Por qué Historias con Lupa

Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.

Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.

martes, 17 de enero de 2017

Ante la inapetencia del mundo


Debe haber dicho, el Mudo: “Tengo un pibe bárbaro para hacer de canillita”.
Eran los días de filmación de El día que me quieras (1935). Y Astor fue un 
canillita, nomás. Tenía trece años. Tocaba el bandoneón que el padre le 
había comprado por unos pocos dólares en una casa de empeños. Había mucho 
Manhattan, mucho Gershwin en ese fuelle. Tocó para Gardel. 
“¡Pibe, tocás el bandoneón como un gallego!”, dijo el Mudo.

Cualquiera sabe que Adiós Nonino es la música de un duelo, el duelo del padre muerto. 
No hay más que oír el fuelle abierto, abierto a todo lo que da, temblando, del final. Es la muerte de Nonino, como llamaban al padre de Piazzolla. 
La pérdida de alguien que nos toca produce una inapetencia del mundo. La única manera de repararla es reconstruir dentro de uno mismo el mundo perdido afuera. Esto es el duelo. 
Cuando la música de Adiós Nonino musica –creemos- musica la calle Corrientes, el asfalto ya frío de la madrugada, La Paz y la panadería de enfrente con el olor del primer pan. 
¿Qué otro mundo puede ser ese tango sino Buenos Aires? 
Pero no. El propio Piazzolla dice que escribió Adiós Nonino a partir de las imágenes que le recordaban a su padre: Manhattan, la calle 42, el Central Park. Fueron esos panoramas, donde había vivido, no los paisajes porteños. Nueva York, no Buenos Aires. 
Aún sabiéndolo, Adiós Nonino nos seguirá evocando a Buenos Aires. Después de todo, los duelos no son sino un relato. El nuestro.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Imago nos: Hombres de barba


Vivía ahí nomás, a la vuelta. No tenía que pedir turno.  Se sentaba en el sillón 
que no era de hierro fundido como los de ahora. 
Ángel Sáez desplegaba un gran paño blanco con un rápido gesto dramático 
que tronaba a sábana limpia. Lo enjabonaba con la brocha. 
Y  después ponía el filo de la navaja sobre el cuello ofrecido de Bartolomé Mitre.

No era una peluquería cualquiera. Era la famosa Casa Roca y Ruiz, en la calle Florida, nada menos. Los espejos duplicaban los cuerpos: los clientes que esperaban, los clientes felizmente atendidos. Y los peluqueros, tocadores profesionales de varones que seguro no se dejaban tocar por otros varones.
En la peluquería hay más que los reflejos de los espejos.
La modernidad ha hecho que pusiéramos un espacio de reserva entre nosotros y los otros. Tocar al otro, al otro desconocido, es meterse en una intimidad inquietante. De modo que levantamos fronteras.
Tantas que, a veces, nos quedamos huérfanos de contacto. Cuando eso sucede, están lo que el etólogo Desmond Morris llama los tocadores profesionales. Los médicos, los masajistas, los peluqueros. Ellos tocan nuestros cuerpos amparados en rituales consentidos.
Los peluqueros de Roca y Ruiz se ponían un poco de la Loción Higiénica de Eucaliptus de la casa en las manos. Y las pasaban como una caricia por las mejillas recién rasuradas. Los clientes sentían ese aroma, ese placer permitido que en otras circunstancias habría sido turbador. 
Después se iban taconeando fuerte. Como hombres con toda la barba.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Imago nos: El bondi


Bondi proviene de bonde, una palabra del portugués 
brasileño que significa “tranvía”. De modo que llamamos 
al colectivo con el nombre secreto de los tranvías desaparecidos. 

Volviendo del trabajo, Crítica; 22/2/1961.  Archivo General de la Nación.   

Son seis. No hay más que contarlos: son seis los que están colgados del estribo. Alguien corre detrás con la vana ilusión de treparse también él.
No hay nada más inútil que ese espejo retrovisor: el colectivero no ve más que cuerpos amuchados. 
El colectivo se inclina bajo su peso, se queja con una queja de amortiguador.
Adentro, olor a transpiración vieja, alguna flatulencia silenciosa. No importa, todos simulan no oler, ni oír, ni tocar. Porque, claro, los cuerpos se tocan, forman racimos como uvas apretadas, impúdicas.  
En otras circunstancias, el tocamiento de los cuerpos es una transgresión. En el colectivo se mira para otro lado, se finge indiferencia. Hay un borramiento de los cuerpos.
Es el verano de 1961. Con el desarrollismo, ya nadie trabaja donde vive. Las fábricas se alejaron de los barrios. Por eso los colectivos estiraron sus recorridos mucho más de lo que habían hecho antes los tranvías. Así, uno trabaja ocho horas pero pasa no menos de once horas fuera de casa si se tiene en cuenta el viaje.
En el Maipo, esa caja de resonancias, Pepe Arias se deshace en monólogos. No es casualidad, diría Oscar Troncoso. El viejo actor con su voz cascada, sus hombros agobiados, expresaba a ese tipo bueno, simple, desbaratado por una sociedad que no entendía.