguna desgracia (algo como “Para vivir tan mal, mejor me muero”), alguno de los interlocutores advierte: “¡Cuidado, no sea cosa que pase el Ángel Amén!”
En efecto, si pasa el Ángel podría completar la frase agorera: “Para vivir tan mal, mejor me muero”. “Así sea” (éste es el significado de “amén”), podría decir el Ángel Amén al paso. Y tal cual, se muere. Parece mentira el poder que tienen las palabras. Palabras magas.

sábado, 6 de julio de 2013

No se planchan jamás

Eran los años 60. La gente se paseaba con Rayuela de Cortázar bajo el brazo. Los jóvenes vivían con el Winco a todo lo que daba. La Minujín escanzalizaba a los burgueses poniendo La Menesunda en el Di Tella. “A tres cuadras de un Jockey Club que no se resolvía a resurgir de sus cenizas –ironizaba Halperín Donghi-, una institución que llevaba el más célebre de los nombres surgidos de la nueva burguesía industrial [Di Tella] ejercía en el más alto nivel el arbitraje de las modernas elegancias".
Hasta las elegancias se reinventaban en aquella época. En 1969, se promovían unas innovadoras camisas. “Cada detalle de la camisa Lavi-Listo, lleva la marca inconfundible de su calidad exclusiva –decían los avisos- Por eso, usted se identifica con ella”. Quienes verdaderamente se identificaban eran las amas de casa, puesto que la tela con acrocel no requería planchado.
Los años 60 eran un trapicheo. Por un lado, la pastilla anticonceptiva, los hippies, el Mayo francés. Por el otro, los militares, la censura, la clausura de Primera Plana. Junto a un aviso de las Lavi-Listo, se leía: "La policía detiene a catorce extraños de pelo largo que pretendían asistir a un peligroso recital de rock". 

sábado, 29 de junio de 2013

Las damas mendocinas

Francis Bon Head (1793/1875)
Cuando sir Francis Bon Head llegó a Buenos Aires, en 1825, se bebía las pampas. Venía a hacerse cargo del fabuloso Cerro de Famatina. Lástima que en La Rioja se topó con el hirsuto Facundo Quiroga y todo se fue al diablo.
Con el genio avinagrado, el primer baronet del Honorable Concejo de Su Majestad se fue a Mendoza. Allí descubrió, asombrado, que las damas mendocinas (quién sabe si no alguna de las que bordó la bandera del Ejército de los Andes) se bañaban en el río… desnudas.
Al menos así lo escribió en Las Pampas y los Andes. Notas de viaje (1825-1826):
"Difícilmente se dará crédito a que, mientras la Alameda mendocina está llena de gente, mujeres de todas las edades, sin ropas de ninguna clase o especie, se bañaban en gran número en el arroyo que literalmente limita al paseo. Shakespeare nos dice que “la más cautelosa doncella es bastante pródiga si descubre sus encantos a la luna", pero las damas de Mendoza, no contentas con esto, se los muestran al sol; y tardes y mañanas, realmente se bañan sin traje alguno en el río Mendoza, cuya agua rara vez llega arriba de las rodillas, hombres y mujeres juntos; y por cierto, de todas las escenas que he presenciado en mi vida, nunca vi otra tan indescriptible." 
No sería para tanto.

sábado, 22 de junio de 2013

Viejas de 25

Publicidad de "La Fitina", 1909
En los 900, las mujeres de más de veinticinco años envejecían como una hoja que amarillea en abril. No era mucho lo que podían hacer. Pero debían hacerlo. Para eso en la mesa de toilette –decía La Nación- debía haber un arsenal de afeites sencillos. “Grasa de cerdo benzoatada para las manos agrietadas. Manteca de coco para fortalecer las cejas. Aceite de almendras dulces para las uñas quebradizas. Avena fina para suavizar el agua. Polvo de tiza precipitada como dentífrico. Vino blanco como agua astringente. Agua de alhuceña para añadir un poquito al agua de lavarse. Agua de saúco para refrescar la cara cuando está muy encendida”.
La cara “muy encendida” era señal de un desequilibrio nervioso, alguna emoción inconfesable, sin control. Nada mejor, entonces, que la Fitina. “Me he puesto así, linda, con el uso de la Fitina”, dice esta bella muchacha envuelta en gasas negras. Que, seguramente, pasó los veinticinco. 

