Por qué Historias con Lupa

Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.

Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.

miércoles, 18 de enero de 2012

Imágenes del cuerpo. En el estribo

Exclusión, Pablo Suárez, 1999,
Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires

Pánico. Eso es lo que tiene. Se quedó afuera, aferrado desesperadamente a los pasamanos. Está como crucificado, Cristo de jeans celestes. El viento de la velocidad mortifica el torso desnudo quién sabe por qué.
Es una criatura de Pablo Suárez. El de los hombres que se cuecen en el guiso, el de los boxeadores derrotados antes de subir al ring. Esos hombrecitos de resina son increíblemente reales pese a la parodia, al grotesco. Son, diría uno, textos con forma de escultura.
El texto, aquí, dice la exclusión. En los años sesenta, la gente viajaba en el estribo de los colectivos, como racimos locos. Estaba el sudor de los de adentro y el miedo (o la inconciencia) de los de afuera. Sólo que, después de unas paradas, los que estaban afuera subían.
Ahora también se viaja en el estribo. Pero es una puerta que se cierra automáticamente, una tecnología modesta, la que deja afuera. La exclusión de los cuerpos. Pero también el riesgo. El vértigo de los andenes y los puentes que pasan; que pasan y amenazan las piernas, el torso, las manos aferradas a los pasamanos. 

miércoles, 11 de enero de 2012

Imágenes del cuerpo. El teatro de la muerte

La lección de anatomía del dr. Nicolaes Tulp
1632, Mauritius, La Haya, Países Bajos 

Parece Cristo muerto. Pero la lividez cadavérica desmiente el milagro de la resurrección. No es Cristo, sino Adriaan Adriaanszoon, que mató a un guardia de la cárcel de Utrecht y pagó con la horca por ello.
La triquiñuela de este cuadro de Rembrandt son las miradas que convergen en diagonal sobre la pinza del doctor Nicolaes Tulp. Porque el cuerpo es el actor principal. Pero es esa pinza la clave de la escena.
Adriaan, Tulp y los otros fisgones están en Waag, la puerta de San Antonio de la Amsterdam amurallada. Es un teatro de anatomía, el lugar de las disecciones donde la muerte enseña los misterios de la vida.
El dispositivo teatral está solícitamente ordenado para facilitar la mirada. El cuerpo iluminado en el centro del anfiteatro. Alrededor, los que miran. El disector no está, ese oficio sangriento es innoble. El demonstrator, el doctor Tulp, señala la anatomía diseccionada; el cómo el milagro de la sangre, de los músculos, del latido. Con la pinza, narra una filosofía del cuerpo y sus partes.
La vida es el caos; la falta, el deseo. La muerte es el orden; la naturaleza que aplana, que inmoviliza, que le ha ganado la partida a la vida desordenada. 
Es curioso entonces que la muerte le enseñe a la vida. Sobre todo porque, como dice Ricardo Monti, “en la muerte el cuerpo queda ahí, en su abierta desnudez. Y uno descubre que lo que amaba no era ese cuerpo, sino el movimiento que lo ocultaba”. 

miércoles, 4 de enero de 2012

Imágenes del cuerpo. De frente y de perfil

Pablo Llanes en Galería de ladrones de la Capital 1880-1891

Hacia 1880, la policía guardaba retratos de delincuentes conocidos. Las mismas carte-de-visite que intercambiaban los burgueses, circulaban en las comisarías. Sólo que se trataba de las fotos de pungas, escruchantes, estafadores. Eran tarjetas de cartón de 9 por 6 centímetros; en el reverso, una descripción del cuerpo por primera vez escrito: altura, ojos, pelo, bigotes, cicatrices, tatuajes.
En 1886, José Fray Mocho Álvarez fue nombrado Comisario de Pesquisas de la recientemente creada policía porteña. Se le ocurrió compilar en un libro la información sobre 200 ladrones, “el único hilo que tiene [la policía] para guiarse en el laberinto de nuestro bajo fondo social”.
De allí viene escrache, exponer el cuerpo de los que se desviaban de la ley retratándolo, clasificándolo. Esta antropometría de los cuerpos era necesaria para el orden que programaban las clases dominantes por aquellos años.

