Por qué Historias con Lupa

Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.

Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.

lunes, 25 de mayo de 2020

Le Revolución del 20 de mayo de 1810


Coliseo Provisional de Comedias, Leónis Matthis, 1900

Techos de paja, paredes de adobe. Candilejas de velas. El Coliseo, que nada tenía de colosal, estaba en la calle Liniers (Reconquista), al lado del convento de La Merced.

El Coliseo había anunciado que, ese domingo 20 de mayo de 1810, estrenaría Roma salvada, una adaptación de la obra en que Voltaire habla de la tiranía. Pero el horno no estaba para bollos. El jefe de policía intercedió para que, en su lugar, subiese a escena una inocua pieza sobre la misantropía.
La censura policial levantó una ola de sorda indignación. No hubo más remedio que poner Roma salvada. Mandaron a llamar al célebre actor Morante, al que habían ordenado que se enfermara. Se encendieron las velas y la obra comenzó en un ambiente que se cortaba con cuchillo.
No más empezar, llegaron dos oidores. Se sentaron en uno de los bancos y, en señal de desaprobación, se quedaron con los sombreros puestos.
-¡Abajo el sombrero! ¡Fuera! ¡Fuera!
Aguantaron un momento a pie firme, pero la gritería era demasiada. Optaron por una retirada prudente.
La función siguió sin mayores sobresaltos. Hasta que el bueno de Morante, que hacía de Cicerón, recitó:
Entre regir al mundo o ser esclavos
¡elegid, vencedores de la tierra!
¡Glorias de Roma, majestad herida!
¡De tu sepulcro al pie, patria, despierta!
Juan José Paso, tan modoso él, tan profesor de Filosofía del Real Colegio San Carlos, se paró sobre su asiento y gritó:
-¡Viva Buenos Aires libre!
Se oyó un silbido godo. Y otro. Un patriota le dio un bastonazo a un silbador derribándole el sombrero (las malas lenguas dijeron que fue Viamonte, no nos consta). Una batahola. Morante se reía a carcajadas en el escenario...

…A algunas cuadras, los chisperos de French y Beruti cargaban las pistolas a chispa que llevarían bajo el poncho al día siguiente.

jueves, 12 de diciembre de 2019

Tú me quieres blanca

El mar. Y Alfonsina. ¿Qué hay en esa mirada que nos mira? ¿Qué hay en el mar que la deprime, que sin embargo la atrae?
Hay quien habla de su muerte bella y trágica. No hay muerte bella. Y menos desde ese espigón de hierros enmohecidos (no es cierto que caminó por “la blanda arena”), un zapato tristemente olvidado en el cemento.
“Me tiro al mar” fue lo último que escribió. No hay poesía allí.
Donde sí hay poesía es en vida. Véase si no:

Hombre pequeñito
Hombre pequeñito, hombre pequeñito,
Suelta a tu canario que quiere volar…
Yo soy el canario, hombre pequeñito,
déjame saltar.
Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,
hombre pequeñito que jaula me das.
Digo pequeñito porque no me entiendes,
ni me entenderás.
Tampoco te entiendo, pero mientras tanto
ábreme la jaula que quiero escapar;
hombre pequeñito, te amé media hora,
no me pidas más.
Alfonsina en la Mar del Plata de los años 20. Detrás, un gordo despatarrado que mira impunemente a cámara. Y un hombre de espaldas con su pudorosa salida de baño. Y dos señores de traje, sombrero y seguramente corbata. Patético.  

Archivo General de la Nación. Alfonsina Storni. Caras y Caretas 1924.


sábado, 12 de octubre de 2019

Esquina de "razas"

Esquina porteña, Prilidiano Pueyrredon, 1865

1865. Empieza la vergonzosa guerra contra Paraguay. No hace tanto que el Estado de Buenos Aires dio la libertad a los esclavos.
La ciudad quiere ser moderna, pero le cuesta. Se ven algunas novedosas casas de altos (quién sabe si son reales o una ilusión del pintor, Prilidiano Pueyrredon, que también es arquitecto). La calle tiene un leve declive, debe ser alguna de las que van al Paseo del Bajo.
Las esquinas todavía sin ochavas dan lugar a encuentros sorpresivos, a menudo indeseados. Como el choque entre esta señora sombría y esta niña, tan blanca.
La muchacha es de cuento de hadas. La señora, oscura. Como si tuviera un velo; pero no, es una afrodescendiente. Quizá una liberta de posibles, como se decía antes a la gente que tenía un buen pasar.
El de la señora es un cuerpo expandido por el miriñaque, prepotente. La niña, no.
En la imagen hay  algo que no va. El hombre blanco lleva sumisamente la canasta de quien parece ser su dueña, la señora oscura. ¿Pero adónde han ido a parar las distinciones de la piel?, parece preguntarse el señor que se asoma detrás de la puerta (¿Prilidiano mismo?).
Los descendientes de africanos siempre fueron representados como criados de librea de los grandes señores, a lo sumo como los bufones de Juan Manuel. Pueyrredon viene a decirnos que en cualquier esquina uno puede encontrarse con un afroamericano. Un horror.






El viejo vende sus naranjas a una niñita muy rubia y un niño de gorra a la inglesa. La deliciosa escena es acechada por un avieso chico de piel oscura que, en cualquier momento, roba una naranja. Prejuicios de don Prilidiano.

El naranjero, Prilidiano Pueyrredon, 1865