Por qué Historias con Lupa

Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.

Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.

viernes, 6 de abril de 2012

El cadáver no contesta

Acta de defunción de la
Municipalidad  de La Matanza, 1881

El infrascripto, Eusebio Rodríguez, Alcalde, certifico que don Manuel Chico que muerto lo tengo presente tapao con un poncho al parecer reyuno [se decía del caballo que pertenecía al Estado y que como señal llevaba cortada la mitad de la oreja derecha] le sorprendió la muerte al salir del baile de Don Rufino “El Catalán”, de la quebrada de Doña Pepa Lugo, muy conocido y de pública voz y fama en el pago. Interrogao el cadaver por tercera vez y no habiendo el infrascripto obtenido respuesta categorica alguna resuelve dar la sepultura en el campo de los desaparecidos conforme cuadra su circunstancia física de que certifico. Nota: hago constar de que el finao era muy amante de la bebida y muy dado a las galanterías amorosas, por cuya circunstancia tenía una cicatriz en la quijada izquierda producido por un cucharón de grasa caliente que le arrojó al rostro de la cara la hija de la parda Nicolasa, no se sabe por que safaduria. Vale.

sábado, 31 de marzo de 2012

La triste muerte del deán Funes

Deán Gregorio Funes (1749/1829)

No es cierto que el deán Funes muriera en brazos de su amante. Quién sabe dónde estaba aquella señora en ese momento. Y, aunque hubiera estado cerca, el pobre cura ya no estaba para trotes, como que tenía ochenta años.
Cierto es que a los sesenta y cinco, cuando todavía la sangre le corría por donde le corre a los varones cuando es ocasión, no había podido resistir la tentación, más líbrenos de todo mal, amén.
No hay nada que decir. Ya lo dijo todo Sarmiento en Recuerdos de provincia: “Hablábase de pasiones amorosas encendidas en aquel corazón que ya había resistido a sus seducciones, y cuando la pobreza suma había entrado en su hogar, una mujer vino a apartar de aquel espíritu fuerte la desesperación que sucede al desencanto”. Una debilidad humana, que los próceres también las tenían.
La muerte sorprendió al deán Funes cuando se estaba paseando por el Vaxuhall, que después se llamaría Parque Argentino y que estaba en la manzana comprendida por las calles Temple (hoy Viamonte), Córdoba, Uruguay y Paraná. El Vauxhall había sido creado por los ingleses a imagen y semejanza de los jardines europeos. Allí iban los porteños a creerse civilizados.
El caso es que el deán estaba hablando con Santiago Spencer Wilde (el abuelo de José Eduardo Wilde, ministro de Roca) cuando cayó como cae el falso algodón de los frutos de los palos borrachos, blandamente. Era el atardecer de un enero.

sábado, 24 de marzo de 2012

La identidad de plástico

Acta de nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento
Mariquita (nuestra Mariquita, la del himno) se llamaba María Josepha Petrona de Todos los Santos, puesto que había nacido un 1° de noviembre, la fiesta de Todos los Santos. Así fue registrada en la Merced, que estaba a pocas cuadras de la casona solariega.
En aquel entonces, la identidad estaba dada por la firma a menudo insegura y siempre aparatosa del párroco de turno. Cuando Mariquita se casó con su primo Martín de Thompson, después de menudo barullo que hicieron, el matrimonio quedó asentado en la iglesia, esta vez con la letra de Cayetano Rodríguez. Y también fueron asentados sus ocho hijos, tres de los cuales llevaban el apellido del lindo pero vividor de Jean-Baptiste Mendeville.
Lo mismo pasaba con las defunciones, se verificaban en las iglesias. No todo era prolijo. Cierto cura de Rosario Tala, poco ilustrado, certificó que había fallecido Carmen Luna, “casada con Toribio, el Petiso, que así le decían por lo bajito”, dice el libro.
Después vino el Registro Civil y la identidad se hizo laica. Cada uno tenía el documento que le correspondía en tanto ciudadano. El documento indicaba los datos antropométricos principales. Certificaba que uno había nacido en tal o cual lugar, que había cumplido con sus deberes cívicos. Señalaba, en fin, la pertenencia a una Nación, a un territorio definido entre otras cosas por sus límites.
Pero la globalización se comió las fronteras. Hace rato que los documentos de identidad caducaron. Ahora uno es lo que es en el mercado. Uno es la tarjeta de crédito, mucho mejor si se trata de una gold, una tarjeta dorada del consumo. La tarjeta no es nacional, uno puede acreditarla en el país que se le ocurra. Uno es un password, una clave de acceso.  Uno ya no es un ciudadano, sino un consumidor del mundo.

