Por qué Historias con Lupa
Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.
Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.
jueves, 9 de julio de 2015
La ñata contra la reja
Era extraño que se comportara así. Habitualmente, Juan Bautista era algo apocado. Acaso porque se sentía responsable de la temprana muerte de su madre. Ya de viejo diría: “Mi madre había dejado de existir con ocasión y por causa de mi nacimiento. Puedo así decir, como Rousseau, que mi nacimiento fue mi primera desgracia”.
El chico conocía a varios de los señores que entraban a lo de doña Francisca. Los había visto en la casa de Belgrano de la Ciudadela, el campo atrincherado de las inmediaciones de San Miguel del Tucumán. El general lo dejaba jugar con los cañoncitos que se usaban en los juegos estratégicos que jugaban sus oficiales como si fueran niños, inclinados sobre el tapiz del salón. Aquí los nuestros, allí los godos; los cañoncitos, los caballitos de papel…
María del Tránsito estaba nerviosa. En cualquier momento su padre se levantaría de la siesta para atender la tienda. Si no los encontraba, se armaría la de San Quintín. Pero el mocoso no se quería ir. Acababa de entrar el diputado por Tucumán, Pedro Miguel de Aráoz, un pariente suyo que era sacerdote. Al cura Perico, así lo llamaban, le gustaba de vez en cuando usar levita laica y hebillas de oro en los zapatos.
Su hermana se lo llevó a los empellones. Justo cuando se iban, un diputado leía: “Nos los representantes de las Provincias Unidas en Sud América…” Estaban declarando la independencia. No habían podido darse una constitución. No importa, Juan Bautista Alberdi se encargaría de eso.
Ubicación: Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires, CABA, Argentina
sábado, 20 de junio de 2015
Viva, Belgrano
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“Sus colores son blanco y azul oscuro con un sol colorado en
el centro y en los extremos el gorro punzó de la libertad”. Así
ordenaba Rosas en 1846. El celeste original era de unitarios.
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El 4 de junio de 1770 -dice el libro parroquial- le pusieron
óleo y crisma y le dieron nombre, Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús, que
el apellido lo llevaba puesto: Belgrano.
No fue raro que lo bautizaran apresuradamente al día
siguiente de su nacimiento. El mal de los
siete días se llevaba a centenares de recién nacidos antes de que
cumplieran la semana. Más valía cristianarlos antes, no vaya a ser que murieran
con el pecado original encima. El tétanos infantil se producía porque las
comadronas cortaban el cordón umbilical con tijeras del costurero y hasta con
cuchillos. Manuel sobrevivió, acaso porque untaron el cordón con aceite de
palo, como mandaba Su Majestad.
Probablemente pasó fajado los primeros meses. Era costumbre
envolver a los infantes con una tira de tela que le apretaba el abdomen, las
piernas, en ocasiones los brazos. Era la primera de las imposiciones que le
impondría a Manuel la sociedad, un anticipo de las sujeciones sociales.
Las ataduras le vendrían de la misma familia en la que había
nacido; un clan genovés, diría Halperín Donghi en su último libro. Allí cada
vástago tenía su lugar. El primer varón, cura. El segundo, Manuel, comerciante
como el padre. Las hembras, casadas con mercaderes para ampliar el patrimonio
familiar.
Pero Manuel desobedeció. Acaso porque la imagen del pater
familias se vino abajo cuando lo detuvieron por estafador. Tal vez porque a los
diecinueve años vivió la Revolución Francesa a kilómetros de donde vivía. O porque en Salamanca
aprendió las luces del siglo.
En todo caso, no fue el único desobediente. Los Moreno, los
Castelli también incumplieron el mandato paterno. La Revolución empezó mucho
antes de 1810. Fue cuando se rompió el eslabonamiento entre las generaciones.
La experiencia de los padres ya no servía a los hijos.
Manuel habría de ir más lejos: le dio una bandera a la
patria. Era la señal de que la patria ya no era de los padres (pater, patris, padre), sino de los hijos, padres de sí mismos.
