Por qué Historias con Lupa
Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.
Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.
jueves, 24 de febrero de 2022
No se nace mujer
lunes, 20 de diciembre de 2021
El suicidio del héroe
En la tarde calma del verano porteño, Langsdorff se sienta a escribir. La letra firme; no le tiembla el pulso.
“Para un comandante que tiene sentido del honor, se sobreentiende que su suerte personal no puede separarse de la de su navío… Ya no podré participar activamente en la lucha que libra actualmente mi país. Sólo puedo probar con mi muerte que los marinos del Tercer Reich están dispuestos a sacrificar su vida por el honor de su bandera. A mí solo me corresponde la responsabilidad del hundimiento del acorazado Admiral Graf Spee”.
Su desventura empieza en la madrugada del 13 de diciembre de 1939, cuando divisa un crucero y dos destructores ingleses. Inicia zafarrancho de combate. Y, en vez de atacar la nave más poderosa primero y después las menores, comete la imprudencia de atacar a todas a la vez. Los griegos llamaban hybris a la desmesura, el pecado que está en el fondo de las grandes tragedias.
Después de la inconclusa Batalla del Río de la Plata, Langsdorff no tiene más remedio que refugiarse en Montevideo. Los uruguayos no quieren saber nada, lo intiman a abandonar el puerto en 72 horas. Afuera, acecha el enemigo.
Langsdoff tiene tres opciones: sale al mar y da batalla, hunde el barco para que no lo tome el enemigo o intenta llegar al puerto de Buenos Aires, al que sabe amigo.
Cree que lo espera una gran fuerza naval. Y el canal hacia Buenos Aires es demasiado poco para el calado del acorazado. De modo que desembarca la tripulación en barcas argentinas y dinamita su navío. Todavía está allí, hundido en el fango.
Hace calor en la tarde del 20 de diciembre de 1939. Hans Langsdorff se envuelve en la bandera de combate del Graf Spee y se pega un tiro. ¡Sieg Hitler! gritan en la Chacarita.
domingo, 17 de octubre de 2021
Los codiciosos de siempre
Los agentes
arrestan el especulador. Corre el riesgo de una temporadita en Devoto. Mientras
tanto, los agentes de la Federal, con sus pesados capotes y, vaya uno a saber
por qué, las manguitas blancas que usan para dirigir el tránsito, pegan los
carteles: CLAUSURADO.
Los vecinos
y algún transeúnte curioso, como esa ricachona de pieles, se solazan con la
tragedia del infractor. Juntan chismes para contar en el mate.
Las
inspecciones son un espectáculo. Adrede, puesto que quieren convencer que el
gobierno defiende al pueblo de los codiciosos empresarios.
Corre el
año de 1952. En febrero se lanzó el Plan de Estabilización que, en los hechos,
implica un cambio fenomenal en la política económica. .
El presidente
Juan Domingo Perón lo justifica mejor que nadie:
La economía justicialista establece que de la producción
del país se satisface primero la necesidad de sus habitantes y solamente se
vende lo que sobra, nada más. Claro que aquí los muchachos, con esa teoría,
cada día comen más y consuman más y, como consecuencia, cada día sobra menos.
Pero han estado sumergidos, pobrecitos, durante cincuenta años; por eso los he
dejado que gastaran y que comieran y que derrocharan durante cinco años todo lo
que quisieran; se hicieron el guardarropa que no tenían, se compraron las
cositas que les gustaban y se divirtieran también (…) pero, indudablemente,
ahora empezamos a reordenar para no derrochar más.
Es la hora
del ajuste. Los tiempos del pan con afrecho de maíz y mijo.
lunes, 6 de septiembre de 2021
Una cuestión de honor
Lisandro de la Torre e Hipólito Irigoyen se saludaron ceremoniosamente con el sable. Y arremetieron uno sobre otro.
Hubo una época en la que los políticos dirimían sus diferencias batiéndose a duelo. Cada vez que había una campaña electoral se desataba una epidemia de duelos. Esta vez, cuándo no, fue por una interna, la convención nacional del radicalismo. En un discurso, Lisandro cargó las tintas y, como no era la primera vez, Irigoyen lo retó “a trompadas o con las armas que elija”.
Cada uno eligió sus padrinos: Marcelo Torcuato de Alvear, don Hipólito y Carlos Rodríguez Larreta, Lisandro.
Nada de trompadas: sable, exigió el padrino de de la Torre. Pactaron asaltos de tres minutos con descansos de un minuto. Hasta que uno de los dos no diera más.
Alvear pidió dos semanas de gracia para que don Hipólito tomara lecciones de esgrima. Nunca había agarrado un sable, lo empuñaba como si fuera un facón.
De modo que, en la madrugada del 6 de septiembre de 1897, se vieron las caras.
Desde el primer asalto se vieron las diferencias. Yrigoyen jadeaba; estaba gordo, completamente fuera de estado. Y tenía 17 años más que el joven Lisandro, de sólo 28 y buen esgrimista.
En el segundo round, el sable de don Hipólito rozó el antebrazo de su enemigo. Nada serio, dijeron los médicos.
En el tercer asalto, una vergüenza: Yrigoyen fue alcanzado en un glúteo. La sangre le mojaba el pantalón. Alvear le dijo que ya estaba bien, que el honor estaba a salvo. Pero el herido no quiso.
En el cuarto, justo cuando Lisandro parecía imponer su pericia de esgrimista, un sablazo torpe de su torpe rival lo hirió en la sien derecha, la oreja y la mejilla. Tenía el rostro enteramente ensangrentado. Los médicos interrumpieron el lance. Hipólito Irigoyen había vencido de puro tozudo.