sábado, 15 de junio de 2013

Los nuestros y los otros

En la escuela se enseña que el Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiográfico del Río de la Plata, fundado en el otoño de 1801 a instancias de Manuel Belgrano, fue el primer periódico de Buenos Aires. Ahí escribían Lavardén, Castelli, el propio Belgrano. 
Lo que no se dice es que el bendito Telégrafo Mercantil fue un dispositivo de enclasamiento de la burguesía incipiente. Es cierto que el periódico inauguró el vocablo argentino para aludir al Río de la Plata o, más precisamente, a Buenos Aires. Pero su función consistía, antes que nada, en definir quién era quién en aquella sociedad magmática que quería ingresar de lleno al capitalismo. 
No es que al editor, el probritánico Francisco de Cabello y Mesa, le faltaran luces. Al contrario, desde el principio dividió las aguas: una cosa eran los propios y muy otra los ajenos. Los incluidos y los excluidos. 
Los que podían ingresar a la Sociedad Patriótica Literaria y Económica asociada al periódico eran los Españoles nacidos en estos Reynos, ó en los de España, Christianos viejos y limpios de toda mala raza. No podía entrar ningun Extranjero, Negro, Mulato, Chino, Zambo, Quarteron, o Mestizo, ni aquel que haya sido reconciliado por el delito de la Heregia, y Apostasía, ni los hijos, ni nietos de quemados [en las hogueras de la Inquisición]… Los nuestros y los otros. 
En una palabra, la Sociedad porteña habría de componerse de hombres de honrados nacimientos, y buenos procederes. Todavía más de uno se pregunta qué quería decir eso de “buenos procederes” en aquella sociedad de viejos contrabandistas.

sábado, 8 de junio de 2013

Señoritas eran las de antes

Las docentes no deben ir a la escuela sin medias. La prescripción del Consejo Nacional de Educación es ociosa. ¿A qué maestra decente se le ocurriría dar clase con las piernas desnudas?
Cualquier sabe que, en los años 20, el magisterio no es un empleo sino un apostolado. Por eso en los barrios respetan a las maestras tanto como a los doctores. Ni pensar que usen colorete o que muestren las pantorrillas.
En todo caso, en 1923, el Consejo de Educación obliga a las maestras a suscribir un contrato por ocho meses (no por doce, claro está) en el que “la señorita" acuerda:
  1. No casarse. Este contrato quedará automáticamente anulado y sin efecto si la maestra se casa. 
  2. No andar en compañía de hombres.
  3. Estar en su casa entre las ocho de la tarde y las seis de la mañana, a menos que sea para atender una función escolar.
  4. No pasearse por las heladerías del centro de la ciudad.
  5. No abandonar la ciudad bajo ningún concepto sin el permiso del presidente del Consejo de Delegados.
  6. No fumar cigarrillos. Este contrato quedará automáticamente anulado y sin efecto si se encontrara a la maestra fumando.
  7. No beber cerveza, vino, ni whisky. Este contrato quedará automáticamente anulado y sin efecto si se encontrara a la maestra bebiendo.
  8. No viajar en ningún coche o automóvil con ningún hombre excepto su hermano o su padre.
  9. No vestir ropas de colores brillantes.
  10. No teñirse el pelo.
  11. Usar al menos dos enaguas.
  12. No usar vestidos que queden a más de cinco centímetros por encima de los tobillos.
  13. Mantener limpia el aula: a) barrer el suelo del aula al menos una vez al día, b) fregar el suelo del aula al menos una vez por semana con agua caliente y jabón, c) encender el fuego a las siete, de modo que la habitación esté caliente a las ocho cuando lleguen los niños y limpiar la pizarra una vez al día.
  14. No usar polvos faciales, no maquillarse ni pintarse los labios.

Fuente:La Revista del Consejo Nacional de la Mujer Año 4, Nº 12, marzo1999, Buenos Aires.

sábado, 1 de junio de 2013

Una costumbre que suele tener la gente

Hubo un tiempo en que los velatorios eran una fiesta. Si se podía, se ponía al difunto en una habitación que diera a la calle, con las ventanas entreabiertas, de modo que uno pudiera pispear desde la acera. Los deudos obsequiaban a los dolientes con algo que, si no era una cena, se parecía bastante. No era raro que después ocurriera una partida de truco o de monte para distraerse un poco. Antes del entierro, el carruaje y el cortejo fúnebres daban una vuelta a la manzana para que los vecinos se enteraran y el finado se despidiera del barrio.
Únicamente las personas distinguidas se velaban en un salón. Tal vez con el propósito de promover la demanda (de servicios fúnebres, porque la demanda de muertos era inelástica), en 1909, la casa Lázaro Costa ofrecía: “Á los pobres de solemnidad, que justifiquen ser tales, se les harán los servicios funerarios gratuitamente”.
Casi seguro que Lázaro Costa atendía las veinticuatro horas del días, por aquello de que nunca se sabe. De allí que tuviera dos teléfonos: el de la Unión Telefónica del Río de la Plata, de los ingleses, y la Sociedad Cooperativa Telefónica. No había más que llamar: había servicios con cuatro caballos desde 150 pesos.
Todavía no se había acallado el horror de Rufina Cambaceres. Cuentan que, siete años antes, al abrir ocasionalmente el ataúd de la niña muerta, la encontraron a de espaldas, con la cara rasguñada por sus propias uñas. Dicen que habría tenido un ataque de catalepsia y que fue enterrada viva.
Algunos tinterillos escriben que desde entonces se empezó a velar a los muertos durante, al menos, veinticuatro horas; lo que don Lázaro Costa habría visto con beneplácito. No es cierto. Muchos años antes, en 1868, el presidente Sarmiento dictó una ordenanza según la cual ningún cadáver podía ser inhumado hasta pasadas las treinta horas de su muerte. Más aún, el finado debía estarse quietecito en su ataúd con la tapa sin clavar y, por las dudas, con un cordel atado a un dedo con una campanilla. Tanto era el pánico a un entierro prematuro.