lunes, 2 de enero de 2012

Personajes. Juan Ramón Balcarce

Entreveros públicos y privados

Es una familia de guerreros. El padre, Francisco González de Balcarce, muere de un lanzazo al mando de una expedición a las Salinas Grandes. El primogénito Antonio, que con el tiempo será lugarteniente de San Martín, le sucede como comandante de la Guardia de Blandengues de la frontera. El segundo de los Balcarce, Juan Ramón (éste es el que nos interesa), ingresa, tarde, a la Guardia a los dieciséis años. Marcos, cadete a los trece y tan general como sus hermanos generales, formará en el Ejército de los Andes. Diego morirá de tristeza después de haber sido arrasado en Sipe Sipe. José Patricio, cadete a los doce y apenas capitán a los treinta, muere al pie del Cerro de Montevideo. Francisco, que se llama como su padre y su abuelo, éste coronel de los Reales Ejércitos, cumple su destino de muerte contra los godos en la quebrada del Nazareno.
¿Qué decir de Juan Ramón sino nombrar sus batallas? Las Piedras, Tucumán, Salta Vilcapugio, Ayohuma, Cepeda. Pero no son sus glorias públicas las que hacen de él un personaje, sino sus vergüenzas privadas. 

viernes, 30 de diciembre de 2011

Qué me van a hablar de amor

Aurelia Vélez Sarsfield

“Te amo con todas las timideces de una niña, y con toda la pasión de que es capaz una mujer. Te amo como no he amado nunca, como no creí que era posible amar. He aceptado tu amor porque estoy segura de merecerlo”. La carta no tiene firma, ni destinatario, ni fecha (acaso enero de 1862). Pero nadie duda que la escribió Aurelia, la hija de Dalmacio Vélez Sarsfield, a su bien amado Domingo Faustino. El tono, ese tuteo íntimo en una época en que el usted ponía distancias, el estilo. No podía ser otra que Aurelia.
Un mal día, Dominguito interceptó una carta del padre que no decía Aurelia, sino un señuelo cualquiera para que no cayera en manos de la esposa, el nombre de una vieja que no sabía ni leer ni escribir. Pero cayó, nomás. A Benita se la llevaban los vientos.
Hubo desde entonces muchos océanos que separaban y otros tantos puentes. Una de aquellas veces fue cuando Aurelia le pidió que, siendo casada aunque divorciada, su pasión declinara en amistad. “Desde hoy soy viejo”, le contestó Sarmiento.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Imágenes del cuerpo. Ostentatio genitalium

Varón de dolores, Maarten van Heemskerck, 1532, 
Museo de Bellas Artes de Gante, Bélgica

Aquí Cristo es “varón de dolores” (Is. 53:3). Los ángeles se disputan la carne resucitada. La mano muestra el estigma, la marca. El costado todavía sangra un poco, dando prueba de la sangre renacida. El cuerpo, espléndido. No podría ser de otro modo, es el cuerpo de la resurrección.
Tampoco podría ser de otro modo el pene apenas velado, poderoso. Es el símbolo de la restauración después de la muerte. Como Osiris, con el miembro viril enhiesto después de que Isis lo recogiera en pedazos del Nilo. El falo no es sino la inmortalidad. Siempre lo fue.
En el Renacimiento, era frecuente la mostración ostensible de los genitales de Cristo, como en este cuadro ciertamente manierista del holandés van Heemskerck. El acontecimiento de la resurrección, diría Badiou, consiste en que Cristo es humano; un varón de dolores experimentado en el quebranto, dice Isaías. La llamada ostentatio genitalium venía a confirmar esa carnalidad paradojalmente gloriosa.
No pocos artistas renacentistas mostraban con orgullo el pene de Cristo como testimonio de la pujanza de la carne, de la derrota de la muerte. Después vinieron otros tiempos. En la capilla de Sixto IV, los genitales majestuosos de El Juicio Final fueron tapados con trapos vergonzosos. Es una lástima que el cristianismo renunciara a este cuerpo del pene insurrecto. 

lunes, 26 de diciembre de 2011

Personajes. Juan Baigorri

Juan Baigorri y su caja de hacer llover

Le decían Júpiter, por el dios del tiempo y los ciclos agrarios. Más ramplones, otros lo llamaban simplemente el mago de Villa Luro. Ni mago, ni dios. Sacaba su cajita, no más grande que una radio de entonces, y hacía llover.
Tanto hacía llover que opacaba la guerra civil en la España desangrada y los rumores de guerra. Hasta se dijo que había desencadenado la tormenta que se abatió sobre el Canal de la Mancha sobre el infeliz Chamberlain, que todavía creía que podía negociar con Hitler. Cuentan que lo paraban en la calle para que no hiciera llover los domingos, para no estropear el asadito de fin de semana.
Como sea, Juan Baigorri hacía llover. Nunca se supo cómo. Se llevó el secreto a la tumba, en 1972. Cuando lo enterraban en la Chacarita, octogenario y pobre, se largó a llover.