Por qué Historias con Lupa

Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.

Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.

sábado, 5 de mayo de 2012

Juguetitos


Placa de porcelana, circa 1850, 
hallada por el arqueólogo urbano Daniel Schavelzon 

Las cortinas han sido corridas mostrando lo que no se debe mostrar. La verga, enhiesta. La erección, obra de la mujer semidesnuda que toca la flauta de Pan, como si fuera la encantadora del falo serpiente.
Pero hay un toque de discreción: la escena, representada en una pequeña placa de porcelana, sólo se ve del todo si uno la pone a trasluz.
La placa fue encontrada por el arqueólogo Daniel Schavelzon en el pozo de basura de la casa de Manuel José Cobo y su esposa Josefa Lavalle. Los residuos fueron arrojados allí entre 1860 y 1895, la época en la que los nuevos ricos se daban aires de señores. En Bolívar 238 vivieron los Cobo, sus cuatro hijos y sus dos hijas. De modo que no sabemos a quién pertenecía.
Tampoco sabemos quién se entretenía con los tres falos de madera trabajados a mano hallados en el mismo pozo. Están bien conservados: la superficie pulida, el extremo convenientemente redondeado, unos diecisiete centímetros de largo, tres de grosor. Los consoladores no eran infrecuentes. A mediados del siglo XIX, en los países civilizados ya los había mecánicos.
Pero acaso lo más interesante del hallazgo arqueológico sea dónde fueron hallados estos juguetes eróticos. Los encontraron dentro de una bacinica. ¿No es un delicioso detalle moral? 

sábado, 28 de abril de 2012

Personajes. Luisa Alén


Exterior de una pulpería, César Hipólito Bacle, 1833

Buenos Aires no era París. Y mucho menos aquella esquina (como llamaban por entonces a las pulperías), en el cruce de las calles Federación y Ombú (hoy Rivadavia y Matheu), cerca de los corrales de Miserere. Los parroquianos no tenían las galas de los cajetillas de la ciudad. Eran troperos, arrieros, carneadores. Como el espacio era poco, un roce bastaba para sacar el facón. Allí no se le mezquinaba un tajo a nadie.
Eso sucedía a menudo en la esquina de Leandro Antonio Alén. Pero no había quién se le animara cuando el hombre pegaba el grito. Porque el pulpero era vigilante primero de a caballo de la temida Sociedad Popular Restauradora, la Mazorca. Más aún, era hombre del comisario Ciriaco Cuitiño.
Lo cierto es que en aquella casa más próxima a la pampa que a la ciudad nació Luisa del Corazón de Jesús Alén, la sacrílega.

viernes, 20 de abril de 2012

Una manca historia de amor

Magdalena Pueyrredón Ituarte, 
Prilidiano Pueyrredón, 1851

La vieja vivió casi cien años. María Florentina Silvia Ituarte Pueyrredón (1801/1905) sobrevivió largamente a su sobrino Prilidiano Pueyrredón (1823/1870) y aún a su hija Magdalena Pueyrredón Ituarte (1826/1902). No es solamente que tuviera el cuero duro. Lo malo es que era obstinada como una mula.
Que lo diga si no Prilidiano, el hijo del que fue director supremo, que una tarde de San Isidro se enamoró perdidamente de su prima segunda, Magdalena. Dianito (así lo llamaban, por Prilidianito) corrió a pedir su mano a doña María Florentina. No. Y que no. No había manera de quebrar el no. Y, de postre, la niña acató obedientemente la negativa materna.
Dianito hizo el retrato de su amada acaso como un modo de clavarla en la memoria de la tela. Ahora el cuadro está sobre el piano, en San Isidro, en la quinta Pueyrredón. Magdalena mira, los grandes ojos abiertos. La seda negra cubre los muchos corpiños que se usaban en la época. La cintura es un alarde de fajas ceñidas. Eso sí, Prilidiano se rehusó a pintar la mano que le fue negada.

sábado, 14 de abril de 2012

Caballitos de bronce (II)

Monumento ecuestre a Manuel Belgrano,
Albert Carriere-Belleuse
 y Manuel de Santa Coloma, 1873 

En 1870, los padres de la Patria decidieron que era la hora de Manuel Belgrano. Mandaron, entonces, levantarle un monumento ecuestre en la vieja Plaza 25 de Mayo.
El caballo híbrido de San Martín no debía repetirse. Estaba bien buscar un escultor francés, lo malo era que no sabían hacer caballos como los nuestros.
La solución estuvo a la mano. Más precisamente en el consulado argentino. Allí vivía Manuel de Santa Coloma; artista francés, puesto que había nacido en Burdeos, pero compatriota. Así fue como se contrató a Albert Carriere de Belleuse (1824-1887) para la figura  y a Manuel para el caballo.
Pero tampoco esta vez hubo suerte. El caballo tiene poca alzada, es más bien petiso. Si lo hubiera montado el general en sus batallas le habría ido peor de lo que ya le fue. No es de extrañar que el equino se pareciera poco a los criollos. Que sepamos, el franco argentino Manuel de Santa Coloma no había pisado estas playas y mucho menos estas pampas.
Una curiosidad. La inauguración del monumento, el 24 de septiembre de 1873, estuvo a cargo de Domingo Faustino Sarmiento. Los ditirambos del señor presidente hicieron olvidar que hacía veinte años, en Caseros, mandó degollar al tío del bueno de Manuel. Cierto es que Martín de Santa Coloma, al parecer, le había birlado una novia a Juan Francisco Seguí (h), el auditor del Ejército Grande que había suscripto la orden. Pero no son cosas de hacer. Y menos con el salvaje método del degüello.