Lo más interesante de Manuel Belgrano no es aquel 20 de
junio de hace 195 años, si no cómo rompió las sujeciones sociales implícitas en
su nacimiento. Si recordáramos aquellos orígenes comprenderíamos mejor su
fantástica heroicidad que memorando su muerte oscura, solitaria, derrotada.
¿Y si evocáramos a nuestros próceres en ocasión de su
nacimiento
y no de su muerte, como ahora?
Ubicación: Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires, CABA, Argentina
sábado, 23 de mayo de 2015
¿El pueblo dónde estaba?
Es muy probable que el cabo Agustín Quiñones no haya ido a
la plaza aquel 25 de mayo de 1810. Debía estar acuartelado a una cuadra de
allí, en el acantonamiento de las Temporalidades (actualmente Colegio Nacional
de Buenos Aires), al lado de San Ignacio, a la espera de las órdenes de
Saavedra.
La verdad, no había nadie. Todas las puertas y las ventanas
estaban cerradas -contó Manuel de Pueyrredón, el sobrino de Juan Martín. Ni un
alma se veía en las calles, el día era oscuro, una neblina densa cubría el
horizonte. Todo ocurría en la galería
de los altos del Cabildo.
No hay más que leer el acta oficial: “…ocurrió multitud de
gente a los corredores de las casas capitulares, y algunos individuos en clase
de diputados se apersonaron en la Sala exponiendo que el pueblo se hallaba
disgustado y en conmoción”. Y los comandantes declararon que ya no podían
sostener el gobierno. Ahí fueron los descomedidos golpes en las puertas y la
grita de querer saber qué se trataba.
Los capitulares pidieron que se presentase un escrito para
proceder sin “el escandaloso alboroto”. El documento estaba hecho y firmado (“en
pliegos separados”, como admitiera Vicente Fidel López) por vecinos, religiosos
y comandantes. Antes de entregárselo a French para que lo llevara al Cabildo,
“se le hicieron algunas adiciones y aclaraciones para que quedara más
terminante”, reconoció López.
No alcanzó. Los capitulares “les advirtieron que congregasen
al pueblo en la plaza, pues que el Cabildo debía asegurar del mismo pueblo si
ratificaba el contenido de aquel escrito”. Ofrecieron ejecutarlo así y se
retiraron.
Pasó un largo rato. Julián de Leiva, el caballero Síndico
Procurador General, salió al balcón principal. “Viendo congregado un pequeño
número de pueblo”, preguntó con cierta ironía: ¿Dónde está el pueblo?
Eso ya pasa de juguete, le contestaron. “Si hasta entonces
se había procedido con prudencia porque la ciudad no experimentase desastres,
sería ya preciso echar mano a los medios de violencia; que las gentes, por ser
hora inoportuna, se habían retirado a sus casas; que se tocase la campana de
Cabildo, y que el pueblo se congregase en aquel lugar para satisfacción del
Ayuntamiento; y que si por falta del badajo no se hacía uso de la campana,
mandarían ellos tocar generala [alerta militar], y que se abriesen los
cuarteles, en cuyo caso sufriría la ciudad lo que hasta entonces se había
procurado evitar”.
Claro como el agua clara: las “gentes” estaban en sus casas
y las tropas en los cuarteles. Estaban disponibles, bastaba tocar a generala
para desatar la violencia hasta entonces contenida.
Lo dicen quienes vivieron aquel 25 de mayo. Como el
memorialista Juan Manuel Beruti: “…las tropas estuvieron en sus cuarteles, y no
salieron de ellos hasta estar todo concluido, y a la plaza no asistió más
pueblo que los convocados para el caso [los 251 vecinos “respetables”]…”. El
historiador Vicente Fidel López: “La verdad es que había poco pueblo”.
Y sí, hubo poco pueblo. Ya vendrían los tiempos en los que
el pueblo (en sus múltiples acepciones de bajo
pueblo, plebe, el común o como se quiera) intervendría
activamente en los conflictos políticos. Entre 1810 y 1820, saldría tumultuosamente
a las calles.
No hay que ir muy lejos. En abril de 1811, los orilleros,
los hombres de poncho y chiripá que venían de las quintas suburbanas, pusieron
en caja a los morenistas. En diciembre, el llamado motín de las trenzas encubrió otros resquemores, esta vez rivadavianos.
