Por qué Historias con Lupa

Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.

Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Decidir la propia muerte


“Los médicos no me dan respuestas. Hablan con metáforas”. Así hablaba una joven que pedía una muerte digna. No la tuvo, al morir pesaba 18 kilos. Por fortuna, ahora la dignidad última se discute en el Senado.
Sólo a los seres humanos nos es difícil morir. Sobre todo en estos tiempos en los que la tecnología abre la posibilidad de un encarnizamiento terapéutico más allá de los límites de un cuerpo que no quiere más. Morimos solos, desnudos bajo una sábana blanca, iluminados injuriosamente por la luz blanca de la terapia intensiva.
No siempre fue así. Hubo un tiempo en que moríamos en la misma cama en que habíamos nacido, rodeados de los que queríamos, creyendo en un trasmundo. “En las sociedades tradicionales –decíamos en nuestro libro Vivir la muerte. Historias de vida y de muerte entre 1610 y 1810- la muerte era una cosa natural. Lo que sobraba era el dolor inútil. Por eso cuando alguien agonizaba padeciendo en vano era corriente que se llamara al despenador. Era el modo en que los vivos facilitaban el paso de los que casi ya no lo eran al más allá”.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Santos varones

Joaquín Belgrano
En verdad, en aquel entonces nadie se escandalizaba demasiado por los deslices de esos santos varones, que tenían más de varones que de santos. Un caso evidente era el de Joaquín Eulogio Estanislao Belgrano y Melián, que en 1829 ya era un mozo de veinticuatro años.
Joaquín era hijo de la parda libre Mauricia Cárdenas y del canónigo Domingo José Estanislao Belgrano, más conocido por ser hermano de Manuel que por sus altas dignidades eclesiales.
Manuel Belgrano designó a Domingo como su albacea. Una de las cosas que tenía que hacer era pagar sus deudas y, con lo que sobrara, asistir a su hija natural, Manuela Mónica del Corazón. La niña fue criada por su tía Juana María bajo la dirección espiritual del canónigo.
Domingo no era sacerdote porque lo hubiera querido él, sino su padre. En su afán de acrecentar su patrimonio y reproducir su poder, las familias principales tributaban a la Iglesia el primero de sus hijos varones. Más de la mitad de los curas eran, precisamente, primogénitos. Y las tentaciones del mundo eran muchas, a veces irresistibles, como se ve. 
No sabemos qué fue de la parda Mauricia. Pero sí que el hijo sacrílego, como les llamaban entonces, del padre Belgrano fue adoptado por uno de sus hermanos menores, Joaquín Eulogio Belgrano y su esposa Catalina Melián y Correa.
Este matrimonio también adoptó a Isaac Melián y Belgrano, hijo natural del hermano de Catalina, el coronel José Antonio Melián y Correa. José Antonio había acompañado a Manuel Belgrano en su Expedición Libertadora al Paraguay. Después de destacarse en la Campaña de los Andes, vivió en Chile por más de tres décadas.
Tal vez Isaac frecuentó al coronel Melián cuando éste regresó a Buenos Aires. Como fuere, fue uno de los que recibió los restos de San Martín, en 1880, en su carácter de “deudo de los próceres de la Independencia”. Quién sabe si aludía a su padre biológico o a su tío Manuel Belgrano. ◊
Vidas privadas
Santos varones (fragmento)
Caras y Caretas N° 2242; enero 2010

martes, 20 de septiembre de 2011

El descontrol de los barriletes

Es 1866, son tiempos bravos. El coronel Aurelio Cuenca asume como Jefe de Policía de Buenos Aires. Su primer edicto: “Se prohíbe a los menores que se entretengan en el juego del barrilete en la vía pública”. No vaya a ser que se descontrolen.
Da risa. En la “vía pública”, los chicos trabajan desde los seis años. Se trepan a los carros y roban puñados de carbón que venden para comprarse cigarrillos. Vagabundean por la calle a la mala de Dios.
Lo cuento en el libro que estoy escribiendo (la segunda parte de mi Hacer el amor):
“Cualquier sitio sirve: una pieza en una fonda de mala muerte, una casa abandonada, los bajos del Puerto, allí, en Paseo Colón, donde se mezclan prostitutas y travestidas. El onanismo –se esnadaliza Carlos Arenaza, médico de la policía- pierde con demasiada frecuencia el carácter de “vicio solitario” pues se practica en rueda, sin consideraciones de lugar y oportunidad. Es una especie de justa, en la que un grupo de menores inician al mismo tiempo la operación, bajo el control mutuo y aquel que termina primero, recibe el premio convenido que consiste generalmente en cigarrillos y centavos, cuando no las hojas periódicas que vocean por nuestras calles.
Y el coronel Aurelio Cuenca se preocupaba por los barriletes.  