viernes, 13 de abril de 2012

Caballitos de bronce (I)

Monumento ecuestre a San Martín, 
Louis-Joseph Daumas, 1861

El caballo de San Martín se parece al de Luis XIV. Así lo quiso Louis-Joseph Daumas (1801-1887), el escultor francés de la estatua ecuestre sanmartiniana que se repite como una pesadilla en las plazas de todos los pueblos.
Cuando Benjamín Vicuña Mackenna viajó a París (¿adónde si no?), convino con Daumas que el general se lanzaría desde el bronce montado en un caballo que manotearía el aire graciosamente, la cola flotando al viento. El índice de la mano morena señalaría el camino de la gloria.
El asunto fue cómo sería el caballo. No podía ser de raza árabe, inglesa o normanda. Tenía que ser uno de los nuestros, un criollo de esos que devoran leguas sin resuello. “El señor Daumas elegirá un tipo intermedio”, decía esta cláusula del contrato.
El francés que, antes que nada, quería embolsar sus francos descubrió que la estatua ecuestre de Luis XIV que estaba en la Place des Victoires le venía de perlas. Propuso, pues, imitar esa figura real. De acuerdo, se le dijo.
Así las cosas, la escultura llegó al puerto de Buenos Aires. El caballo, que vino en un cajón enorme, desembarcó en lo que había sido la batería del Retiro y trepó la barranca en un carro arrastrado por yuntas de percherones; una especie de homenaje equino.
El monumento se inauguró el 13 de julio de 1862. En ese momento, nadie se atrevió a decir nada.
Con el tiempo, Vicuña Mackenna se franqueó: “En la ejecución del caballo el escultor no ha sido tan feliz. Se le recomendó imitara, en lo posible, un caballo criollo para lo que se le hizo presente (careciendo de un modelo apropiado) que reprodujera un término medio entre el caballo normando y el árabe, que tienen, el uno la fuerza y el otro la agilidad de la raza andaluza… El caballo no tiene propiamente el carácter fijo de una raza y resalta, en consecuencia, cierta disconformidad en sus proporciones y sobre todo en la cola cuya forma es del todo innatural”.
Hay que ver el contexto de la crítica. En el siglo XIX, las oligarquías chilena (Vicuña Mackenna era trasandino) y argentina fundaron la memoria de sus países. Los monumentos ecuestres como éste, el primero de la Argentina, fueron un momento de ese relato mítico.
No parece casual, entonces, que en la estatua afrancesada de José de San Martín el caballo fuera cualquier cosa menos un caballo criollo. 

domingo, 8 de abril de 2012

Pascuas eran las de antes

En el Buenos Aires colonial las funciones, los actos eclesiásticos solemnes, eran la principal distracción y ocupación. Pero las rivalidades entre los barrios eran fortísimas. Lo cuenta Mariquita Sánchez.
Se hacia una función, una procesión, todo el barrio tomaba parte en la gloria y en el golpe que daban al barrio rival. En el barrio de la Merced había una señora de gran imaginación que tenía las ideas más graciosas. Y un año se preparó con el mayor sigilo la misa de resurrección. Arreglaron una armazón para formar una nube de algodón teñido de celeste mezclado con blanco y salpicado de estrellas de esmalte. Dentro de esa nube venía un niño muy lindo vestido de ángel, que tenía una voz lindísima y a tiempo del Gloria se descolgó de la media naranja, hasta la altura de una araña, cantando el Gloria y echando flores y versos y, del mismo modo, la volvieron a subir. Juzga el miedo del pobre muchacho, la sorpresa del auditorio y la conversación que este hecho dejaría en el pueblo.
Los que saben dicen que la señora de gran imaginación era la madre de Mariquita, doña Magdalena. La misma que le hizo la vida imposible porque quería casarse con su primo Martín Thompson. 

viernes, 6 de abril de 2012

El cadáver no contesta

Acta de defunción de la
Municipalidad  de La Matanza, 1881

El infrascripto, Eusebio Rodríguez, Alcalde, certifico que don Manuel Chico que muerto lo tengo presente tapao con un poncho al parecer reyuno [se decía del caballo que pertenecía al Estado y que como señal llevaba cortada la mitad de la oreja derecha] le sorprendió la muerte al salir del baile de Don Rufino “El Catalán”, de la quebrada de Doña Pepa Lugo, muy conocido y de pública voz y fama en el pago. Interrogao el cadaver por tercera vez y no habiendo el infrascripto obtenido respuesta categorica alguna resuelve dar la sepultura en el campo de los desaparecidos conforme cuadra su circunstancia física de que certifico. Nota: hago constar de que el finao era muy amante de la bebida y muy dado a las galanterías amorosas, por cuya circunstancia tenía una cicatriz en la quijada izquierda producido por un cucharón de grasa caliente que le arrojó al rostro de la cara la hija de la parda Nicolasa, no se sabe por que safaduria. Vale.