Agustín Quiñones, aquel cabo que el 25 de mayo de 1810 estaba
disponible en el cuartel de los Patricios, participó del motín. Fue fusilado en
la plaza de Armas una madrugada del 11 de diciembre de 1811 junto a otros diez
camaradas. Su cuerpo fue colgado a la exposición pública para que la sociedad
aprendiera qué pasa cuando el bajo pueblo se mete donde no lo llaman.
viernes, 1 de mayo de 2015
El primer primero
Fueron llegando al borde de aquella tarde otoñal y lluviosa.
Muchos venían desde Plaza de Mayo en los tranvías (todavía a caballo) que
recorrían la antigua Calle Larga (avenida Quintana). Eran tipógrafos, carpinteros,
sombrereros, cigarreros de hoja.
Seguro que Amable Laván se había quedado en casa. Un
traidor. No porque ahora fuera patrón, que al fin y al cabo cada uno prospera
como puede. Pero hasta como patrón era desleal. Maestro de pala, había puesto
una panadería con su hermano en Uruguay y Viamonte. Todo iba bien hasta que sus
pocos trabajadores le pidieron un peso por comida cuando antes se arreglaban
con ochenta centavos. Convinieron noventa, pero don Amable, que no lo era
tanto, despidió a algunos como revancha. Y eso que había sido tesorero de la
anarquista Sociedad de Resistencia de Obreros Panaderos.
Lo cierto es que los panaderos fueron al mitin sin Amable
Laván. La reunión se haría en El Prado Español, un amplio local abierto en la
avenida Quintana, enfrente al cementerio (donde hoy está La Biela). Eran, quién
sabe, unos dos mil trabajadores. Muchos, si se piensa que los patrones
amenazaron con despedirlos si pisaban la Recoleta.
Era el 121° día de 1890. Hacía cuatro años se había iniciado
la huelga en demanda de ocho horas que terminaría en la ejecución de los
llamados Mártires de Chicago. La celebración del 1° de Mayo en todos los países
había sido dispuesta por el Congrès International Ouvrier Socialiste, que
sesionó en julio de 1889 en París y que fundó la Segunda Internacional.
Al Congreso había asistido, casi por casualidad, el difusamente
socialista Alexis Peyret. Ocurre que
había sido comisionado por Juárez Celman para estudiar la maquinaria agrícola
que se expondría en la Exposición Universal de París, cuyo símbolo era la Torre
Eiffel. Aprovechó la volada y se corrió a la convención obrera. Al retirarse,
firmó las actas “pour les groupes socialistes de Buenos Aires”.
El Verein Vorwärts, un
club socialista formado por alemanes, había mandado un informe sobre el
socialismo en la Argentina y le había pedido a Wilhelm Liebknecht, uno de los compinches de
Marx en Londres, que lo representase.
Así fue cómo llegó a
Buenos Aires la consigna del día de descanso el 1° de Mayo en demanda de la
jornada de trabajo limitada a las ocho horas. Pocos de los que concurrieron a
El Prado Español conocían esos pormenores. El mitin se abrió a las tres de la
tarde. Hubo catorce oradores que hablaron en español, francés, alemán e
italiano. Cuando no entendían el idioma, los asistentes charlaban entre ellos. Los
anarquistas de la Sociedad de Obreros Panaderos se burlaban de los milicos que
custodiaban discretamente la reunión; eran ellos los que habían bautizado “vigilantes”
a esas facturas alargadas y también “bolas de fraile o suspiros de monja” a aquellas
dulces berlinesas, mofándose de la Iglesia.
La asamblea terminó
entrada la noche. Los obreros se desconcentraron en orden. Y la burguesía
respiró aliviada. Había pasado el miedo -como había expresado días antes La Nación- de que ““el ejército
fraternice con los socialistas en lugar de hacer fuego contra ellos”. Los burgueses temían que el fantasma del comunismo recorriera
la Argentina. Lo temieron durante mucho tiempo.
Nuestra divisa es la
de los malhechores
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