martes, 13 de septiembre de 2011

La máscara de Dios


“Y Dios creó el hombre a su imagen, lo creó a imagen de Dios”. Hacemos los dioses a nuestra imagen y semejanza. Y después decimos que nos parecemos a ellos.
Mirarse en el espejo de Dios y ver nuestro propio rostro. Qué petulancia. Tenía razón Nietzche: “Todo lo que es profundo gusta de enmascararse, y las cosas más profundas odian la imagen y la semejanza”. Tal vez Dios quisiera una máscara. 

miércoles, 15 de junio de 2011

El ronquido

¿Está seguro de que quiere beber este medicamento que le hará dormir y luego morir?
-Sí, seguro. 
Hasta ahí todo bien. La muerte, bella, venía por la blanca alfombra aséptica que había tendido la clínica. El hombre bebió serenamente la pócima envenenada. Y se durmió por última vez.
Inesperadamente, roncó.
Era un ronquido. No un estertor de muerte, sino un ronquido que denotaba la vida. Un sonido inarticulado, una resistencia al paso del aire por la garganta. Una resistencia del cuerpo.
Fue horroroso. El ronquido develó brutalmente que la muerta maquillada no era sino un cuerpo que moría, la inminencia de la carne corrupta.
Fue obsceno, nadie quiere ver el cadáver. Por algo en estos tiempos los moribundos mueren en soledad.

(Antes de ayer la BBC difundió un documental sobre el suicidio asistido de Peter Smedley en la clínica suiza Dignitas). 

martes, 14 de junio de 2011

Adúlteros de 9 a 18

Cada vez somos más virtuales. Nuestros cuerpos son imágenes en Facebook; nuestras voces, mensajes de texto; nuestros movimientos, impulsos nerviosos en la PlayStation.
Ahora, de pronto, ese mismo mundo virtual propicia el encuentro de los cuerpos, de los cuerpos reales. Hay un sitio (The Ohhtel, se llama pícaramente) “exclusivo para hombres y mujeres que desean conservar su matrimonio pero necesitan encontrar intimidad sexual en otro lugar”.
Es un sitio para que los casados localicen una pareja que quiera tener una relación sexual pura, puramente sexual, sin compromisos. En el primer mes de vida, se incorporó un adúltero potencial cada 60 segundos, casi todos ellos entre las 9 y las 18, en horario laboral.
Es como si los cuerpos virtuales, hechos de la materia de los sueños, se transformaran en cuerpos de carne enamorada o, en todo caso, de carne excitada. Como si en este borde erótico se abriera una grieta, una cesura que pone en riesgo el control social de los cuerpos reales. ¿Esto es realmente así?

lunes, 13 de junio de 2011

Pesadilla

Siempre tuve una fantasía atroz. Dentro de un tiempo, alguien inventará cómo registrar todas las veces tecleé “deshacer escritura” (ctrl+z) al escribir un texto en la computadora.
Sería como detectar los pentimenti de los pintores, las pinceladas vergonzosamente tapadas con otras pinceladas arrepentidas. Como el óleo siempre está fresco, se transparenta a lo largo de los años. Es lo que pasa a La ninfa sorprendida de Édouard Manet que está en el Bellas Artes. En un ángulo del cuadro se ve claramente un pentimento, una vacilación del artista.
En mi caso se vería cuántas veces escribí, una y otra vez, una primera frase. Cuántas veces la borré, la reescribí, la borré de nuevo. Y cuándo volví atrás, cuándo me copié a mí mismo. No faltaría quien leyera mis textos desde mis propias vacilaciones. Un horror.
(Hoy, 13 de junio, es el Día del Escritor).