Y, desde entonces, Lisandro de la Torre se vio obligado a usar barba para ocultar aquella cicatriz ultrajante.
El último duelo. Arturo Jauretche momentos después de batirse a duelo con el general Oscar J. Colombo, realizado en la quinta La Tacuarita, en San Vicente Provincia de Buenos Aires, 1971
domingo, 13 de junio de 2021
El croto en su crotera
El croto ceba un mate. Pava de base ancha para no desperdiciar la llama del fogón precario. Alpargatas de tantas sendas. Chambergo deforme de lluvias y soles. No se ve el mono, el hato en el que lleva sus cositas; estará guardado adentro. Hará noche ahí, mañana se verá.
Quién sabe de dónde viene. Es probable que haya llegado en algún tren carguero gracias a don Crotto, un estanciero de Dolores que, cuando gobernador, en 1920, dejó que los crotos viajaran gratis. No lo hizo de caritativo, el hombre. Más bien facilitó que los trabajadores golondrinas viajaran a la zafra. Cosa de abaratar la mano de obra.
Quién sabe adónde va. Busca algún conchabo aunque sea por un rato para ir tirando. Lleva en la memoria un plano de campos y perros bravos, también de rostros que pasan rápido. Y caminará senderos de tierra en los que ni siquiera dejará huella.
martes, 25 de mayo de 2021
El color de las cintas del 25
El fundador de la historia oficial. Bartolomé Mitre pontificó que Domingo French, “apostando piquetes en las avenidas de la Plaza, los armó de tijeras y de cintas blancas y celestes, con orden de no dejar penetrar sino a los patriotas y de hacerles poner el distintivo”.
Félix Luna no estaba de acuerdo. Las cintas eran blancas, las más fáciles de conseguir. Y eran una señal de unión entre americanos y europeos.
De ninguna manera, eran encarnadas, un signo de guerra, afirmó el memorioso Juan Manuel Beruti.
Que blancas y celestes, que blancas, que encarnadas. Los historiadores son daltónicos.
Nos quedamos con esta carta de un tal Pazos que, el sábado 26, escribía: “La mañana del lunes, French, Beruti (oficial de las cajas) y un Arzac que no es nada (sic), fueron a la plaza como representantes del pueblo, y repartieron retratos de Fernando VII y unas cintas blancas que la tropa traía en el sombrero y otros atadas en los ojales de la casaca que decían significaba la unión de europeos y patricios, pero yo a ningún europeo la he visto, y ayer ya había una cinta roja encima que me dicen que significa guerra, y la blanca paz para que se escoja”.
viernes, 12 de marzo de 2021
El No de las niñas
Los padres no
le querían abrir, pero entró igual. Les levantó las polleras a las señoras que
iban a misa. Incomodó hasta al mismísimo obispo cuando tomaba la sopa.
¿Qué había
sucedido?
Pues que Mariquita
Sánchez, una mocosa de quince años, reclamó su cuerpo. Vaya atrevimiento.
El buen Padre
había resuelto darla en matrimonio a un viudo algo agriado y mucho viejo, pero
excelente partido puesto que permitía una alianza provechosa para la familia.
La niña venía
encontrándose furtivamente con un muchachito en los fondos de la casona, allí,
dónde los naranjos. El mozo llegó a pedir a Padre visitarla con intenciones
sentimentales. Una chiquillada. Como si uno se casara por amor, faltaba más.
Lo mejor era
el viudo. Sin embargo, Mariquita se paró en sus quince recién cumplidos y dijo:
No. No, vuestra merced (la niña, claro, no tuteaba a sus mayores). Ya
le pasará, pensó Padre, y dispuso los esponsales.
Pero la pequeña
era un demonio y sabía escribir, lo que prueba lo peligrosas que son las letras
en manos de féminas. Escribió, pues, pidiendo que el señor Escribano Mayor
explorara legalmente su voluntad.
-¿Queréis?
-No quiero.
Un escándalo,
una mancha en el honor de la familia. Padre ahogó el bullicio de las lenguas cotorreras confinando a la descarriada
en la Santa Casa de Ejercicios Espirituales. Rezo y bordado, eso calmaría los
ardores de ese cuerpo joven. Mariquita cumplió los dieciséis años en una celda
monacal.
Dicen que el
novio fallido recorría las murallas de la Santa Casa alzándose sobre los
estribos para ver a su amada. Al tiempo, harto de no verla, inició un juicio de disenso.
La respuesta
de la familia: la boda debía impedirse “aunque haya esponsales contraídos y se
haya seguido el desfloro de la virgen”.
Pero la modernidad estaba a las puertas del Río de la Plata. El señor virrey dio el consentimiento. Hubo boda. Las campanas de La Merced se echaron a vuelo sin darse cuenta de lo que hacían. Sin comprender que un mundo estaba resquebrajándose.
A Mariquita,
la pionera, la siguieron Gabriela y Manuela y María Antonina y Francisca y
tantas. Al principio, fue una fina rajadura en el muro. La fisura creció, cada
vez más rápidamente. Y, de buenas a primeras, llegó a los cimientos de aquella
sociedad patriarcal.
Dicen los que
saben que aquella revolución íntima de las muchachas que reclamaban sus cuerpos
fue un presagio de la Revolución de los rioplatenses.
Hasta Marica,
los Padres eran dueños y señores de los cuerpos de sus hijas, que utilizaban
como moneda de cambio para celebrar alianzas con los jefes de otros clanes
familiares. Los árboles genealógicos se ampliaban sobre la línea femenina, como
los ombúes de la Pampa. Así se consolidaron
fortunas extraordinarias. La condición era que el cuerpo de las personas fuera
el cuerpo del linaje, no el de cada cual.
Pero
Mariquita gritó su cuerpo.