viernes, 16 de marzo de 2012

Personajes. Fray Francisco de Vitoria

Fray Francisco de Vitoria (¿?-1592),
Obispo de la diócesis del Tucumán

El cancel del Santo Oficio de la Inquisición, en Lima, se abrió pesadamente para dar paso a una denuncia curiosa. La declaración la firmaba el bachiller Suárez de Rendo y estaba fechada en el día del Señor del 20 de marzo de 1583. Decía que fray Francisco de Vitoria, obispo de la diócesis del Tucumán, era pariente de Martín Hernández, un judío condenado por el Tribunal granadino. Eso bastaba para presumir que el obispo era un marrano (judío converso). En aquel entonces ser tildado de judaizante equivalía a la exclusión social, sino a la hoguera. Y la filiación también era un delito contra la fe.
El inquisidor Antonio Gutiérrez Ulloa, ducho en corozas y sambenitos, esta vez no supo qué hacer. No todos los días caían expedientes como éste, que involucraba a tan alto prelado. Mandó el pliego al Consejo Central que es un poco decir al muere, si uno piensa que entre El Callao y Cádiz había meses de navegación azarosa.  
En aquella época no era infrecuente que un clérigo fuera nuevo cristiano, como se llamaba a los judíos conversos, y aun que practicara secretamente los ritos y las ceremonias de la ley mosaica. A trancas y barrancas, los hebreos expulsados primero de España y después de Portugal desembarcaron en el Brasil. Y, cuando también allí llegó el Santo Oficio, pasaron sigilosamente al Río de la Plata. Tomar los hábitos católicos les permitía, al menos, poder leer sin aprietos el Nuevo Testamento, ser respetados por los vecinos y, en todo caso, ¿qué mejor artificio que una sotana?
Fray Francisco de Vitoria (no hay que confundirlo con su homónimo, también dominico, que fundó la hermosa teoría del derecho natural de los españoles de andar por las Indias a sus anchas) no se quedó callado, qué se va a callar.

sábado, 10 de marzo de 2012

Para una historia de los zapatos

En el Buenos Aires colonial, los pies diminutos aparecían como signo de lo femenino, como algo apetecible de ver (y de tocar, si hemos de creer que la vista no es más que la prefiguración del tacto). Alcide D’Orbigny esperaba que los caprichos de las faldas echadas al viento dejaran ver el más lindo piecito del mundo, oprimido por unas medias de seda, blancas, y por un zapato de la misma tela o de raso...
Al principio los tacones eran altos hasta la exageración. Las señoras querían ganar altura como un modo espacial de significar su propia estatura social. Puede que también los usaran para denotar su distanciamiento de los trabajos manuales. Ninguna lavandera hubiera podido cruzar la ciudad poceada y pantanosa para ir al río sobre esos zancos. Pero rápidamente los tacos se rebajaron hasta desaparecer. Hacia fines del siglo XVIII, no había quien no calzara zapatos de difuntos, desprovistos de adornos y de tacos.
Aun las damas más distinguidas cosían sus propios zapatos. Conservaban las hormas en los costureros y ordenaban las suelas a los zapateros. Usaban las telas más lujosas, como el raso. Preferían que fuera blanco porque ese color ponía evidencia su condición social. De nuevo, ninguna mujer de la plebe urbana hubiera podido conservar la blancura de los escarpines en aquellas calles polvorientas.
Como los vestidos se usaban cortos, y llevaban rica media de seda, bastaba ver el pie de una persona, para saber si era distinguida, puesto que la gente de segunda clase, y las sirvientas, nunca usaban calzado semejante.
La otra cara de la moneda, pero la misma moneda clasista, eran los pobres, que andaban descalzos o, si la caridad de sus amos lo disponía, calzados a la buena de Dios. De aquí viene la palabra “chancleta” –escribía la memoriosa Mariquita Sánchez-, porque los ricos daban los zapatos usados a los pobres y estos no se los podían calzar y entraban lo que podían del pie y arrastraban los demás.
De modo que la mirada a los pies no era meramente erótica. Era también una mirada de clase social. 

domingo, 4 de marzo de 2012

Personajes. Domingo Belgrano

Iglesia de Santo Domingo,
Emeric Essex Vidal, 1820

Cuando encarcelaron a su padre y le embargaron los bienes, en 1788, Manuel Belgrano estaba en cursando Leyes en la Real Universidad de Salamanca. Eso le ahorró los bisbiseos maliciosos de las señoras en el atrio de Santo Domingo, a metros apenas de la casona de los Belgrano.
Su padre Domenico, que había castellanizado su nombre, lo había mandado a Europa con su hermano Francisco “para que se ynstruyan en el comercio, se matriculasen en el y regresen con mercaderías a estos Reynos”. Había allí un claro mandato paterno.
Pero Manuel rehusó ese destino. No tanto por la vergüenza de su padre estafador, sino porque en Salamanca había aprendido con los fisiócratas que el monopolio era una mala cosa. Pero algo le deben haber pesado las trapisondas de su progenitor puesto que, cuando fue Secretario del Real Consulado, apostrofó a los comerciantes que “nada saben más que su comercio monopolista, a saber, comprar por cuatro para vender por ocho, con toda seguridad”.

lunes, 27 de febrero de 2012

El rito de la vida

 El tablero del juego de la oca, dicen, es un mapa encriptado para los peregrinos que iban desde los Pirineos a Compostela. Lo habrían imaginado los Caballeros Templarios, que custodiaban el Camino de Santiago, para indicar a los iniciados los senderos ocultos, los escondites, los peligros. Cada casilla denota un lugar (la primera es el monasterio benedictino de San Pere de Rodes), que dista del siguiente exactamente 15 millas y éste 15 del próximo.
Las trece ocas son las que avisaban desde el Capitolio romano el avance del enemigo, los animales reverenciados por los egipcios porque dominan el agua, la tierra y el aire. Son asimismo las que, si se sacan los dados precisos, llevan a la Gran Oca final de una sola jugada; algo casi imposible.
Y, desde ya, una simbología. El camino se desarrolla en forma de espiral, que no sería otra cosa que un símbolo antiquísimo, el ciclo del nacimiento, la muerte, la reencarnación. El Laberinto, el Pozo, el Puente no necesitan interpretación. Son los momentos de la vida.
Aun en este tiempo infernal de los videojuegos, los chiquitos juegan a la oca. No es poco lo que aprenden. Aprenden a creer en una ficción. Aprenden que hay un azar, que existe la muerte, el pozo, la cárcel, el puente. No es el dado lo que determina el camino, sino el paso por las casillas del destino. Todo juego comporta un rito, dice Roger Caillois. En este caso, el rito de la vida.