En el puerto hacía ese frío húmedo de los amaneceres de
septiembre. Pero las reglas exigían que estuvieran semidesnudos. Se quitaron,
pues, la camisa. Tuvieron que disimular el escalofrío, no fuera cuestión que lo
confundieran con miedo.
Lisandro de la Torre e Hipólito Irigoyen se saludaron ceremoniosamente
con el sable. Y arremetieron uno sobre otro.
Hubo una época en la que los políticos dirimían sus
diferencias batiéndose a duelo. Cada vez que había una campaña electoral se
desataba una epidemia de duelos. Esta vez, cuándo no, fue por una interna, la
convención nacional del radicalismo. En un discurso, Lisandro cargó las tintas
y, como no era la primera vez, Irigoyen lo retó “a trompadas o con las armas
que elija”.
Cada uno eligió sus padrinos: Marcelo Torcuato de Alvear,
don Hipólito y Carlos Rodríguez Larreta, Lisandro.
Nada de trompadas: sable, exigió el padrino de de la Torre. Pactaron asaltos de tres minutos
con descansos de un minuto. Hasta que uno de los dos no diera más.
Alvear pidió dos semanas de gracia para que don Hipólito
tomara lecciones de esgrima. Nunca había agarrado un sable, lo empuñaba como si
fuera un facón.
De modo que, en la madrugada del 6 de septiembre de 1897, se
vieron las caras.
Desde el primer asalto se vieron las diferencias. Yrigoyen
jadeaba; estaba gordo, completamente fuera de estado. Y tenía 17 años más que
el joven Lisandro, de sólo 28 y buen esgrimista.
En el segundo round, el sable de don Hipólito rozó el
antebrazo de su enemigo. Nada serio, dijeron los médicos.
En el tercer asalto, una vergüenza: Yrigoyen fue alcanzado
en un glúteo. La sangre le mojaba el pantalón. Alvear le dijo que ya estaba
bien, que el honor estaba a salvo. Pero el herido no quiso.
En el cuarto, justo cuando Lisandro parecía imponer su
pericia de esgrimista, un sablazo torpe de su torpe rival lo hirió en la sien
derecha, la oreja y la mejilla. Tenía el rostro enteramente ensangrentado. Los
médicos interrumpieron el lance. Hipólito Irigoyen había vencido de puro tozudo.
Y, desde entonces, Lisandro de la Torre se vio obligado a
usar barba para ocultar aquella cicatriz ultrajante.
El último duelo. Arturo
Jauretche momentos después de batirse a duelo con el general Oscar J. Colombo,
realizado en la quinta La Tacuarita, en San Vicente Provincia de Buenos Aires,
1971